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viernes, 9 de noviembre de 2007

Rumanos, por Arcadi Espada, El Mundo

El comunismo fue muy útil. Durante décadas un cinturón de hierro permitió que parte de Europa se rehiciera del apocalipsis de dos guerras mundiales, sin atender a graves problemas irresueltos, algunos de los cuales estuvieron en el origen de las matanzas. Entre ellos, y estrechamente vinculados, el nacionalismo, el asentamiento de las minorías étnicas o los flujos de emigración. Y tuvo otra utilidad esencial, extraordinaria. Antes de que se desvelara por completo su colosal fracaso, la recurrencia comunista permitió que la izquierda capitalista no tuviera que rendir cuentas a la realidad. Mientras los partidos liberales debían resolver los problemas diarios, sin poder ampararse en ninguna construcción utópica, la izquierda dejaba los problemas en manos de las contradicciones de clase, y su superación. Este confortable horizonte utópico operaba por igual en sus programas de oposición (lo más corriente en la Europa de posguerra) como en las limitadas instancias de poder que gestionaban, fuesen ayuntamientos o gobiernos regionales. Los problemas siempre eran producto de la guerra fría y, sobre todo, del pertinaz retraso del Advenimiento.

El año 1989 supuso para Europa y para la izquierda el final de la ilusión. No es extraño que los dos entes estén en crisis. Su crisis es la crisis de la realidad. En especial, la de la izquierda, que no puede echar mano a mares y montañas. Un vistazo a su política en las últimas décadas permite dudar que los problemas reales hayan estado en el centro de su interés. Cuando no ha tenido otro remedio que hacer propuestas, gobernando u opositando, se ha limitado a bajar en una octava las soluciones de la derecha. Y sus agarraderos episódicos, como el de la oposición a la energía nuclear, se han saldado en la rectificación cuando la presión social les ha obligado a tomar decisiones nítidas.

Esta doble crisis de la realidad se pone en evidencia estos días en la actitud del Gobierno italiano (de izquierdas, tengo entendido) ante los problemas de la inmigración rumana. De una manera insólita, Prodi y Veltroni (lo viejo y lo nuevo) han aplicado un principio que repugna, no ya a los criterios de solidaridad en que la izquierda basa su identidad, sino a los fundamentos del liberalismo más elemental: el principio de la culpabilización del grupo a partir de la actitud de algunos de sus miembros. El empaquetamiento y expulsión de los rumanos de Italia (¡por el sólo hecho de ser rumanos!) lo ha propuesto la izquierda, y es imperioso anotarlo para señalar hasta dónde llegaron las aguas. Y habrá que anotarlo con un addenda que incluya la reacción, en Rumania y en Italia, de algunos portavoces algo más sensibles: «Es injusto culpar a los rumanos, cuando el problema son los gitanos». Cierto y terrible: lo único real del socialismo fue su caída.

(Coda:«La idea comunista vivió más tiempo en el espíritu de la gente que en los hechos; más tiempo en el Oeste que en el Este de Europa». François Furet, El pasado de una ilusión, 1995.)

© Mundinteractivos, S.A.


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