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domingo, 23 de diciembre de 2007

Un padre llamado Norman Mailer, de John Buffalo en El Mundo

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UNA LECCION DE VIDA

El hijo del gran escritor americano recuerda a su padre un mes después de su muerte y reconstruye en este artículo, publicado en 'Corriere della Sera', su relación con él y sus sabios e inolvidables consejos

Se me pidió que escribiese mis recuerdos en dos días. Por consiguiente, lo único que soy capaz de ofrecerles son algunos retazos, que puedan proporcionar una vaga idea del gran privilegio que tuve por el hecho de haber sido el hijo de Norman Mailer durante los 29 años de mi vida.

No sé por qué, pero lo primero que me viene a la mente es la mirada de mi padre cuando contaba la historia de una conversación que él y mi madre, Norris Church Mailer, mantuvieron en una ocasión con el boxeador Muhammad Ali en un cocktail party.

Creo que, por aquel entonces, mi padre tenía 60 años (26 más que mi madre). Formaban una pareja singular. Ella lo superaba en altura con su metro setenta y cinco. Ya entonces era una modelo de éxito, actriz y pintora, pero había optado por abandonar su carrera para hacer de madre de todos nosotros.

El, con su metro sesenta y siete, un poco atemperado con el paso del tiempo, estaba contento de ejercer de padre de sus nueve hijos. Quizás incluso más que antes, ahora que estaba casado con una mujer a la que todas mis hermanas y hermanos habían aprendido a amar como una madre. No en vano mi padre solía decir que era la mejor madrastra que jamás hubiese visto. Y había visto unas cuantas.

Pues bien, volviendo al púgil, Muhammad Ali se acercó a mis progenitores y comenzó a halagar a mi padre por su buen aspecto. Le dijo más o menos esto: «Norman, tienes un aspecto espléndido. Dios mío, incluso estás en forma. ¿Cuántos años tienes?»

«Pues acabo de cumplir 60, Muhammad».

«¡Sesenta! Palabra que estás en forma. Me contentaría con estar como tú cuando tenga tu edad».

En este punto de la narración de la historia, los ojos de mi padre se encendían y todos nos acercábamos para escuchar la salida final: «Estaba allí, entre Muhammad Ali, uno de los hombres a los que más respeto, y mi bella mujer. Y Ali seguía regalándome los oídos con mi buena forma física. Cosa que, admito, me complacía. Estaba tan contento que, como un perrito, sentí necesidad de hacer pipí. Le dije: 'gracias Muhammad'. Y me fui a buscar un baño, dejando sola a Norris con él. Apenas, me di la vuelta, Ali se dirigió a mi mujer, diciéndole: '¿Pero todavía sigues con ese viejo?'

No conocí a nadie que supiese contar historias como lo hacía mi padre. Era como estar viendo a un gran director de orquesta. Sólo que, en el caso de mi padre, eran las palabras, y no la música, las que formaban parte del escenario.

Escucharlo contar historias era un placer que duró hasta sus últimos días. Porque no perdió jamás una brizna de sus entendederas ni la memoria de los más mínimos detalles de su vida. Ni siquiera cuando pasó de los 80 años y su cuerpo comenzó a ser cada vez más débil. Su mente permaneció intacta hasta el final. Quizás incluso más lúcida que antes.

Otro momento que recuerdo es cuando le diagnosticaron un cáncer a mi madre en el año 2000. Yo estaba de vacaciones, tras mi último año de universidad, en la bella casa de la familia en Brooklyn Heights, mientras mis padres seguían viviendo en Provincetown.

Tenía 21 años y lo ignoraba todo de los malos momentos que, antes o después, la vida nos reserva. Recuerdo que uno de mis hermanos me dijo que lo dejase todo y que me fuese inmediatamente a Boston (donde estaba mi madre). Pero yo tenía planes hechos para el día siguiente con amigos, a los que no veía desde hacía tiempo. Y, quizás víctima del shock, no fui capaz de darme cuenta de que tenía que cambiar mis planes.

Mi rabia ante la injusticia, al menos así la sentía yo, de los sufrimientos que mi madre tendría que soportar -aquella madre que, a los 26 años, se dedicó a cuidar a los hijos suyos y de Norman Mailer y que era el puntal de una familia muy unida de 30 personas- se transformó en la rabia de tener que cancelar lo que había proyectado hacer en las vacaciones, para ir a Boston a afrontar difíciles cuestiones existenciales.

No sabía qué hacer. Estaba indignado conmigo mismo por el hecho de que me costase hacer una cosa tan banal como cancelar mis proyectos con los amigos. Pero la verdad es que no me parecía justo.

Mi padre se dio cuenta de todo y me dijo que no me acelerase, que la situación de mi madre iba a durar tiempo y que lo mejor era que pusiese orden en mis vivencias y en mi mente antes de lanzarme al frente de batalla. Aquel consejo me permitió afrontar aquella época y me ayudó en los instantes más difíciles de mi vida.

Cuando mi madre superó con éxito la primera operación y vimos todo lo que la esperaba, un largo camino entre la quimioterapia y la radioterapia (con los correspondientes ataques de náusea), yo estaba terminando un guión, mi primer guión.

Se lo confié a mi padre y le dije que no sabía cómo iba a conseguir terminarlo. «Mira, hijo, es hora de que aprendas a organizarte en compartimentos separados», me dijo.

Crearse compartimentos. Estas palabras me permitieron saborear los muchos buenos momentos que tuve en los últimos ocho años y superar otros no tan buenos. Sin este consejo, no habría escrito nada. Esta es una de las muchas lecciones (para mí, dones), que mi padre me dio. Es un placer compartirla con ustedes. Gracias.

John Buffalo es el más pequeño de los nueve hijos de Norman Mailer. Es actor y guionista.

© Mundinteractivos, S.A.

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