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lunes, 10 de diciembre de 2007

Nacionalismo catalán: reir por no llorar, José García Domínguez, LIbertad Digital


Mira por dónde, comienza a caerme simpático Alberto Fernández Díaz, el mandamás del PP en el Ayuntamiento de Barcelona; sobre todo desde que le he descubierto esa vocación tardía de mosca cojonera que logra poner de los nervios a los catalanistas de todos los partidos, empezando por los del suyo. Sirva como muestra la última provocación municipal de don Alberto: proponer que se constituya una comisión con representantes de los grupos municipales, amén de los consabidos voceros de la famosa sociedad civil, a fin y efecto de celebrar el segundo centenario de la heroica resistencia catalana contra la invasión gabacha de España, efeméride que tendrá lugar el año que viene.

El asunto, naturalmente, promete. Porque sólo con imaginar al pobre Montilla tratando de vender que el tamboriler del Bruc era un soberanista emprenyat con Madrit por culpa de los agravios históricos, la diversión está servida. Y eso, reír, nos hace más falta que nunca. Reír por no llorar, claro. Así, con todos los patrioteros de la Meseta callados como muertos ante la cuestión del Estatut, la risa ha de ser la única terapia que nos ayude a sobrellevar lo nuestro con cierta dignidad. Porque si sucumbir siempre resulta duro, tener que hacerlo ante un enemigo ridículo lo es hasta extremos lacerantes.

Releo las Memorias de Cambó y vuelvo a quedarme pasmado delante de los mismos párrafos que subrayara en rojo hace más de veinte años. "En su conjunto, el catalanismo político era una cosa misérrima cuando, en la primavera de 1893, yo inicié mi actuación en él y le consagré mi vida (...) Aquél era un tiempo en que el catalanismo tenía todo el carácter de una secta religiosa (...) Ni en la masa ni en las corporaciones el catalanismo alcanzaba la más mínima influencia (...) El local de la Lliga de Catalunya estaba lleno a rebosar [con ocasión de un mitin en 1897]. Estaban todos los catalanistas de Barcelona, de Badalona, Sabadell, Tarrasa y Masnou: total, unas doscientas personas."

Se proponían destruir la nación más antigua de Europa y no pasaban de... ¡doscientos! Doscientos, ni uno más. No vamos a caer, pues, ni ante Stalin ni ante Hitler ni ante Atila o Julio César, sino frente a los herederos de doscientos tenderos con, eso sí, una idea muy clara. "Como en todos los movimientos colectivos, el rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de exageraciones y de algunas injusticias: eso ha pasado siempre y siempre pasará, pues los cambios en los sentimientos colectivos no se producirán nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas."

Lo dicho, reír por no llorar.


José García Domínguez es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.

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