Blogoteca: Los catalanes que dejamos de serlo, por Pedro G. Cuartango, El Mundo

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Los catalanes que dejamos de serlo, por Pedro G. Cuartango, El Mundo

TIEMPO RECOBRADO

Barcelona era una fiesta en los años 70. Quienes tuvimos la suerte de vivir en aquella ciudad, jamás podremos olvidar aquella década prodigiosa en la que todo era posible, incluso tocar el cielo con los dedos.
Eran los tiempos de la sala Zeleste, donde actuaba Sisa, de las últimas copas en el Pastís, de las lánguidas tardes en el café Zurich, de las noches del sábado en La Paloma y de las fiestas del PSUC en Montjuich.

Las Ramblas eran entonces el corazón de una ciudad vieja, sabia y tolerante, el lugar donde flotaban en el aire «mil perfums y mil colors», como dice la canción de Serrat.
Fuimos testigos del retorno de Tarradellas y de su inolvidable «ciutadans de Calalunya» que nos hacía catalanes a todos los que vivíamos y trabajábamos allí.
Pero el espejismo duró muy poco. Pujol ganó las elecciones autonómicas de abril de 1980 y el nacionalismo empezó a hacer irrespirable aquel aire de libertad.

He rememorado aquella etapa con una profunda nostalgia al leer este fin de semana La ciudad que fue, la crónica político-sentimental de Jiménez Losantos que también sangra por la herida de la añoranza.
Jiménez Losantos era entonces un joven que llevaba gorra maoísta, leía a Derrida y Kristeva y daba clases en Santa Coloma. Probablemente nos cruzamos sin conocernos en el café de la Opera, en algún tugurio de la calle Hospital o en alguna madrugada en el Born.
Jiménez Losantos no sólo ha dibujado en su libro un entrañable retrato del artista adolescente, sino que además ha reconstruido la magia de Barcelona en los años 70, su música, sus olores, el ambiente de sus calles y sus cafés. ¿Acaso eso no es la literatura?

Lo que hace más doloroso el paraíso es haberlo perdido. Y ciertamente la Barcelona de aquellos años, de nuestra juventud, está perdida para siempre.
Yo tampoco he querido, no he podido volver a Barcelona. Me da miedo reencontrarme con viejos fantasmas.
Me fui definitivamente en marzo de 1986 cuando el nacionalismo había destruido la ciudad con la que sigo soñando. Pujol había impuesto su política de normalización lingüística y había triunfado en su empeño de hacer de Barcelona lo contrario de lo que había sido.

Llegué a Cataluña como ciudadano y me fui como inmigrante. Ya no tenía nada que ver con aquella sociedad provinciana, beata y narcisista que quería el nacionalismo catalán.
Un cuarto de siglo después, sólo nos queda la nostalgia. A ella se aferra Losantos y todos los que nos tuvimos que ir de la ciudad que nos despertó a la vida y al amor.

© Mundinteractivos, S.A.

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