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martes, 4 de diciembre de 2007

El caudillo bufón debe dimitir, Luís Maria Anson, El Mundo

CANELA FINA

El caudillo bufón de Venezuela, el impresentable Chávez, se ha descuidado esta vez y no ha trampeado lo suficiente para ganar el referéndum con el que pretendía respaldar una dictadura castrista, concentrando todos los poderes en su persona. La derrota ha debido ser descomunal si sumamos al porcentaje del no en las urnas, la abstención y, sobre todo, las trapisonderías. El más elemental decoro democrático exige la fulminante dimisión del payaso y su reclusión en un palacete de La Habana para cantar desde él las inmarcesibles glorias del castrismo.

El rey Humberto II de Italia perdió por escaso margen un referéndum en el que los aliados impidieron votar a los soldados, sustrayéndole así la victoria. Renunció al trono y murió muchos años después en el exilio.

El general De Gaulle convocó en 1969, tras diez años de Gobierno, un referéndum menor. Lo perdió y dimitió de forma irrevocable. Era un demócrata.

No voy a extenderme en los ejemplos de vario pelaje que podrían ponerse. En el caso del caudillo Chávez la situación se presenta más radical. El pintoresco y gesticulante coronel golpista afirmó públicamente, al defender la reforma constitucional que hubiera establecido su caudillaje vitalicio: «Aquellos que voten sí votan a favor de Chávez. Los que voten no, votan contra Chávez». Es decir, la consulta electoral era un plebiscito para respaldar o rechazar al caudillo, al margen del texto de la reforma constitucional.

La veneración religiosa por Castro le viene a Chávez desde su juventud comunista. A partir del año 2000 el caudillo venezolano está dando, de forma descarada, los pasos necesarios para introducir un régimen comunista en la gran nación iberoamericana. La reforma constitucional era un paso más en la larga marcha hacia el castrismo. El 2 de marzo del año 2002 me hice eco del esclarecedor informe de 13 puntos que el MVR de Chávez remitió a los círculos bolivarianos, que no son otra cosa que milicianos armados. «Permitimos el uso de la violencia -se lee en el documento chavista- porque el hombre tiene su cometido por cumplir dentro de la revolución bolivariana». «A los que se oponen hay que combatirles con las armas del terror». «La lucha cobra sentido cuando se está contra algo o alguien que deben ser abatidos». Y concluye el documento de Chávez desenterrando la Inquisición comunista: «Ayúdanos a localizar a los enemigos de la revolución. Necesitamos todos sus datos. ¿Dónde viven los familiares y cómo se llaman? ¿Dónde estudian sus hijos? ¿Cuáles son sus vicios, amantes, sitios que frecuentan?». El caudillo bufón ordenó a sus milicianos disparar en 2002 contra las decenas de miles de manifestantes opositores que marchaban hacia el palacio de Miraflores. Asesinó a más de veinte personas y dejó un reguero de heridos. A lo más que se atrevió el Zar de todas las Rusias, en los albores del siglo XX, fue a la salvajada de lanzar sus caballos contra los que se manifestaban.

Chávez remitió a sus partidarios a través del MVR una lista de más de un millar de organizaciones y miembros de la oposición para que «sean depurados como enemigos de la revolución». Atizado por Castro, el caudillo bufón impulsa, además, una alianza internacional para fracturar el dólar y lesionar el orden mundial reinante dominado todavía por los aliados de la II Guerra Mundial.

Chávez no tiene otro camino democrático, después de su fracaso, que la dimisión. Se resistirá como una pantera de Java, alentado por el moribundo Castro. Tal vez un clamor nacional e internacional doblegue al bufón impertinente que, rompiendo todos los límites diplomáticos, insulta, en su verborrea incontenible, lo mismo al presidente de México que al Rey de España, al mandatario de Colombia que al de Perú. Pero no nos hagamos ilusiones. No será fácil conseguir que el impresentable caudillo doble la cerviz y dimita.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

© Mundinteractivos, S.A.

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