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martes, 1 de enero de 2008

Los homosexuales, de Martín Prieto en El Mundo

BAJO EL VOLCAN

En el Nuevo Testamento no aparece ninguna palabra de Cristo sobre la homosexualidad. Cristo no fue un sexólogo y su tolerancia cubrió como un manto tanto a María de Magdala como a la mujer que iba a ser lapidada. El Viejo Testamento, una historia de pasiones y fuego poco apta para el público infantil, retrata un Dios furioso con Sodoma y Gomorra y tronante contra Onam por dejar caer su semilla en la tierra. El Dios de los judíos está fuertemente sexualizado. En la patrística cristiana no hay referencia explícita al pecado nefando pero se les quemaba en la madrileña Puerta de Toledo, donde se levantaban el cadalso y el rollo.

Derogada la franquista ley de vagos y maleantes, la homofobia vuelve a gorgotear no se sabe si por miedo al contagio, los matrimonios gay, la masiva salida del armario o su éxito en las televisiones. Que se aterren los homófobos porque la mies es mucha. Hemos tenido, ni más ni menos, un ministro de Educación gay y no padeció la enseñanza de los educandos. Y en el Gobierno actual, que los cuenten los que tengan ganas.

Dos homosexuales influyeron decisivamente en la Antigüedad: Alejandro el Magno y Julio César, que la única enfermedad que padeció fue la epilepsia, y eso que era el marido de todas las mujeres romanas y la esposa de sus centuriones. Y es que la Iglesia católica no se contenta con la confesión de los pecados y la abstinencia como una cadena perpetua sexual, sino que está regresando a la tesis de que la homosexualidad es una enfermedad y tiene cura. Hace 50 años un par de celebridades médicas hicieron fortuna tratando homosexuales, horror de la clase pudiente, estudiando ora las secreciones glandulares, ora la tiroides o aplicando el bárbaro electroshock, hoy felizmente desterrado de los psiquiátricos. Lo más que lograron fue algún suicidio. No se sabe por qué el área del placer del cerebro se inclina por un sexo u otro o edad o aspecto. Pero la homosexualidad no es una dolencia ni una pandemia que se contagia. Rock Hudson adquirió el sida libremente en su círculo; Burt Lancaster imponía a su amante en los rodajes. Montgomery Clift sobrevivió a los infiernos del Castro de San Francisco y Cary Grant usaba bragas aduciendo que ocupaban menos espacio en la maleta que los calzoncillos. Hoo-wer (FBI; otro homosexual) les espiaba para cotillear.

Bernardo Alvarez, obispo de Tenerife, es piedra de escándalo comparando la homosexualidad con la pederastia. No contento, afirma que los niños provocan a los adultos. Será a él que tiene a la infancia impúber por rehata de agresores sexuales. Se ha confundido con la Lolita de Nabokov. Podía leer a Kavafis.

© Mundinteractivos, S.A.


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