Blogoteca: Bhutto y Pakistán, de Sergio Romano en El Mundo

sábado, 29 de diciembre de 2007

Bhutto y Pakistán, de Sergio Romano en El Mundo


UN ASESINATO ANUNCIADO: Las opiniones

La mujer asesinada hace dos días en Islamabad durante la campaña electoral que quizás le hubiese permitido regresar al poder murió por un país que tuvo, desde el momento de su nacimiento, una vida incierta y complicada. Sus fronteras son poco seguras. Y sus vecinos, potenciales enemigos. Su sociedad está compuesta, en buena parte, por tribus, orgullosas de su propia autonomía e insumisas al poder central. Su religión, el islam, es un factor de división más que de unión. Y hasta su nombre no pertenece a los patrones históricos, sino que se trata de un simple acrónimo de las primeras letras de los mayores grupos étnicos que se unieron para su formación.

Su lengua oficial es el urdu, pero su clase dirigente y sus intelectuales hablan el inglés con el inconfundible acento cantarín del subcontinente indio. Su deporte nacional es el cricket, un viejo juego de los colonizadores, en el que los indígenas superaron rápidamente a los maestros, pero sus fiestas religiosas se celebran con la escrupulosa ortodoxia del islam más rigorista.

Sus Fuerzas Armadas todavía utilizan los manuales de instrucción del Ejército británico, pero los guerrilleros de las tribus conocen perfectamente el arte de la emboscada y el atentado. Sus academias militares y sus colegios están inspirados en modelos británicos, pero de sus 10.000 escuelas coránicas, financiadas por Arabia Saudí, ha salido un gran grupo de clérigos militantes, para los que la sharia es más importante que las leyes del Estado. Sus jueces, con peluca blanca, sus abogados con togas oscuras y sus barbudos imanes de la Mezquita Roja son ciudadanos del mismo país, pero pertenecen a mundos diferentes.

Este Estado contradictorio nace tumultuosamente en el momento en el que Gran Bretaña decide poner fin a su secular dominio sobre la India. Gandhi desea la unidad de los pueblos que habitan el subcontinente, pero los musulmanes también tienen un líder, Mohammed Ali Ginnah, que quiere y conquista la independencia. Nadie sabe, sin embargo, dónde están las fronteras que deben separar la India de Pakistán.

La partida de nacimiento de ambos Estados es, pues, una guerra durante la cual millones de hindúes y de musulmanes se cruzan en los caminos del éxodo.

En algunos casos, la suerte de un territorio se decide por las armas. En otros, por discutibles decisiones políticas. Tal es el caso de Cachemira, donde el maharajá hindú de una población prevalentemente musulmana optó por alinearse con La India en vez de hacerlo con Pakistán.

Por fin, cuando los combatientes deponen sus armas, el Estado de los musulmanes es una creación geopolíticamente absurda. Compuesto por dos partes (el Pakistán actual y Bengala oriental) separadas por 1.500 kilómetros de territorio hindú. Además, todas sus regiones fronterizas (Punjab, Beluchistán, Cachemira y las regiones pastunes en las fronteras con Afganistán) son cuestiones sin resolver y, por ende, laboratorios de crisis futuras. La más insidiosa de ellas es la de Bengala oriental (el actual Bangladesh) que proclama su secesión en 1971 y conquista la independencia.

Es lógico, pues, que la política de este país refleje sus anomalías y contradicciones. El sucesor de Ginnah, Ali Khan, es asesinado en octubre de 1951. En ese momento, entra en juego el Ejército, con la filosofía y los métodos propios de las Fuerzas Armadas de los países en los que la democracia tiene raíces recientes y frágiles. El primer general se llama Ghulam Mohamed y es recordado, en los anales del Estado, por haber permitido la elección de la primera Asamblea Constituyente en 1954. El segundo se llama Iskandar Mirza, recordado por el puño de hierro con el que intentó gobernar Bengala oriental. El tercero fue Mohammed Ayub Khan, recordado por la rapidez con la que sustituyó a Mirza. El cuarto fue Yahia Khan, que sustituye a su casi homónimo en 1969. Comienzan a vislumbrarse entonces los signos de un retorno a la democracia y aparece en el escenario del país Zulfikar Ali Bhutto, padre de Benazir y líder del PPP, Partido del Pueblo Pakistaní. La secesión de Bangladesh humilló al país, pero también tuvo el efecto de debilitar a su casta militar.

Convertido en primer ministro, Bhutto puso en marcha una política de desarrollo y modernización que dio algunos buenos resultados. Pero fue él el que, en 1974, tras el primer experimento nuclear hindú, dio la orden a los científicos paquistaníes de ponerse manos a la obra en busca de la bomba atómica.

Bhutto también impide nuevas tensiones étnicas, pero sucumbe a una nueva crisis institucional y a la llegada de un quinto general, Zia ul-Haq, que disuelve el Parlamento y detiene a Bhutto, al que hace procesar y al que condena a muerte. Y es que allí donde la política es débil y no consigue imponer sus principios, las Fuerzas Armadas se tornan fuertes. En 1985, este turbulento país, condenado a una perenne inestabilidad política, se convierte en la tercera potencia nuclear de Asia.

Pero tanto en Pakistán como en la India de Indira y Sonia Gandhi, las mujeres tienen el temperamento, la tenacidad y el carisma de sus padres y de sus maridos. Una vez que regresa del exilio, Benazir Bhutto aparece en la escena política paquistaní en 1986, lidera el partido de su padre y consigue la victoria en 1988, convirtiéndose en primera ministra a finales de ese mismo año.

Expulsada por el presidente, pierde el poder en 1990, pero lo reconquista en 1993 y lo conserva hasta 1996. Expulsada nuevamente y acusada de corrupción, parte para su segundo exilio. Pero, en estos últimos meses, reaparece de nuevo en el escenario, con unos años más, pero todavía bella y, sobre todo, extraordinariamente intrépida.

La matanza del día en que regresó a su patria, el duelo político con Musharraf (tras el cual se vislumbraba un eventual acuerdo) y su campaña electoral son acontecimientos de las últimas semanas.

Es difícil imaginar que la historia de Pakistán pueda mejorar en los próximos años. Pero tampoco sería justo olvidar que este desafortunado país intentó construir su identidad política mientras estaba amenazada su propia existencia por la impresionante secuencia de conflictos, directo o indirectos, en los que se ha visto involucrado. Desde las guerras con La India por la posesión de Cachemira, hasta la secesión de Bengala oriental o la larga guerra de Afganistán con la ocupación soviética, el régimen talibán del mulá Omar, la ocupación americana y el retorno de los talibanes.

También es cierto que, durante todos estos años, Pakistán ha contado con la amistad de EEUU. Pero esta amistad se ha convertido en estos años, en otra causa añadida de su inestabilidad.

Sergio Romano es analista político de 'Corriere della Sera'

© Mundinteractivos, S.A.

Regreso al blog de Mariano Planells


-

No hay comentarios: