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viernes, 7 de diciembre de 2007

El escritor bipolar, por Alberto Vázquez-Figueroa, El Mundo


EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 92

Balzac, Faulkner, Fiztgerald, Gorki, Hesse, Dickens, Mark Twain, Stevenson, Tolstoi, Turgenev, Tenesse Willians, Zola, Poe y Virginia Woolf son tan solo algunos de los incontables escritores que han pasado a la historia padeciendo un serio problema de bipolaridad y, por lo tanto, no cabe sorprenderse por el hecho de descubrir que a un escritor le asalten continuos cambios de humor, súbitas e inexplicables depresiones o un invencible deseo de no ser únicamente él, pese a que tenga plena conciencia de que muchos de los nombrados pasaron parte de sus vidas en casas de salud o acabaron suicidándose.

¿Dónde se encuentra la delgada raya que separa la genialidad de la locura? ¿Es necesario ser dos para conseguir ser uno digno de aspirar a la gloria?

Entra dentro de lo posible que los seres humanos que no se vean obligados a librar una feroz y continua lucha con su otro yo, rebelde y a menudo miserable, no sueñen con la cima de perfección que alcanzaron tan extraordinarios personajes, y ello me lleva a suponer que incluso el propio Jesucristo debió ser en ciertos aspectos un ser de igual modo bipolar, capaz de amar a sus semejantes como nadie los ha amado, y capaz al propio tiempo de blandir un látigo con el fin de expulsar del templo a los mercaderes.

Si era al propio tiempo hijo de Dios e hijo de hombre, tenía que ser irremisiblemente bipolar según las circunstancias a las que se enfrentara en cada momento. ¿Qué pesaría más en su ánimo y qué le resultaría más difícil sobrellevar: comportarse como hombre siendo Dios, o comportarse como Dios siendo hombre? ¿Pero por dónde cruzaba exactamente esa línea divisoria?

Es una pregunta aplicable a cuantos nunca han conseguido tener muy claro dónde se encuentra exactamente el ecuador que separa cada uno de los extremos de su carácter.

No debe sorprendernos por ello que tantos escritores de talento hayan sido bipolares puesto que probablemente lo que buscaban al describir las andanzas de personajes de ficción era ser algo más que ellos mismos y reflejarse o proyectarse en seres imaginarios nacidos de la imperiosa necesidad de no conformarse con vivir una sola vida.

Pretenden ser otros o tal vez ellos mismos transfigurados en otro. El ejemplo más claro lo tenemos en El Doctor Jekyll y Mr. Hyde, en el que el Stevenson muestra dos personalidades tan diferentes que acabarían por obligarle a abandonar su brumosa Escocia natal para ir a morir en las soleadas islas del Pacífico.

Nunca he comprendido por qué razón tantos escritores nos resistimos a ser únicamente escritores si resulta evidente que es una hermosa profesión y la mejor prueba la tenemos en el hecho de que médicos, ingenieros, gobernantes o artistas de éxito se lanzan a la aventura de contar sus vivencias como si el mero hecho de triunfar no les bastara, convencidos de que todo aquello que no haya quedado impreso por su propia mano sobre un pedazo de papel no merece la pena ser tenido en cuenta.

Tras 30 años en el oficio, empiezo a temer que se debe a que cada noche nos acostamos sabiendo que somos escritores y cada mañana nos levantamos convencidos de que únicamente somos escritores. Y no nos basta. ¡Señor, Señor...! ¿Por qué no nos basta?

Probablemente se deba a que todos desearíamos ser, además, magníficos actores, inteligentes directores de cine, altos, feos, varoniles, simpáticos, seductores, libres, rebeldes y poseedores de uno de esos caracteres que nunca se dejan avasallar. En pocas palabras: todos desearíamos ser Fernando Fernán Gómez.

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