Blogoteca: La cultura francesa? No digan que está muerta, por Bernard-Henry Levy (El Mundo)

miércoles, 12 de diciembre de 2007

La cultura francesa? No digan que está muerta, por Bernard-Henry Levy (El Mundo)

POLEMICA DESDE EL CENTRO DEL IMPERIO

El filósofo responde a un demoledor artículo de la revista estadounidense 'Time' que proclama la defunción del arte y la literatura 'made in France'

A mi juicio, el problema no radica tanto en la mayor o menor veracidad del artículo publicado por la revista americana Time, con su severo juicio sobre la situación de la cultura francesa («muerta»). Muchos artistas franceses actuales parecen un tanto provincianos, acabados, insoportablemente narcisos y replegados sobre sí mismos. Y no está mal que se denuncien estas situaciones.

Además, aunque la denuncia fuese una exageración, aunque el diagnóstico fuese demasiado duro e injusto, por no tener en cuenta todo lo que de bello y vivo sigue habiendo en la cultura francesa, prefiero, en general, estas críticas a la vanagloria del gallito francés, que levanta las plumas y aletea en defensa del honor nacional pisoteado.

No. La auténtica cuestión es la contraria. Cuando observamos un cuadro, hay que preguntarse siempre lo que dice no sólo sobre el modelo, sino también sobre el retratista que lo hizo. Examinando este artículo, me sorprende que nadie se haya tomado la molestia de prestar atención a lo que dice del autor, de la revista que lo publica, del país del que procede y de los prejuicios y axiomas que refleja.

Primer axioma: la buena salud de una cultura (en este caso, la francesa) se mide por el grado de curiosidad que es capaz de suscitar en el seno de la cultura dominante (hoy, la de los Estados Unidos). La cultura que no interese a los americanos es inmediatamente calificada como intrínsecamente débil. Una obra de arte que no provoca una reacción entusiasta en América es declarada de inmediato una obra sin importancia. La consecuencia es que, por ejemplo, una buena película es la que puede y debe ser rodada de nuevo. O mejor todavía, las películas realmente excelentes son únicamente las que Hollywood ha vuelto a rodar y cuya propiedad conserva. Por eso, el autor del artículo no encuentra nada que salvar en el panorama contemporáneo del cine francés, excepto la triste serie Taxi del productor de masas del cine francés, Luc Besson.

Segundo axioma: Los americanos nunca se equivocan. El radar americano es infalible y no se le escapa nada de todo lo que es bello y merecedor de estima. ¿Y cómo se le escapó aquel pobre Edgar Allan Poe, muerto sólo como un perro en Baltimore? Y olvidado. ¿Y aquel Scott Fiztgerald, muerto vivo, escarnecido, calumniado, a duras penas publicado y que también él terminó en la miseria y víctima de la locura? Ninguneado, eliminado por la simple idea de que la vitalidad de un autor es directamente proporcional a los niveles que su presencia hace girar el gran registrónomo americano de ciclones. ¿Y todos los escritores americanos contemporáneos, a los que los amigos estadounidenses bien conocen y bien saben lo que tienen que luchar para que se oiga su voz en una sociedad que, como todas las sociedades, está conjurada para obstaculizar su ascenso? También ellos marginados. ¿Por qué entonces nos dicen que América lo registra todo y no deja que nada se le escape? ¿Y por qué nos repiten, a renglón seguido, que, como el ojo del ciudadano chino según Mao, también el ojo del granjero de Colorado, del agricultor de Iowa y del financiero de Wall Street «ve justo»?

Tercer axioma: el arte es, en realidad, la industria del arte. La cultura es, en realidad, el mercado de la cultura. Es decir, el modelo cinematográfico se impone como el paradigma dominante en todos los campos de la expresión artística. Todas las obras de arte, sin excepción, son sopesadas según el modelo de la taquilla. Y hay que prestar mucha atención, obviamente, a las obras «subvencionadas», que, por el sólo hecho de que su origen se sustrae, al menos en parte, a las leyes del mercado, tienen que ser calificadas de nulas. Uno de los grandes nombres del periodismo americano se pregunta, en el citado artículo, cuánto vende un escritor. Y, al hacerlo, corre el riesgo de comparecer ante los fantasmas no sólo de su escritorzuelo francés, sino también del gran Poe o del extraordinario Ezra Pound, y de otros muchos, triturados por ese mismo engranaje y que podrían poblar de nuevo sus noches insomnes.

Cuarto axioma: El arte es como la ciencia. Las obras de los artistas son como las teorías de los científicos: simples, fáciles, automáticas, universales, accesibles a todos y traducibles en todas las lenguas, especialmente en la angloamericana. ¿Un libro que no se presta a ello? No existe. ¿Un Céline, un Proust? Intraducibles. ¿Un Kafka, del que sólo queda una débil huella y que se rebela a la traducción más esmerada y más fiel? ¿Un Joyce que, incluso en la prosa impecable de su traductor francés Valery Larbaud, deja de ser Joyce? Es inimaginable un escritor francés, o inglés o un angloamericano contemporáneo que pueda resultar (como suele decirse) «inadaptable» a otra lengua. O se queda simplemente en un «fugaz divertimento». Porque la escritura se corresponde con el número. La sintaxis es una ecuación. Y el ideal literario, una simple fórmula.

Quinto axioma: quizás el más absurdo y el más ingenuo. Esta traducibilidad no es sólo incesante, sino constante a lo largo de la historia. El efecto de la fórmula no sólo es necesario, sino inmediato. Las grandes obras son las que se pueden transferir, casi en tiempo real, a un lenguaje de «significado global».

La máxima idiotez se alcanza en los pasajes más cómicos del citado artículo. Aquellos en los que el autor presume de que los grandes escritores franceses, los Camus, los Sartre, por no hablar de los Racine y de los Molière, a la luz de cuyas obras de arte se miden las luces temblorosas de las obras menores de hoy, fueron catapultados inmediatamente a la fama mundial. Como si estas obras, que lucharon por hacer camino más allá de la corte, estuviesen ya listas para derribar las puertas de la lista sacrosanta de los best sellers de The New York Times del siglo XXI. Sólo quisiera recordar el pasaje en el que el autor cuenta aquel viejo y banal prejuicio según el cual los escritores de vanguardia del siglo XX esterilizaron la narrativa francesa. O cuando afirma de Michel Houellebecq: «Es conocido por ser un misógino, un misántropo y un obseso sexual». Como si quisiese decir que un escritor es, en cierto sentido, responsable de las características atribuidas a sus personajes.

Me gustaría terminar con la impresión dominante que me dejó este texto raro, que, después de pensarlo bien, parece no tanto una recensión de la situación francesa cuanto un comentario devastador sobre la actual situación de la propia cultura USA. Porque lo que más llama la atención es su tono permeado de nerviosismo. Lo que más impresiona es el deseo de probar con demasiado ardor aquello que, inevitablemente, como decía Nietzsche, escapa a la verdad. Es un soplo de ansia y, quizá, de angustia lo que rezuma el dichoso artículo. Como si encerrase un mensaje final, pero secreto y, para más inri, encriptado.

Pero volvamos a la auténtica cuestión. Tengo la impresión de que este artículo no colocaría en su punto de mira a la cultura francesa si no quisiese abordar el hecho de que todas las culturas dominantes, antes o después, tienen que asistir a la decadencia de su hegemonía. El artículo habla con tonos auténticos de América y de lo que la espera, cuando la creciente influencia del español, del chino y quizá de otras lenguas asiáticas llegue a suplantar al angloamericano como la lengua de la fórmula infalible y de la traducción universal. Francia es la metáfora de América. La hostilidad antifrancesa es una forma degradada de pánico, que no es capaz de admitir la propia existencia. Todo un clásico.

© Mundinteractivos, S.A.

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