Blogoteca: Mentira, Ignacio Camacho, ABC

martes, 15 de enero de 2008

Mentira, Ignacio Camacho, ABC

--Te quiero, comida -dice el gatito de ZP, mientras el país va a la deriva y a un punto del naufragio.


MERECEMOS un Gobierno que nos mienta. Merecemos un Gobierno que nos engañe. Merecemos un Gobierno que nos tome por tontos capaces de perdonarle sus manifiestas falsedades y sus toscos disimulos. Y merecemos, también, una oposición incapaz de sacar partido de toda esta farsa, enredada en un catastrofismo tan confuso que envuelve todas sus razones en el estrépito de su propia alharaca.
Lo merecemos porque en un país acostumbrado a la transparencia democrática no habría presidente capaz de confesar que ha mentido con la pasmosa tranquilidad con que Zapatero lo ha hecho a sabiendas del nulo coste electoral de una conducta tan vergonzosa. Más aún, tratándonos de convencer a los ciudadanos de que el fin justifica los medios y de que su trapacera doblez en la negociación con ETA buscaba el bien colectivo de nuestra paz perpetua. Con perfecta conciencia de que sus embustes eran ya algo tan interiorizado por la opinión pública que se puede permitir el lujo de admitirlos con el orgullo de quien efectúa un generoso ejercicio de autocrítica.
No ha habido, en el ominoso transcurso del mal llamado proceso de «pazzzzzzz», una sola verdad consistente, ni una mezquina gota de sinceridad objetiva. Todo patraña, mendacidad pura. El presidente abordó la negociación con los terroristas con desprecio absoluto de las condiciones que él mismo estableció ante la ciudadanía y para las que pidió el refrendo del Congreso. Convirtió las reglas en un papel mojado a merced de su empecinado designio. Mintió sin ambages y sin importarle que se acabara sabiendo. Negoció sin que cesara la violencia, y mantuvo el diálogo más allá del atentado mortal que provocó su más clamorosa mentira, la de que habían cesado las conversaciones. Y negó y mandó negar las evidencias cuando se hicieron patentes, para acabar aceptando que sí, que lo hizo, que lo volvería a hacer y que todo fue en aras de su suprema voluntad de hacer el bien por caminos torcidos. Sin pedir ni siquiera perdón; para qué, si se sabe de antemano indultado por la bochornosa amnesia de una sociedad anestesiada.
En cualquier sitio donde la democracia conservase un mínimo rigor ético, un gobernante capaz de tan desahogada suficiencia quedaría de inmediato invalidado moralmente para pedir al pueblo la renovación de su confianza. Su crédito se pulverizaría en una nube de desdén e ignominia. Aquí, sin embargo, raro será que no acaben apostrofados como rabiosos savonarolas quienes conserven aún cierta capacidad de escándalo, mientras la oposición ya ni siquiera se siente con fuerzas para erigirse -probablemente por el desgaste de su propia recurrencia- en el referente necesario de la atropellada dignidad de las instituciones y del sistema.
Pero peor es el vacío conformista, la silenciosa y amortizada anuencia con que la certidumbre de un engaño cae en la acolchada sensibilidad de una opinión pública herrumbrosa. Dice Rosa Díez, ingenua o estupefacta ante este arrogante descaro, que un presidente tan relativista e insolvente le da miedo. Pero miedo, lo que se dice miedo, lo produce la acomodaticia, conformista, sumisa reacción de quienes ni siquiera se ofenden cuando les mienten y traicionan con la mayor de las naturalidades.

Regreso a Mariano Digital

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