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jueves, 29 de noviembre de 2007

El arte vacío, Marcos-Ricardo Barnatán, El Mundo


OJO AVIZOR

La epidemia es general y su patología se extiende con un extraño vigor, sin conocer los límites de las fronteras, las banderas, ni soberanías de ningún tipo. La enfermedad ataca a los artistas, pero es aún más cruel con los críticos, con los comisarios, con esos proclamados independent curators que están en todas partes y que son los principales portadores del contagio. Entre todos han decidido que el arte está moribundo y que nada mejor para enterrarlo que proclamar la vigencia de un arte totalmente vacío.

El concepto no es nuevo, tiene sus veteranos pioneros y están también entre nosotros -hace unos pocos días ha sido premiado aquí un artista que se enorgullece de no haber vendido jamás una obra-. Y ante semejante hecho es justo que se le subvencione con un premio nacional después de tanta resistencia en la indigencia. Hay admiración por la figura del antihéroe, por el transgresor del sistema, y conviene resaltarla cuando el sistema se derrumba o pretendemos que se derrumbe.

Hace unos días uno de los críticos internacionales más mediáticos, al que se le confío organizar la próxima Bienal de San Pablo, ha decidido dar el gran salto y anunciar que se abrirá sin la presencia de ningún tipo de obras. En ese supuesto vacío fértil se nos invita a meditar, a reflexionar sobre la cualidad invisible del arte. ¿Para qué queremos mostrar obras inservibles? Es mucho mejor ofrecer el vacío creador para que cada cual se emocione con lo que quiera o, lo que es mejor, con esa nada hecha cuerpo en el aire, en el espacio libérrimo, despojado de cualquier manipulación.

No me extrañaría nada que la idea toque a nuestras puertas. Estamos en las vísperas de una rocambolesca elección internacional de la persona que va a dirigir por un tiempo largo el Museo Reina Sofía, y algunos tememos que los grandes electores fijen su vista en algún redentor del vacío. ¿Se imaginan el panorama que se nos viene encima, si esa autoridad independiente decide, por ejemplo, mandar el Guernica al Museo Guggenheim de Bilbao, que tanto lo reclama, y vaciar la colección permanente para dejar las galerías hospitalarias del Reina en ese magnífico vacío creador de aire y piedra?

No podremos escandalizarnos de nada, porque hace mucho tiempo que nos instruyen en el arcaísmo de la pintura en este momento álgido de lo contemporáneo. Dejemos esas antigüedades, esos restos humeantes del siglo XX, para los museos venerables y para los coleccionistas ilusos que siguen dejando su dinero en las subastas millonarias, y mostremos al pueblo llano la belleza inmarcesible del vacío; ellos nos agradecerán una excursión ilimitada a la vacuidad.

Todo es posible, porque estamos tan inmunizados al despropósito que la aceptación ciega es la norma general. Muy pocos, o ninguno, se atreverían a desmentir los méritos de una purificación tan saludable. No porque falten argumentos sino porque faltan las ganas de meter el dedo en el ventilador y acusar la realidad de la desnudez del rey que cree pasearse en ricas vestiduras. El vacío está ya servido.

© Mundinteractivos, S.A.

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