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martes, 16 de octubre de 2007

Zapatero mira hacia atrás con ira, Luís María Anson (El Mundo)


CANELA FINA

El cardenal Tarancón renunció al Estado confesional; Felipe González, a la República; Don Juan, a sus derechos a la Corona; Don Juan Carlos, a todos los poderes que le legó la dictadura; Adolfo Suárez, a los principios «inmutables» del Movimiento Nacional; Carrillo, a la bandera tricolor; varios partidos nacionalistas, a las veleidades independentistas decimonónicas.

Sobre la generosidad de todas esas renuncias se alcanzó el mínimo común denominador de la Transición. Del milagro de la Transición que cerraba el enfrentamiento entre las dos Españas y que, gracias a la Monarquía parlamentaria, la Monarquía de todos, la que defendió Juan III contra la dictadura durante casi 40 años, la que devolvió al pueblo español la soberanía nacional secuestrada por el Ejército en 1939 tras la victoria franquista en la guerra incivil, se ha conseguido una etapa histórica ejemplar por el progreso, la tolerancia y las libertades.

La Transición fue el ejercicio sabio de un pueblo entregado a la concordia y la conciliación, en lucha por la libertad sin ira. Los dirigentes claves de aquella época, con el Rey a la cabeza, tomaron la decisión de cicatrizar las heridas todavía abiertas de la guerra incivil. Se trataba de mirar hacia adelante, de no volver la vista a un pasado trágico, de superar inmovilismos y nostalgias, sectarismos y manipulaciones. Había que construir el futuro, no anclarse en la esterilidad del pasado. Por eso, políticos y periodistas comprendimos que era absurdo hurgar en las heridas de ese pasado, en los crímenes perpetrados por la República contra millares de sacerdotes y monjas; en las sacas espeluznantes; en los asesinatos de Ramiro de Maeztu o Pedro Muñoz Seca; en los fusilamientos franquistas de posguerra; en los encarcelamientos inicuos de Miguel Hernández o Buero Vallejo; en el asesinato atroz de Federico García Lorca.

Los 30 años de paz y prosperidad, de conciliación y concordia, se han edificado sobre la sabiduría de la Transición, sobre la decisión de Felipe González y Adolfo Suárez de que, para las grandes cuestiones de Estado, funcionara el pacto a lo Cánovas-Sagasta entre los dos grandes partidos nacionales, el centro derecha y el centro izquierda, que representan a más del 80% del pueblo español.

Pero llegó Zapatero, el ludópata político, y cambió de socio constituyente. Apestó al PP y se alió con los partidos nacionalistas voraces, con los que apenas sobrepasa el 50% del voto popular y a los que ha hecho concesiones que bordean la frontera de la Constitución. Hoy escenificará una discrepancia electorera con Ibarreche, al que subterráneamente le prometerá casi todo para después de elecciones, mientras los ultras del fascismo y los ultras del izquierdismo reaparecen en las calles de San Sebastián enzarzados en la violencia.

Y con esa ludopatía frenética que le domina, el presidente sonrisas se ha lanzado desde el estrabismo político a hurgar en las viejas heridas que desencadenaron una guerra incivil con centenares de miles de muertos. Ahí está Zapatero, con su ley de la memoria histérica que no histórica, empeñado en ganar en 2007 una guerra de hace 70 años, que todos, las viejas y las nuevas generaciones, queremos olvidar y que él está refrescando de forma insensata. Ahí está Zapatero, jugando a la ruleta rusa, desenterrando esqueletos y ciénagas, desarrollando un nuevo sectarismo manipulador y prebélico; mirando, en fin, como la mujer de Lot, hacia atrás. Y con ira.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

© Mundinteractivos, S.A.

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