Blogoteca: enero 2008

miércoles, 30 de enero de 2008

Los 400 golpes, L.M. Anson, El Imparcial

En Ferraz se está calibrando el error cometido por Zapatero con su ocurrencia de intentar la compra del voto regalando 400 euros a trece millones de contribuyentes. Solbes está estupefacto. Se ha quedado paralítico. Rubalcaba no sabe como rubalcabear la ocurrencia zapateresca. A Pepiño Blanco no le llega la corbata al cuerpo. Los sindicatos protestan. Los autónomos ponen el grito en el cielo monclovita. Los intelectuales se desgarran las vestiduras ante el despropósito. Lo consideran tórpido e inmoral. Más de 8 millones de contribuyentes que cobran menos de 21.000 euros anuales no recibirán ni un céntimo. El regalo es discriminatorio y socialmente injusto. A Amancio Ortega y a Emilio Botín, Zapatero les obsequiará graciosamente con 400 euros a cada uno. La asistenta que limpia sus despachos no recibirá nada.

Las críticas, sin embargo, son en cierta manera exageradas. Zapatero es un ludópata. Ha hecho lo que viene haciendo desde 2004. Ha jugado y en este caso ha perdido. Su mentor áulico Philip Pettit le ha recomendado golpes de efecto en la campaña electoral. Y Zapatero le ha hecho caso jugando un órdago a la grande, con la ligereza que le es propia. Eso es todo.

Por Luis María ANSON
de la Real Academia Española

Enlace con El Imparcial


Regreso a Mariano Digital

martes, 29 de enero de 2008

Las tozudas cifras del miedo, Luís María Anson, El Imparcial




En el año 2003 España incrementó su población en 647.300 personas, de las cuales 594.300 eran inmigrantes. Ese mismo año Francia redujo a 55.000 la crecida de población inmigratoria, Inglaterra a 103.000 y Alemania a 144.900. Las cifras se hacen más significativas si tenemos en cuenta el número de habitantes de cada uno de los países. España, en fin, con 42 millones de población, en 2003, acogió a uno de cada tres inmigrantes que ese año se instalaron en la Unión Europea, con 546 millones de habitantes.

Una política disparatada de natalidad alentada por la progresía de salón de UCD y el PSOE, ha hecho imprescindible para mantener la calidad de vida la incorporación abierta al trabajo nacional de los inmigrantes. Bienvenidos sean, sobre todo si proceden de las naciones iberoamericanas que tienen el mismo idioma y la misma educación religiosa que nosotros.

Pero dicho esto, las cifras que se han hecho públicas dan miedo. En el 80 por ciento de los delitos que se cometen en Madrid o Barcelona están implicados extranjeros que han extendido ya en nuestra nación organizaciones mafiosas de prostitución, pederastia, narcotráfico y robo planificado. La seguridad ciudadana se tambalea y hay que suponer que a más inmigración incontrolada mayor delincuencia. A la vista de lo que ocurre en estos momentos por ejemplo en Colombia o México se le erizan los cabellos hasta a Anasagasti. ¿Hacia adónde caminamos?
Por Luis María ANSON
de la Real Academia Española


Regreso a Mariano Digital

Vuelta al caciquismo y al esperpento, Juan Carlos Girauta,Libertad Digital

Se mire como se mire, prometer 400 del ala por barba, a cargo del erario y a seis semanas de las elecciones, es una cacicada. O antes se cobraron de más o ahora se cobrarán de menos. En cualquiera de los dos casos hay un culpable y se llama Rodríguez. Por sus prácticas, heredero directo del abuso despótico de la peor Restauración, como ha denunciado, afilado y oportuno, José María Aznar, que lleva unos meses estupendo.

El ex presidente ha hermanado a la tropa de este PSOE posmoderno con Romero Robledo, en cuyo cortijo de Antequera, El Romeral, se reunía la crema del régimen, Alfonso XIII incluido. Azorín se ocupó de aquel escenario en El Imparcial: "La casa del Romeral es vasta, sencilla, campesina; hay en ella una parte moderna, en que habitan los dueños; otra antigua, en que habitan los jornaleros."

Decididamente, al desempolvar nombres caciquiles Aznar se ha marcado un tanto. Y ha humillado, por contraste, a la clase política italiana: no hay ninguna necesidad de lanzar gargajos al adversario cuando le puedes inducir el sofoco y el desmayo con apellidos ilustres. El efecto es más lento porque Caldera y Blanco tienen que informarse primero de quién era Robledo. O Romanones, que también ha salido.

Para más inri, les ha llamado "antiguos socialistas y antiguos españoles". Hay que reivindicar al español antiguo frente al antiguo español. El primero fulmina con citas, nombres de próceres o retratos letales a vuelapluma entre glosa y glosa de Isaiah Berlin. El segundo es un atracador de la modalidad vendepatrias que camufla sus estragos con palabrería progre, pensamiento débil y discurso de todo a cien: ciudadanos y ciudadanas del Estado español, y cosas así.

Igualados con Romanones, los socialistas no sólo quedan enmarcados con honores en la mejor tradición del latrocinio político y de la estúpida traición a las instituciones (Romanones es, con el almirante Aznar o Sánchez Guerra, uno de los desleales que sirve la victoria a los republicanos tras las elecciones municipales del 31: "Nada, señores. El resultado de la elección no puede ser más deplorable para nosotros, los monárquicos" – les suelta rendido a los reporteros); también se sitúan en el esperpento:

Max: ¡Pareces hermana de Romanones!
La Pisa Bien: ¡Quién tuviera los miles de ese pirante!
Don Latino: ¡Con sólo la renta de un día, yo me contentaba!

(Luces de Bohemia)

Juan Carlos Girauta es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.


domingo, 27 de enero de 2008

Los catalanes son españoles, por MessageInout


LOS CATALANES SON ESPAÑOLES
« on: January 24, 2008, 07:32:31 PM »

He analizado el “fet diferencial català” con la mayor objetividad de que soy capaz, y no he hallado nada que me permita verificar la tesis de que los catalanes son, en ningún aspecto, diferentes del resto de los españoles. Así, he constatado que:

Los catalanes soportan la falta de democracia exactamente con la misma mansedumbre que el resto de los españoles. Como el resto de los españoles, prefieren vivir sojuzgados a ser libres y por eso reclaman con la boca pequeña ante Madrid lo que saben que no le van a dar ni desean que les den, y culpan de todos sus males al Estado para no haber de reconocer que sus propios políticos los estafan. Si se les preguntara al respecto, gritarían “Visquin les cadenes!”, igual que el resto de los españoles, aunque en otra de las lenguas de España, diferente del castellano, el gallego o el vasco.

Los catalanes, como el resto de los españoles, ignoran el concepto de democracia. Por eso, prefieren que sea el Parlament el que elija al President de la Generalitat, en vez de ser ellos mismos quienes lo hagan, y toleran que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sea copado por jueces con dependencia orgánica de los políticos. Los catalanes, como el resto de los españoles, creen que tolerancia y consenso son valores democráticos, y no valores oligárquicos, que es lo que son de verdad.

Los catalanes, como el resto de los españoles, mantienen con sus impuestos a políticos descerebrados que los presentan ante el resto del mundo como auténticos imbéciles conformistas y cornudos políticos. Y es que los catalanes, como el resto de los españoles, no se miran en el espejo de los países democráticamente desarrollados, como Francia o los EEUU a los que odian sin motivo, sino en países con partitocracias corruptas impuestas por los ganadores de la II Guerra Mundial para controlar la expansión del comunismo soviético.

Las clases pudientes catalanas (de apellidos catalanes) tratan de distinguirse de la plebe por todos los medios a su alcance, como las clases pudientes del resto de España. Los catalanes de pura cepa solían distinguirse de la chusma por la lengua que hablaban, pero los planes de inmersión lingüística pancatalanista (que hacen que los hijos de los inmigrantes hablen y escriban mejor catalán que ellos mismos, cosa nada difícil) los están dejando sin diferencia ostentable, y tienen que recurrir, como el resto de los españoles, al alarde de su riqueza. Los catalanes de todas las clases sociales son engañados exactamente lo mismo que el resto de los españoles por los políticos, por el clero, por la Banca y por lo medios de comunicación.

Los catalanes, como el resto de los españoles, viven endeudados y por encima de sus posibilidades, porque el pavoneo ha suplantado a la cultura en la escala de valores sociales. Los catalanes, como el resto de los españoles, cree que el conocimiento puede comprarse en una enciclopedia, que Literatura son las bazofias que las editoriales le venden para poner en sus estanterías, preñadas de tópicos y transmisoras de lamentables escalas de valores que corrompen sus conciencias. En efecto, los catalanes, como el resto de los españoles, confían en Babelia y creen a pies juntillas lo que le dice El País o la Vanguardia respecto a la cultura; y abominan de la lectura de los clásicos, no vayan a encontrar en ellos verdades que les muestren que viven en el engaño. Así, los catalanes, como el resto de los españoles, consiguen no escuchar ni una verdad respecto de sí mismos jamás, viven en la autocomplacencia y se consideran hijos de la polla roja.

Los catalanes, como el resto de los españoles, maleducan a sus hijos, los sobrevaloran siempre,con lo que los empujan a ser carne de cañón en cuanto tengan edad de ser explotados. Para poder trabajar más, porque malviven hipotecados hasta la jubilación, los mandan a desquiciantes guarderías tan pronto como los admiten; y luego a escuelas, institutos y universidades (unos pocos) donde acaban de deformarlos para evitar que puedan intuir lo que es la libertad.

Los catalanes, como el resto de los españoles, viven asustados ante cualquier cosa que no comprenden. Por eso son xenófobos, inmovilistas y casposamente inhospitalarios. Se mofan de todos los que consideran diferentes a ellos. Viven de espaldas a la realidad, y se estremecen nada más pensar en que la Autoridad pueda desaparecer y dejar de protegerlos. Por eso, los catalanes, como el resto de los españoles, asumen sin rechistar leyes cada vez más coactivas de sus libertades, y hasta aplauden su puesta en vigor con alborozo. Asumen que la libertad de expresión no tiene límites en cuanto a lo banal, pero sí respecto a lo importante o a aquello que pueda molestar al Poder establecido.

Los catalanes, como el resto de los españoles, piensan que la Transición fue algo más que un chalaneo entre ladrones, son monárquicos juancarlistas y disfrutan leyendo las nimiedades que la Casa Real protagoniza; babean ante las imágenes de las infantitas y piensan que Felipe VI será un rey democrático (?) porque se ha casado con la experiodista Letizia Ortiz (¡esa zeta hortera!), de la que piensan que está muy delgada, la pobrecilla.

Los catalanes, como el resto de los españoles, son indiscretos y fisgones. Y por eso forman largas colas de vehículos ante un accidente, porque se empeñan en mirar al paso si hay algún muerto o herido que les haga sentirse afortunados. Porque los catalanes, como el resto de los españoles, se lisian o mueren en carreteras secundarias alternativas porque no pueden pagar los peajes abusivos que les impone el poder oligárquico capitalista.

Los catalanes, como el resto de los españoles, son de raza común, mezcla de decenas de invasiones y tránsitos, lo que se evidencia en su carencia de belleza, salvo honrosas y escasas excepciones. Los catalanes, como el resto de los españoles, quisieran ser vascos, pero eso no está a su alcance, cosa de la genética. Pero, por todo lo anterior, los vascos, que son los únicos españoles de verdad, los desprecian muy merecidamente junto al resto de sus compatriotas, sean andaluces, castellanos o murcianos.

En resumen, los catalanes, como el resto de los españoles, son, para su desgracia y por reiterado merecimiento, españoles. Y siempre, no nos quepa duda, lo serán.
Messageinout Grin
« Last Edit: January 24, 2008, 11:08:22 PM by MessageInOut »

El PP en Babia, por José García Domínguez, Libertad Digital

Martes, 22 de enero. Once y media de la noche. En el transcurso de la versión doméstica de 59 segundos, el redactor jefe de El Periódico tiende una trampa para elefantes a Dolors Nadal a propósito del gran tema estrella de la campaña del PPC, la imposición lingüística y el fracaso escolar en Cataluña. Con el último Informe Pisa en la mano, le espeta: " Mire, en comprensión de textos, el nivel en Cataluña es 477, bajo, pero es bastante superior al español. Dígame de dónde sacó las cifras que dio en la radio, por favor". Y... funciona. La candidata se queda en blanco. Literalmente en blanco

No tiene no tiene ni la más remota idea de lo que pueda dictaminar ese Informe Pisa 2006. No tiene ni la más remota idea de que las cifras sobre la hecatombe escolar de los niños castellanoparlantes que recitó en la radio procedían del Informe Pisa 2003, ni de que siguen siendo tan válidas hoy como hace cinco años. No tiene ni la más remota idea de que incluso una entidad nacionalista, el Institut Jaume Bofill, avala aquellos porcentajes que mencionó en la radio. No tiene ni la más remota idea de que ese periodista la está engañando, a ella y a toda la audiencia, con el enunciado torticero de su pregunta.

Miércoles, 23 de enero. Hacia las once de la mañana. Una docena de plumillas locales recién levantados y que no tiene ni la más remota intención de perder el tiempo con ningún informe, titula al alimón en todos los periódicos locales: "La candidata del PPC, sorprendida en una mentira sobre la inmersión lingüística". Al tiempo, nadie en los contados medios de comunicación próximos al PPC ha podido liberar cinco minutos en su apretada agenda con tal de ojear ese papel que blandía el tipo de El Periódico. Nadie, pues, sabrá nunca que, según el documento, en ciencias, comprensión lectora y matemáticas, como sostuvo de entrada Nadal, Cataluña ocupa la cola de España, sólo por delante de Andalucía. Y ese "nadie", por supuesto, incluye al equipo de campaña en pleno del PPC, que a estas horas aún sigue en Babia.

Jueves, 24 de enero. Mònica Terribas, una estrellita de la televisión regional, sube la apuesta y hace la prueba de tomarle el pelo al mismísimo Mariano Rajoy. Así que le suelta esto en vivo y en directo: "Señor Rajoy, usted sabe perfectamente que hay una sentencia del Constitucional que avala el sistema de inmersión lingüística". Y... funciona. El candidato no tiene ni la más remota idea del contenido de la sentencia 337/94. Si lo conociera, podría haberle replicado: usted miente como una bellaca, jovencita. El Constitucional jamás ha avalado la inmersión lingüística. Muy al contrario, ese sentencia de la que me habla desde la ignorancia y el sectarismo reafirma la obligación de que el castellano sea una de las dos lenguas de uso docente en Cataluña. Pero Rajoy se queda en blanco. Literalmente en blanco. Y balbucea cuatro vaguedades sobre lo bonita que es la libertad.

En fin, como para que sigamos riéndonos de Blanco.


José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.
LIbertad Digital

jueves, 24 de enero de 2008

Cólera de un pueblo, certeza de una nación, de Arturo Pérez-Reverte en El País

En este año se cumple el 200 aniversario del 2 de Mayo en Madrid, una fecha políticamente incómoda, manipulada históricamente y usufructuada por los distintos regímenes, partidos e ideologías desde entonces.

Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.

El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.

Como han señalado historiadores lúcidos que vieron más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.

La épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos, manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta. Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario, una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos.

Un hecho singular es que, en estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.

También resulta esclarecedor el modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoiz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.

Con el tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma. De ese modo, hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición. Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.

En el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.

La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo, identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el tópico de la indomable y valerosa raza.

Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.

Ahora, al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.

Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española y autor de Un día de cólera, novela-documento sobre el 2 de Mayo de 1808.


Regreso al Mariano Digital

miércoles, 23 de enero de 2008

Desaceleración, injusticia social y pánico bursátil, de Roberto Centeno en El Mundo

El fuerte incremento de la inflación en 2007, el peor dato en 12 años, y la subida del paro en más de 100.000 personas, que aumenta ya por encima de la creación de empleo, junto a la fuerte caída de los indicadores de clima económico, que ponen de manifiesto un proceso de desaceleración económica muy superior al esperado, delinean la que sin duda va a ser la mayor recesión de la economía española en muchas décadas. Y como las penas nunca vienen solas, lo que se pensaba sería un mal año bursátil, ha roto todas las previsiones y se ha convertido en autentico pánico vendedor, en un ajuste brutal del sobredimensionamiento del sector financiero respecto a la economía real, y tan ciego que ya no distingue entre buenos y malos.

Esta situación va a tener consecuencias dramáticas para una mayoría de familias, para quienes, a pesar del fuerte crecimiento absoluto, el reparto prácticamente medieval de la renta y la riqueza creado en la España de Zapatero ha producido ya una enorme pérdida de renta para un 60% de las familias, como cuantifica Julio Alcaide nuestro mejor estadístico y uno de los grandes de Europa, a lo que se añade, según los últimos datos de Eurostat, una pérdida de seis puntos de poder adquisitivo de los salarios respecto a la media europea. Y si esto ha sucedido en la época de vacas gordas, ¿qué no va a suceder ahora que han llegado las vacas flacas?

Pero antes de analizar estos hechos, parece necesario explicar qué sucede hoy. Y es claro, la confluencia de factores externos, perfectamente previsibles algunos, con unas políticas económica, energética y presupuestaria disparatadas que van en sentido contrario a lo que se necesitaba y la negativa rotunda de Zapatero a reconocer los problemas por motivos electorales y, en consecuencia a adoptar medida alguna, han creado una situación explosiva en nuestra economía que la crisis bursátil convierte en algo de consecuencias imprevisibles.

Y en este punto, como desgraciadamente en todos lo demás, las mentiras del vicepresidente Solbes y del Gobierno, afirmando que no son necesarias medidas porque «no existen problemas de fondo» en nuestra economía constituye una irresponsabilidad sin precedentes y un engaño masivo a los ciudadanos cara a las elecciones. Para empezar, es inaceptable que Solbes culpe de la inflación a factores exógenos cuando no ha realizado ni una sola de las reformas estructurales pendientes, lo que lleva a un encarecimiento desproporcionado de los productos básicos en su camino desde el productor al consumidor. O que Zapatero culpe al petróleo y al gas de todos nuestros males, cuando ha desarrollado una política energética demencial que ha prometido intensificar desmantelando todo el parque nuclear si gana las elecciones, lo que elevaría el recibo de la luz en un 40%, y que ha llevado nuestra dependencia exterior al máximo de todos los tiempos y al doble de la media europea, reduciendo nuestra eficiencia energética al 70% de la media de la UE-15.

Igual que resulta una tomadura de pelo el afirmar que no se puede hacer nada a corto plazo, cuando el exceso de gasto público es causa fundamental de las tensiones inflacionistas, y en lugar de unos presupuestos restrictivos, propone otros electoralistas y tan expansivos que ponen en peligro la estabilidad presupuestaria futura. Esta indignidad adquiere categoría de miseria moral cuando culpa de la inflación a la escasez de alimentos, por la sencilla razón de que, como comisario Económico en Bruselas, ha sido el primer responsable de la drástica reducción de la producción europea de alimentos. Solbes carece de autoridad moral para culpar a nada ni a nadie y, si no tiene la hombría de reconocer sus graves errores, al menos debería tener la dignidad de callarse.

Pero la realidad es todavía mucho peor por varias razones. La primera, porque la inflación empeorará por la enorme cantidad de inflación embalsada y por los efectos de segunda vuelta. La segunda, y esto es esencial, porque la inflación real sobre el 50% más pobre de la población es el doble del IPC. La tercera, porque la dimensión de la crisis inmobiliaria es muy superior a la prevista. La cuarta, porque el supuesto cambio del modelo de crecimiento es otra mentira más del Gobierno, las alternativas al ladrillo, el sector industrial y los servicios; el primero, acaba de entrar en recesión y, en el segundo, el crecimiento de las ventas de grandes empresas ha caído a cero en noviembre, se ha hundido en diciembre y el turismo se ha estancado. Y la quinta porque la crisis bursátil reducirá más aún el consumo, vía efecto riqueza, aniquilará expectativas, producirá una restricción todavía mayor en todo tipo de créditos y afectará a los resultados de las sociedades, hechos que harán poco eficaces la futuras reducciones de tipos.

Para Solbes «no existen problemas de fondo en la economía». Pero vamos a ver, una inflación que supera en un 50% a la media europea y un déficit exterior que es el más elevado del mundo, del que se derivan unas necesidades anuales de financiación gigantescas, de 100.000 millones de euros, ¿no es un problema de fondo? Un endeudamiento masivo de familias y empresas, en una situación de altos tipos de interés y fuertes restricciones creditícias, ¿no es un problema de fondo? Haber dejado el gasto del Estado en un 22% del total, la mitad de un Estado Federal, lo que nos impide realizar una política fiscal contra-cíclica pues el grueso de la capacidad inversora la tienen las autonomías y los ayuntamientos -algo insólito y disparatado que no sucede en ningún lugar-, ¿no es un problema de fondo?

Y luego la mendacidad del vicepresidente alcanza cotas nunca vistas cuando afirma que «España es hoy mucho más solvente». Para Solbes una economía cuyo déficit corriente y de capital se ha multiplicado por nueve, cuya deuda exterior se ha más que doblado hasta la astronómica cifra de 1,5 billones de euros, deuda que tendrá que devolverse en plena crisis, y cuya carga de intereses crece al 42% anual y supone ya el 3% del PIB, que ha perdido el 70% de sus reservas de oro y divisas -la persecución a la Iglesia católica y la pérdida del oro del Banco de España, como seña de identidad socialista, no ha cambiado en 70 años-, cuya productividad relativa a la media de la UE-15 ha retrocedido 40 años al nivel relativo de 1969, y que desde 2006 ha dejado de converger por primera vez en 11 años con la UE, resulta que es una economía mucho más solvente. ¿Qué pretende el señor Solbes con ese esperpento? Lo que no alcanzo a comprender es cómo la oposición no se lo ha comido con patatas.

Pero en el aspecto verdaderamente crucial, la distribución de la renta y la riqueza creadas que, como nos recuerdan los textos de economía, «es el resultado final y más importante de toda la actividad económica», la situación ha sido un desastre sin paliativos. La parte del trabajo en el PIB ha descendido dos puntos y medio a lo largo de la Legislatura -la cifra más baja de nuestra Historia y la más baja de toda Europa-, la presión fiscal ha subido a su máximo de todos los tiempos y el brutal incremento de presión tributaria -30.000 millones de euros/año- ha recaído en un 80% sobre la clase media y los pensionistas. El gasto social que ha crecido en términos absolutos, como no podía ser de otra manera, ha disminuido como esfuerzo social o porcentaje del PIB y brutalmente en términos per cápita donde ocupamos el último lugar de Europa.

Más específicamente, el último estudio de Julio Alcaide, que aunque al utilizar lógicamente cifras oficiales de inflación y población infravalora la realidad, aporta cifras sobrecogedoras. Mientras el 20% más pobre de la población recibe el 6,8% de la renta total, el 20% más rico recibe nada menos que el 44,2% del total, y dividiendo estas dos cifras se obtiene lo que los estadísticos denominan ratio de desigualdad, que se ha incrementado un 10% desde 2003, situándose en 6,5 en 2005 frente a una media de 5,5 para la UE-25 y de 4,2 para los países centrales. La estimación para 2007 es de 7,2, una ratio casi tercermundista.

El profesor Alcaide cuantifica también el índice de Gini, otra medida de la concentración de riqueza, su valor está entre cero y uno, y la desigualdad es mayor cuanto mayor es su valor. El índice de Gini ha alcanzado en la España de Zapatero su valor más alto desde que empezó a medirse hace 30 años -0,398 en 2005, un 4% peor que en 2003 y un 22% peor que la media europea- y en cuanto se conozca el de 2007 con la inflación creciendo un 60% por encima de los salarios, la cifra será espectacular.

Cara a 2008, hay dos escenarios posibles: el aterrizaje suave, un crecimiento del PIB entre el 2% y el 2,5%, y el aterrizaje brusco, un crecimiento del PIB entre el 1,5% y el 2%. En cualquiera de ellos, el mercado de trabajo va a sufrir el mayor ajuste en 35 años, las cuentas públicas entrarán en déficit, y será imprescindible una reestructuración presupuestaria; las suspensiones de pagos en el sector inmobiliario se multiplicarán y el sector financiero entrará en una fase de gran incertidumbre. Y esto era antes del pánico bursátil; ahora todo es peor y con un añadido, que nuestra economía es la más vulnerable de Europa, tanto por el nivel de endeudamiento exterior como por el fin del ciclo inmobiliario. Además, la caída de las cotizaciones obliga a varias de nuestras grandes empresas que han realizado compras masivas de participaciones totalmente a crédito -y garantizadas por el valor de estas participaciones- a poner cientos de millones de euros en nuevas garantías o en efectivo, algo que puede poner a alguna en serias dificultades.

Esta es la realidad económica de la España de Zapatero y, aunque ahora están presionando despiadadamente a todas las instituciones para que tengan el patriotismo de suavizar las cifras reales de paro -¿cómo es posible que las prestaciones por desempleo crezcan un 50% más que el paro registrado?- inflación y crecimiento, y así engañar a los ciudadanos, eso no cambiará la realidad. En esta situación, la designación de Manuel Pizarro como responsable del tema económico es a la vez una muestra de buen sentido y de esperanza para los españoles. Pizarro es un profesional de valía demostrada, capaz de abordar la crisis con rigor y eficacia, y un defensor a ultranza del interés común y del Estado de Derecho, es decir, la antítesis de Solbes, incapaz de tomar una iniciativa e incapaz de de sostener sus convicciones.

Es un auténtico dislate que con una economía en plena desaceleración, lo único que preocupa al Gobierno es el finiquito de Pizarro, cuando lo que debería preocuparle es el finiquito de los millones de familias que ya no llegan a fin de mes. Es además una burla que le ataquen por haber cobrado 2.500 millones de pesetas de indemnización, un 0,07% del dinero que hizo ganar a los accionistas de Endesa respecto a lo que pretendían pagarnos los amigos de Zapatero.

En definitiva, el pánico de ayer empeora notablemente la expectativas y, aunque Ben Bernanke, con su agresiva bajada de tipos, ha cambiado de momento el signo, las incertidumbres que se han despertado harán mucho más restrictivo el crédito y reducirán la inversión y el consumo en cualquier caso. A mi juicio, en España lo más efectivo a día de hoy sería una fuerte bajada de la fiscalidad a las familias para compensar la enorme pérdida de renta disponible originada por la inflación.

Roberto Centeno es catedrático de Economía de la Escuela de Minas de la UPM

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La ley electoral, por Luís María Anson, El Imparcial

Con una ley electoral como la francesa, Carod Rovira no habría pasado de ser un estudiante de preuniversitario pegando carteles incendiarios e independentistas en los muros catalanes. Con la ley anticuada y tórpida que padecemos, el líder de ERC no sólo ha condicionado la política catalana sino también, con un porcentaje ridículo de votos nacionales, la española.
En 1977, el sistema proporcional adoptado tenía sentido porque, tras cuarenta años de dictadura, había que dar juego a las distintas voluntades políticas. Después debió establecerse un sistema por circunscripciones como en Inglaterra o mayoritario como en Francia. No fue así. A partir de 1983, dediqué yo numerosas portadas del ABC verdadero a exigir la reforma de la ley electoral. Aquella campaña caló profundamente pero no tuvo éxito por el cerrilismo de algunos políticos y no precisamente de la izquierda.
Hoy es ya un clamor general la idea de que, para la estabilidad de España, resulta imprescindible la reforma de la ley electoral. Eso exige el pacto entre el PP y el PSOE y no parece que ni Rajoy ni, sobre todo, Zapatero estén dispuestos a dar facilidades en una cuestión clave para el bien común de los españoles.

Enlace con El Imparcial

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martes, 22 de enero de 2008

Los juegos, por David Gistau, El Mundo

AL ABORDAJE

La guía editada por la Junta de Andalucía para imponer la paridad en los juegos escolares es un compendio delicioso de la nueva moral oficial que nos va cociendo en un caldo de ideales progresistas. Parece escrita con intención satírica por el enemigo. Pero va en serio, por lo que rezuma esa falta de sentido del ridículo que caracteriza a los mensajeros de una verdad revelada, siempre alertas contra el machismo que permanece agazapado aun en asuntos en apariencia tan nimios como el salto a la comba o el churro va.

A través de los juegos es cómo el cachorro aprende a conocer la sociedad de la que formará parte. De ahí la importancia de controlarlos. Nadie espera que con los juegos de los patios se imparta una educación comparable al agogé espartano, para que de nuestros institutos públicos salgan alumnos que, además de seguir figurando entre los más cazurros de la Unión Europea, estén dispuestos a regresar de ahí adonde sean enviados con el escudo o sobre él. Pero tampoco procede asegurar, como lo hace la guía de la Junta, que hay un maltratador en potencia en cualquier chico que juegue sólo con chicos a juegos de chicos. O sea, que se empieza confeccionando a pares y nones el equipo de futbito, y de un modo inexorable se acaba tirando por la ventana a la esposa.

La solución de la Junta pasa por corregir tan repugnante hábito de segregación mediante la paridad zapateriana. Que las niñas tiren penaltis y se traben a codazos en el córner, aunque no quieran. Que los niños peinen barbies y hagan mermelada en las cocinitas, aunque no les apetezca, para desactivar cuanto antes al maltratador que lleva dentro por definición todo el que haya nacido con pilila. No repara la Junta en que es la propia sabiduría de los niños la que lleva la paridad a los juegos en los que es necesaria, como el de la botella.

No acaba ahí. Otro concepto que detesta el evangelio progre es el del mérito. Hay un matiz sospechosamente aristocrático en aquel que, por esforzarse en alcanzar la excelencia, provoca traumas comparativos en los demás. Entonces, toda paridad consiste en igualar por abajo, en que la mediocridad, y no la excelencia, sea la unidad de medida. Para ello, la guía propone eliminar los juegos competitivos y que fomenten el liderazgo de un individuo, poco importa que sea a costa de fabricar personas programadas de por vida para perder. Les juro que no están de coña cuando exigen que en las carreras de sacos se procure que todos los participantes lleguen a meta al mismo tiempo, evitando expresar desafíos. Y que en las sillas musicales, el participante que se haya quedado de pie tenga derecho a sentarse sobre las rodillas de otro y seguir el juego sin eliminaciones. No sea que se nos traumen. Igualito que Kipling.

El mundo feliz zetaperiano es una fábrica de niños estandarizados, condenados para siempre a ser Milhouse.

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jueves, 17 de enero de 2008

¿Golpe de timón? Pío Moa, Libertad Digital

Lúcido y estremecedor artículo de Pío Moa en Libertad Digital. Las conclusiones no son ningún desvarío: Si gana Rajoy por poca diferencia, quedará en manos de los separatistas y antiespañoles. Pero si gana por mayoría absoluta se va a reproducir el Frente Popular de 1936, que nos abocó irremisiblemente a una guerra civil.
Uno ya duda mucho de que el PSOE sea un partido demócrata. En cualquier caso tendrá una buena ocasión para demostrarlo durante los proximos cuatro años.
Y el proceso de separaciones regionales nos conducirá a una balcanización incontrolable.

Reproduzco un fragmento del texto de Moa, pero yo siempre recomiendo leer en el original porque entre otras cosas tiene una sabrosa sección de comentarios.


"

Gallardón era, es, el hombre de PRISA en el PP. Demasiado próximo al PSOE, donde, en rigor, podría militar a cualquier efecto práctico: no es de extrañar que su derrota la hayan visto como propia los socialistas y sus portavoces, lo cual ya indica lo oportuno de la medida. Junto con la salida de Piqué, el PP mejora su imagen ante la mayoría de sus electores. Sin embargo falta mucho para que Rajoy pueda considerarse una alternativa real a Zapatero. Le falta reivindicar con claridad la democracia denunciando los desmanes de los separatistas y de la izquierda contra las libertades y la Constitución. Y le falta defender con energía y denunciar con argumentos claros e inteligibles la política de disgregación de España, en lugar de colaborar con ella. Para golpe de timón resulta algo tardío.

Rajoy puede ganar por poca diferencia, y entonces habrá de negociar con los separatistas el proceso de balcanización en marcha (muchos derechistas son capaces de aceptarlo, con tal de que no se haga bajo dirección del PSOE), y salvo que UPD logre votos suficientes para configurarse como partido de apoyo. Y puede ganar por mayoría absoluta (no imposible si las cosas siguen poniéndose feas para Zapo y los suyos), y entonces se verá sometido a una presión brutal del nuevo Frente Popular, que no hay motivos para creer que sepa resistir. Las perspectivas, por tanto, tienden a un empeoramiento en el proceso destructivo abierto por el PSOE.

¿Y si pierde Rajoy? Es difícil decir si, en tal caso, el proceso se acelerará o no. Sea como fuere, estamos inmersos en él, y no se le vislumbra salida, de momento."



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martes, 15 de enero de 2008

Mentira, Ignacio Camacho, ABC

--Te quiero, comida -dice el gatito de ZP, mientras el país va a la deriva y a un punto del naufragio.


MERECEMOS un Gobierno que nos mienta. Merecemos un Gobierno que nos engañe. Merecemos un Gobierno que nos tome por tontos capaces de perdonarle sus manifiestas falsedades y sus toscos disimulos. Y merecemos, también, una oposición incapaz de sacar partido de toda esta farsa, enredada en un catastrofismo tan confuso que envuelve todas sus razones en el estrépito de su propia alharaca.
Lo merecemos porque en un país acostumbrado a la transparencia democrática no habría presidente capaz de confesar que ha mentido con la pasmosa tranquilidad con que Zapatero lo ha hecho a sabiendas del nulo coste electoral de una conducta tan vergonzosa. Más aún, tratándonos de convencer a los ciudadanos de que el fin justifica los medios y de que su trapacera doblez en la negociación con ETA buscaba el bien colectivo de nuestra paz perpetua. Con perfecta conciencia de que sus embustes eran ya algo tan interiorizado por la opinión pública que se puede permitir el lujo de admitirlos con el orgullo de quien efectúa un generoso ejercicio de autocrítica.
No ha habido, en el ominoso transcurso del mal llamado proceso de «pazzzzzzz», una sola verdad consistente, ni una mezquina gota de sinceridad objetiva. Todo patraña, mendacidad pura. El presidente abordó la negociación con los terroristas con desprecio absoluto de las condiciones que él mismo estableció ante la ciudadanía y para las que pidió el refrendo del Congreso. Convirtió las reglas en un papel mojado a merced de su empecinado designio. Mintió sin ambages y sin importarle que se acabara sabiendo. Negoció sin que cesara la violencia, y mantuvo el diálogo más allá del atentado mortal que provocó su más clamorosa mentira, la de que habían cesado las conversaciones. Y negó y mandó negar las evidencias cuando se hicieron patentes, para acabar aceptando que sí, que lo hizo, que lo volvería a hacer y que todo fue en aras de su suprema voluntad de hacer el bien por caminos torcidos. Sin pedir ni siquiera perdón; para qué, si se sabe de antemano indultado por la bochornosa amnesia de una sociedad anestesiada.
En cualquier sitio donde la democracia conservase un mínimo rigor ético, un gobernante capaz de tan desahogada suficiencia quedaría de inmediato invalidado moralmente para pedir al pueblo la renovación de su confianza. Su crédito se pulverizaría en una nube de desdén e ignominia. Aquí, sin embargo, raro será que no acaben apostrofados como rabiosos savonarolas quienes conserven aún cierta capacidad de escándalo, mientras la oposición ya ni siquiera se siente con fuerzas para erigirse -probablemente por el desgaste de su propia recurrencia- en el referente necesario de la atropellada dignidad de las instituciones y del sistema.
Pero peor es el vacío conformista, la silenciosa y amortizada anuencia con que la certidumbre de un engaño cae en la acolchada sensibilidad de una opinión pública herrumbrosa. Dice Rosa Díez, ingenua o estupefacta ante este arrogante descaro, que un presidente tan relativista e insolvente le da miedo. Pero miedo, lo que se dice miedo, lo produce la acomodaticia, conformista, sumisa reacción de quienes ni siquiera se ofenden cuando les mienten y traicionan con la mayor de las naturalidades.

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lunes, 14 de enero de 2008

La forma más antigua de explicar una idea, de Carlos Salas en Mercados de El Mundo


Estaba allí desde hacía muchos meses pero yo no lo pensaba leer porque me parecía demasiado simple. «Léelo», me dijo un familiar que preside una compañía de seguros. En los últimos años, entrevisté a muchos directivos y empresarios, y siempre acababa preguntándoles: «¿Y ha leído usted el dichoso libro ese?». Todos me respondieron que no. Claro, era tan simplón. Tampoco lo iba a leer yo, desde luego.

Supe que un empresario lo había regalado a sus 25.000 empleados y pensé: «Quizá para la masa, pero no para mí». Vi luego por las secciones de autoayuda de las librerías montones de libros que lo copiaban, ya saben, de esos con la tapa amarilla que parecen escritos para niños grandes que dirigen corporaciones. Pero no para mí. Se había editado por primera vez en castellano en 2000 y los periodistas lo mirábamos como esos libros tontos que alimentan la inocente búsqueda de la perfección. De modo que no me iba a descubrir nada nuevo.

Hasta que un arquitecto amigo mío me lo prestó. «Léelo», me dijo.¿Tu quoque?, pensé. ¿También tú? Otro que había caído en la secta del queso. Eso fue hace un año. Pues vamos a ello. He leído bastantes libros de gestión y hasta he entrevistado a los gurús: a Michael Porter, a Tom Peters, así como a premios Nobel como Herbert Simon y a Lawrence Klein, y hasta al locuaz John Kenneth Galbraith para que me explicaran las claves de la economía.

Así que un par de enanitos llamados Hem y Haw, junto con dos ratoncitos llamados Fisgón y Escurridizo, no me iban a enseñar más que todos esos señores. Un domingo por la mañana, me relajé en el sillón de casa y leí el librito. Déjenme recordar: tardé 40 minutos. No encontré gráficos, ni fórmulas. No hay case study ni jerga económica como cash flow o return on assets. Ni optimización, implementación o valor para el accionista. «Vaya, aquí sólo hay un cuento», me dije.

El cuento es muy simple: conviven dos enanitos y dos ratoncitos en un laberinto donde cada mañana encuentran su ración de queso.Un buen día, desaparece la comida. Los ratoncitos se lanzan por el laberinto a la búsqueda de más queso, pero los enanitos racionales, se quedan esperando a que aparezca el queso de nuevo. Como no aparece, uno de ellos reflexiona y dice: «Hay que salir en busca de queso». Es Haw. El otro se queda parado y dice: «Lo más seguro es esperar a que llegue de nuevo el queso». Es Hem.

El enanito Haw sale a la aventura y está muerto de miedo. Pero se da cuenta de que el miedo le ayuda a espabilarse de modo que va escribiendo sus enseñanzas en las paredes. También se le ocurre que antes de que desapareciera el queso, había ciertos indicios a los que no hizo caso: el queso olía mal y encima ya no había tanto como antes. Pero ignoró estas señales porque le producían temor. El temor te impide ver la realidad.

Haw encuentra por fin un depósito de queso pero resulta que está casi vacío. Alguien se le ha adelantado. Entonces aprende que si hubiera salido antes de su rincón, habría encontrado esa despensa llena. Haw vuelve con su amigo Hem y le da a probar el queso nuevo, pero éste lo rechaza porque sigue apegado a los viejos gustos. «No creo que me vaya a gustar», dice Hem. «Quiero que me devuelvan mi propio queso».

Haw sigue buscando por su cuenta más depósitos de queso hasta que encuentra otro donde están sus viejos amigos los ratoncitos.Después de hartarse de queso, Haw reflexiona sobre lo que le ha sucedido: el queso cambia de sitio así que hay que moverse.Fin de la historia. (No lo dice pero suponemos que a estas alturas el reacio Hem está calcificado de hambre).

Como ustedes ya suponen, el libro se llama ¿Quién se ha llevado mi queso? (Empresa Activa) y está escrito por el psicólogo Spencer Johnson. Ha vendido (pincho en internet) «millones de ejemplares en 26 idiomas». La gran clave del éxito del librito es que refleja las actitudes de los humanos ante los cambios: unos se apoltronan y otros se mueven. En el fondo, nos está diciendo que en la empresa imperan las mismas leyes que descubrió Darwin hace siglo y medio: el entorno cambia, y las especies que se adaptan a esas modificaciones sobreviven. Las que no, se extinguen.

El presidente del Instituto de la Empresa Familiar, Juan Roig, que también es presidente de Mercadona, lo regaló a toda su plantilla, supongo que para animarles a pensar que hay que moverse, cambiar, aceptar nuevos desafíos y buscar el queso cuando desaparezca.El queso es el mercado, que cambia de gustos o de sitio. Hoy está en España, mañana puede estar en China. Hoy le gustan los coches grandes y de diesel; mañana, pequeños y de pilas.

Seguro que antes de ¿Quién se ha llevado mi queso? había muchos libros sobre la gestión del cambio. ¿Y por qué éste ha triunfado? Porque ha sido el primero en relatarlo como un cuento de Samaniego o una fábula de Esopo, la manera más antigua y más eficaz de transmitir una idea. Una verdad contada de una forma sencilla.

Creo que ya lo he dicho anteriormente en esta columna: si tienen que explicar una idea, por favor ¡cuéntenla! No aburran a la audiencia con gráficos. Pierdan el miedo al ridículo y anímense a contar cuentos como lo han hecho nuestros abuelos y los abuelos de nuestros abuelos. La mayor parte de las personas que decían no haber leído el libro me mintieron porque les daba vergüenza reconocerlo. Como a mí. El célebre psicólogo Carl Jung decía que tenemos impreso en el alma un inconsciente colectivo que se mueve con arquetipos. Los arquetipos son la esencia de las novelas, los guiones de Hollywood, los cuentos de niños y los libros de autoayuda como el del dichoso queso.

La misma editorial acaba de publicar un libro titulado Será mejor que lo cuentes de Antonio Núñez López. Si usted es capaz de transformar un aburrido informe en fabulosas sensaciones y emociones entonces conseguirá que su mensaje llegue a más personas de forma duradera.No lo olvidarán. ¿Y saben a qué se debe? A que la especie humana sigue esperando que le cuenten un cuento por la noche en la cama o junto a la fogata.

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viernes, 11 de enero de 2008

Réplica a los nacionalistas, por Amando de Miguel, Libertad Digital


Juan y Edel Díaz me envían el texto de la carta abierta que el novelista Pérez Reverte escribe a un lector vasco, un joven guipuzcoano. El chico le envió una nota de protesta al escritor porque, en las novelas sobre el capitán Alatriste, salen algunos marineros vascos que van en los barcos españoles y entran en combate al grito de “Cierra España”. El lector guipuzcoano no se había enterado de esa realidad, que los vascos también iban en las naves españolas y que abordaban a los enemigos al grito de “Cierra España”. Termina así Pérez Reverte: “Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca… y la de la otra, la grande y vieja, la común, la tuya y a mía ¡España!”. Poco más hay que decir. Somos muchos los que lamentamos que toda una generación de vascos hayan sido estafados por una enseñanza retorcida de la Historia; también de la Historia de los vascos. Añado que esa “cierra España” quiere decir “cerrar con el enemigo”, esto es, embestir contra él. Por tanto, nada tiene que ver con cerramientos o cerriles, ni con la tradición cerrajera de Mondragón (Guipúzcoa).

Gaspar Zaragüeta Arce (vasco de nación Tian He, Guangzhou, China) nos dice que el término “nacionalistas” supone una aceptación explícita de sus propuestas, [los que son] separatistas, “antiespañoles”.

Tengo para mí que el fenómeno nacionalista en España es una cuestión de poder. Un nacionalista que así se autodefina tendrá más posibilidades de medrar y de mandar en su tierra, sobre todo cuando no pasa de mediocre. Mi predicción es que en las regiones donde manden los nacionalistas por mucho tiempo, el desarrollo se va a estancar.

Alonso Ortiz de Zárate opina que “el esfuerzo vasco por introducir en el mundo su euskera imposible es una locura y un dispendio enorme”. Mi parecer es que los países ricos puedan permitirse el lujo de conservar los idiomas étnicos, siempre que no desplacen a la presencia de los idiomas de comunicación internacional, si es que los tienen. Ahí está el caso de Irlanda, donde se protege el gaélico como una reliquia cultural, pero no se les ha ocurrido la avilantez de la inmersión lingüística de los escolares en ese idioma. Por cierto, la desusada prosperidad de Irlanda en los últimos tiempos se debe al dominio del idioma inglés. Se recordará que los mejores escritores irlandeses han escrito en inglés. Por lo mismo, los mejores escritores vascos han escrito en español.

Pilar Marín Rojas me cuenta una historia muy aleccionadora sobre sus peripecias con la enseñanza de sus hijos. Creo que vale la pena conocerlas:

“A Sueca llegué con mis hijos de dos y cuatro años. El pequeño, malagueño de nacimiento, no tuvo problema en la guardería; simplemente aprendió a hablar en valenciano. El mayor sufrió la inmersión lingüística a las bravas en el colegio público. Nacido en Jaén, como bien rezaba en el libro de familia, al matricularlo había dos opciones: castellano con horas de valenciano, e inmersión (con otro título, claro, que no recuerdo). Escogí castellano con horas de valenciano, pero era absolutamente mentira. Mi hijo no contestaba al profesor nunca y hacía los deberes en castellano, a pesar de que todos los libros eran en valenciano. En el patio del colegio, los compañeros lo llamaba Bruixot (brujo, creo). Eso fue en 1993, gobernando el PSOE en la Comunidad. De allí nos fuimos a Denia, y ya ninguno de mis hijos tuvo problemas porque habían aprendido bien el valenciano; además, la opción de castellano con horas de valenciano si era cierta. Ahora bien: ya en 2º de la ESO, mi hijo mayor volvió a casa un día enfadado y me mostró un examen corregido por un profesor. Le había quitado un punto solo por poner, al principio del folio, su nombre: Javier; lo corrigió en rojo poniendo Xavier y le advirtió que en todos los exámenes lo haría. Fui a hablar con el infausto profesor, a explicarle que el nombre no puede cambiar si no se hace un expediente de Registro Civil y que mi hijo se llamaba Javier hasta que quisiera cambiárselo él, o yo, en su representación, al ser menor de edad. Evidentemente, no cambió de actitud. Esto en un colegio concertado, de religiosas y ya gobernando el PP en la Comunidad”.

Por favor, que no me venga nadie ahora con la matraca de que tengo que verificar si la historia de doña Pilar es correcta. Yo la doy por buena, como todos los demás testimonios. Las opiniones son libres.

José Mª Navia-Osorio se maravilla del enfado de los nacionalistas catalanes ante la propuesta del PP para que se garantice a los niños catalanes que puedan estudiar en español:

“Por algún motivo los políticos catalanes se enfadan y lo consideran una persecución a Cataluña a la vez que insisten en que en su comunidad autónoma estudia en español quien quiera. No sé por qué se enfadan. Si ya se puede hacer no veo por qué no quieren que se garantice por ley. Tampoco se trata de una medida para aplicar solo en Cataluña. Se implantará en toda España y también tendrá una repercusión importante en Galicia, Vascongadas, Baleares y Valencia”.

A lo que yo entiendo, los separatistas catalanes pretenden erradicar el idioma castellano de Cataluña porque así creen que se asegura mejor la soñada independencia. Qué errados están.

Escribo con un pie en el estribo para irme a San Antonio de Texas, por lo que, al releer las diatribas de los nacionalistas, vascos y catalanes, me parecen todavía más mezquinas y casolanas. Supongo que, a partir de ahora, entenderán mejor esa circunstancia de ser el idioma español de España una pequeña parte del español del mundo. A su vez, nuestro idioma se puede entender ahora mejor en el contexto de esa otra realidad, aún más amplia, que es el inglés. En una gran parte del mundo empezará a verse como normal que los carteles y avisos de los lugares para el público estén escritos en inglés y en español. Luego se podrá añadir algún otro idioma local. Ya sé que esta prefiguración mía (que no propuesta) va a levantar ronchas nacionalistas. Comprendo la obsesión de los nacionalistas por insistir en esa monstruosidad de la “inmersión lingüística” en el correspondiente idioma privativo. Se ven abocados a esa medida para ocultar el probable destino léxico de muchos habitantes de esas regiones: se comunicarán preferentemente en español y en inglés.

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martes, 8 de enero de 2008

Nombres, por Amando de Miguel, Libertad Digital


La cuestión del nombre propio de las personas con sus correspondientes apellidos no es cosa menor. Estamos ante uno de los fundamentos de la personalidad. Somos lo que somos en buena parte porque nos llamamos, o mejor, nos llaman de una forma que es difícil de cambiar. Como proyección de ese fenómeno, los lugares geográficos (desde las calles hasta las constelaciones), las personas jurídicas y las instituciones tienen también nombre propio exclusivo, que requiere la mayúscula inicial. Hasta la cotidiana internet se viste con mayúscula, a veces hasta la televisión y las marcas comerciales. Las mayúsculas hacen que las palabras se pongan en procesión.

Juan Evaristo Fernández me comunica una noticia del diario Clarín, de Buenos Aires. Es "el caso de unos padres que, ante la imposibilidad de llamar a su hijo Diego, porque salió niña, la llamaron Mara Dona".

Susana Molledo (Bilbao) echa su cuarto a espadas sobre lo de Josep Lluís Carod-Rovira y su suspicacia porque no reciba el adecuado nombre en catalán: A mí también me gustaría preguntar a todas esas personas a las que tanto les molesta que les cambien el nombre (léase el amigo Josep Lluís) por qué cambian en Cataluña el nombre del monarca español. Que yo sepa, se llama Juan Carlos y no hace mucho tiempo, inaugurando no sé qué en la tierra del cava, descubrió una placa en la que se leía Joan Carles I. A Sofía (¡qué pena!) no pudieron cambiarle el nombre. Si a ellos les sienta mal que les castellanicen ¿por qué hacen lo mismo catalanizando el de los demás?

Se me ocurre que sí se podría traducir el nombre de Sofía (= Sabiduría) al catalán: Saviesa. Y al vasco: Jakituria.

J de A opina muy sensatamente: "No seré yo quien defienda a este señor, pero habiendo tantos aspectos donde se le puede criticar de forma racional, tratar de atacarle mediante un bulo que afirma que no se llama como se llama y que no nació donde nació (máxime cuando es algo fácilmente comprobable en el registro civil, que es un registro público como sabemos los genealogistas) es a todas luces ridículo, y visto sin apasionamiento, no favorece demasiado a quien realiza el ataque."

Eduardo Fungairiño opina que le "parece inevitable que cada idioma pueda adaptarse el nombre, apellido o nombre geográfico a su grafía y a su gramática". Acompaña algunos ejemplos: Si en Galicia a Getafe lo llaman Xetafe y en Cataluña a Teruel lo llaman Terol, a Fernando el Católico le llaman Ferrán y al Rey Juan Carlos le llaman Joan Carles, no veo por qué en español no puede decirse José Luís de Josep Lluís o Raimundo Lulio en lugar de Ramón Llull.

Mi opinión es que ese proceso traductor se realiza en algunos casos, por lo general los que revelan una mayor familiaridad con el nombre traducido, por ser cercano o por ser clásico. También cuenta la eufonía.

María Paz Velásquez aporta un buen ejemplo para la tesis anterior: "Cuando Gerald Brenan vivió en España (Las Alpujarras), la gente del pueblo lo conocía por don Gerardo, creo que nunca protestó, es más sonreía. Quizá estaba seguro de sí y no como estos nuevos nacionalistas de café que quieren ser más papistas que el papa."

Ignacio Aliño Alfaro me escribe: "Tomás Moro ¿no era Thomas Moore? Incluso, parece ser que se llegó a latinizar como Thomas Morus, fórmula preferida por los alemanes." Tomás Moro, como lo conocemos los españoles, se llamó realmente Thomas More. Recibió en vida el título de sir y en 1935, al ser canonizado, el de saint (para los católicos, claro). Su nombre latino fue Thomas Morus.

Rafael Palacios Velasco señala que en Asturias su nombre propio se transforma hipocorísticamente en Falo, Falín, Faluco, Falito o Falón. Una buena ocasión para el diván del psicoanalista.

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lunes, 7 de enero de 2008

¿Izquierda esta izquierda? ¡Pues vaya izquierda!, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia


Las señas de identidad de la socialdemocracia -dentro de la cual se inscribía el PSOE hasta la infausta llegada a su dirección de Zapatero- se reducían, en esencia, a una suma de Estado social y democracia.

Abandonado todo delirio de instaurar el socialismo -origen de la catástrofe política, económica y social del comunismo-, el proyecto socialdemócrata, en el que muchos seguimos creyendo frente al populismo radical que se ha adueñado de gran parte de la izquierda, consistía sobre todo en hacer compatible la división de poderes y la garantía de los derechos, característica de la democracia liberal, con la redistribución de la riqueza, que forma parte de las mejores tradiciones de la izquierda.

El instrumento fiscal habría de ser, en tal sentido, la palanca social fundamental para impulsar decididamente la igualdad. Recaudar impuestos progresivos para devolver lo recaudado en forma de servicios sociales: ese será el secreto. Recaudar, por supuesto, de los más favorecidos para redistribuir entre los más necesitados.

Frente a esa tradición socialdemócrata, la izquierda líquida (populista radical) que ahora nos gobierna ha decidido hacer todo lo contrario: recaudar sin justicia social, mediante el mantenimiento de una bolsa de fraude fiscal descomunal contra la que apenas se hace nada, y practicar la redistribución inversa. Pues ¿qué otra cosa, sino eso, es financiar los nacimientos de un modo lineal, es decir, al margen de la renta de los beneficiarios?

Si ese episodio constituyó en su día una auténtica vergüenza para todos los que nos reclamamos de la cultura progresista, ¿qué decir de las ayudas al alquiler de viviendas que han entrado en vigor este 1 de enero?: que desde la óptica de la redistribución fiscal constituyen un escándalo.

¿O no supone un escándalo mayúsculo que se financie con 210 euros mensuales (más o menos la mitad de lo que cobran en España cientos de miles de pensionistas que carecen de todo apoyo social o familiar) el alquiler de viviendas por jóvenes de entre 22 y 30 años que pueden ganar hasta 22.000 euros anuales, que es algo menos de la mitad de lo que gana un catedrático? ¿Es que ya nadie tiene en el PSOE la sensibilidad social para entender que esas ayudas -¡lineales, por supuesto!- beneficiarán a docenas de miles de jóvenes que, sencillamente, no las necesitan, por el simple hecho de que todos son potenciales votantes socialistas?

Vista su política territorial, su giro histórico en la lucha contra ETA y su bien probada voluntad de no pararse en barras para ganar las elecciones, hace mucho que no espero nada del presidente del Gobierno. Pero, ¡y el Partido Socialista! ¿Dónde se esconde, si es que aún existe, el Partido Socialista?

Roberto L. Blanco Valdés. Es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago. Además de su tarea docente, desarrolla una activa labor ensayística -en revistas como Claves de Razón Práctica, Leviatán o Sistema- y periodística, como columnista de La Voz de Galicia y Diario 16. Alguna de sus obras publicadas son: El valor de la Constitución (1994) e Introducción a la Constitución de 1978 (1998), traducidas ambas al italiano.

El error Rodríguez, por Juan Carlos Girauta, Libertad Digital


Hay formas y formas de encajar un desastre. El problemón económico español, por ejemplo, lo aborda Rodríguez por la vía favorita del socialismo: la mentira. Personalmente, me importa un comino que al presidente le parezca "muy positiva y alentadora" una situación definida por el aumento de la inflación y del desempleo; el pobre no sabe lo que dice. Algo habrá aprendido en sus dos tardes de formación económica, sí, pero no lo suficiente para que prestemos a sus palabras prestadas ninguna atención.

Saben los mercadotécnicos, aunque se lo callen, que Rodríguez "conecta" perfectamente con la España ágrafa. Los votos que obtiene su PSOE tontiprogre son también un indicador del estado de nuestra pobre cultura. Hagan el esfuerzo de preguntar. Averigüen a quién gusta y disgusta Rodríguez entre sus conocidos de izquierda, y comprenderán. Su facilidad para agradar al ignaro es reveladora. Y algo tendrá que ver con la promoción del analfabetismo funcional a través de uno de los peores sistemas educativos del mundo civilizado, con el terror a la meritocracia y a la formación de calidad, con la sectarización obscena que busca su malhadada asignatura estrella. Está sembrando, está modelando la sociedad para hacerla receptiva a las asnadas de su círculo, que le contiene a él, a Blanco, a Caldera y a las ministras de la cuota. Está ampliando su público potencial.

Nadie debería discutir de economía con Rodríguez. Lo mejor que puede hacer Rajoy cuando lleguen a ese capítulo en los debates televisados es sacar una pizarrita y una tiza e invitar al presidente a tomar apuntes. Lo notable no es que sea tan romo, envarado y esdrulujizante, sino los esfuerzos que tiene que hacer la gente de letra y de número para reprimir las carcajadas cuando le oye. ¿Es adecuado reírse de un ignorante? No, salvo que vaya tan sobrado como él, salvo que mienta con tantas ganas, salvo que sus lapsus resulten tan coherentes con sus actos.

Rodríguez va muy suelto. Hace, dice u omite de acuerdo con sus categorías de parvulario castrista. Del mismo modo que se quedó sentado al paso de la bandera americana –insulto que la Casa Blanca aún no le ha perdonado, y hace bien–, llama "accidentes" a los atentados de la ETA porque así los ve él, y se calla el "Viva España" de rigor ante nuestros soldados porque no le da la gana de pronunciar esas dos palabras juntas. No se trata de errores de Rodríguez sino de manifestaciones de su esencia. El error es él.


*** Juan Carlos Girauta es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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martes, 1 de enero de 2008

Permitidme tutearos, imbéciles, por Arturo Pérez-Reverte, El Semanal

Lo tomo prestado del blog principal, para que se divulgue. Cópienlo, pásenlo:


Visito a mis amigos y colegas de Voto en blanco y me encuentro con el artículo de Arturo Pérez-Reverte.
No puedo resistirme a dejarlo aquí.
Léanlo, cópienlo, pásenlo.
Este país está en alarma roja y necesita urgentemente opiniones libres.
Sé que muchos lectores exigentes -sean del partido que sean- lo agradecerán.
Pero me gustaría saber dónde se publicó. Supongo que a mis colegas se les pasó o yo no lo encuentro.
Imagino que en el dominical El Semanal, que se ofrece junto a varios diarios de la prensa española.

¿Puede alguien hacerme el favor de confirmármelo en un comentario?

Les dejo con nuestro académico, todavía no domado ni domesticado, afortunadamente.





Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera.
No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso.
Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada.
Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña.
Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico».
O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p'alante.
Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio.
Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.


Arturo Pérez-Reverte

Los homosexuales, de Martín Prieto en El Mundo

BAJO EL VOLCAN

En el Nuevo Testamento no aparece ninguna palabra de Cristo sobre la homosexualidad. Cristo no fue un sexólogo y su tolerancia cubrió como un manto tanto a María de Magdala como a la mujer que iba a ser lapidada. El Viejo Testamento, una historia de pasiones y fuego poco apta para el público infantil, retrata un Dios furioso con Sodoma y Gomorra y tronante contra Onam por dejar caer su semilla en la tierra. El Dios de los judíos está fuertemente sexualizado. En la patrística cristiana no hay referencia explícita al pecado nefando pero se les quemaba en la madrileña Puerta de Toledo, donde se levantaban el cadalso y el rollo.

Derogada la franquista ley de vagos y maleantes, la homofobia vuelve a gorgotear no se sabe si por miedo al contagio, los matrimonios gay, la masiva salida del armario o su éxito en las televisiones. Que se aterren los homófobos porque la mies es mucha. Hemos tenido, ni más ni menos, un ministro de Educación gay y no padeció la enseñanza de los educandos. Y en el Gobierno actual, que los cuenten los que tengan ganas.

Dos homosexuales influyeron decisivamente en la Antigüedad: Alejandro el Magno y Julio César, que la única enfermedad que padeció fue la epilepsia, y eso que era el marido de todas las mujeres romanas y la esposa de sus centuriones. Y es que la Iglesia católica no se contenta con la confesión de los pecados y la abstinencia como una cadena perpetua sexual, sino que está regresando a la tesis de que la homosexualidad es una enfermedad y tiene cura. Hace 50 años un par de celebridades médicas hicieron fortuna tratando homosexuales, horror de la clase pudiente, estudiando ora las secreciones glandulares, ora la tiroides o aplicando el bárbaro electroshock, hoy felizmente desterrado de los psiquiátricos. Lo más que lograron fue algún suicidio. No se sabe por qué el área del placer del cerebro se inclina por un sexo u otro o edad o aspecto. Pero la homosexualidad no es una dolencia ni una pandemia que se contagia. Rock Hudson adquirió el sida libremente en su círculo; Burt Lancaster imponía a su amante en los rodajes. Montgomery Clift sobrevivió a los infiernos del Castro de San Francisco y Cary Grant usaba bragas aduciendo que ocupaban menos espacio en la maleta que los calzoncillos. Hoo-wer (FBI; otro homosexual) les espiaba para cotillear.

Bernardo Alvarez, obispo de Tenerife, es piedra de escándalo comparando la homosexualidad con la pederastia. No contento, afirma que los niños provocan a los adultos. Será a él que tiene a la infancia impúber por rehata de agresores sexuales. Se ha confundido con la Lolita de Nabokov. Podía leer a Kavafis.

© Mundinteractivos, S.A.


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