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sábado, 13 de octubre de 2007

¿Orgullo de ser español? Pío Moa, Libertad Digital


En todos los países se invoca, con más o menos intensidad, el orgullo de pertenecer a él. Supongo que es una expresión algo torpe de un sentimiento de contento o satisfacción con la propia tierra y cultura. En rigor, uno puede estar orgulloso, y sin pasarse, de algún mérito propio, pero haber nacido en España o en cualquier otra parte no es ningún mérito, y por ello no justifica ningún orgullo. Tampoco puede decirse que sea una intranscendente casualidad (salvo en la medida en que nuestra propia existencia es un azar) y que uno podría haber nacido en cualquier otro punto, pues si usted hubiera nacido en otro país y época no sería usted, sino alguien completamente distinto. Nuestro origen y época son hechos constitutivos: somos españoles y de nuestro tiempo de modo inevitable, inescapable. Forma parte de nuestra personalidad tanto como todo lo que hemos hecho y aprendido por nuestra cuenta.

Otra cosa es que ese hecho nos guste o no. La actitud normal es la de satisfacción y algo así como agradecimiento hacia una comunidad histórica que nos da una cultura y nos permite vivir como seres humanos, a la cual debe cada uno, evidentemente, mucho más de los que está en condiciones de pagar. En todo caso, uno debe asumir y aceptar su origen, tal como debe asumir y aceptar muchas otras condiciones de su vida, so pena de vivir de forma histérica. La aceptación no excluye un descontento razonable, que lleva, precisamente, a hacer algo por mejorar esas condiciones. Uno no puede estar orgulloso de ser español, pero sí de hacer algo en beneficio de España.

Sin embargo, así como hay personas que no se soportan a sí mismas, las hay en España que no soportan ser españolas (otra manera de no soportarse a sí mismas). En todas las naciones existe gente muy crítica con su propio país, y ello ayuda a veces a corregir algunos males. Pero en España ese descontento alcanza unas proporciones histéricas, en el doble sentido de que es autodestructivo y perfectamente estéril. Esa gente nunca ha hecho nada que valga la pena, solo transmite su propia confusión, su boba furia y su vanidad pueril: España es una porquería para lo que ellos, al parecer, merecen. A menudo su actitud se disfraza de fría indiferencia: ser español “les da igual”. Por supuesto, no les da igual, pues aprovechan sin tregua, parasitan en ese sentido, los enormes beneficios que han recibido de nuestra sociedad y sus logros colectivos a lo largo de los tiempos, la libertad y el bienestar económico. Con no menor frecuencia se recrean en poner bien de relieve las carencias de España, como su escasa contribución científica. Dada la suficiencia con que hablan, uno creería hallarse ante importantes científicos que quizá van a poner remedio a esa penuria hispana; pero no hay nada de ello, solo la hinchada exhibición de desdén del necio improductivo.

La actitud de los pepiños blancos y demás corrutos lo refleja muy bien: por algo se proclaman herederos del Frente Popular, de la misma gente que en la república llegó a considerar a España una especie de pesadilla madura para terminarse, tarea que ellos iban a rematar sin demasiado esfuerzo; de los que gritaban ¡viva Rusia! o ¡viva la república!, para oponer esa república a España, para acabar con los ¡viva España!, que adquirieron carácter subversivo. A aquella gente la retrató Azaña como políticos de compadreo y de botín, sin ninguna idea alta, y resumió con amargura, en plena guerra: “A muy pocos nos importa la idea nacional, pero a qué pocos”. Para esos personajes defender España es propio de "fascistas", o, como dicen ahora más finamente, de "extrema derecha".

Aunque estas actitudes vienen de muy atrás, cobraron verdadera fuerza a raíz del desastre del 98. Lo expresaba inmejorablemente Menéndez Pelayo: “Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar (a su cultura) sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil".

Así pues, no se sienta usted orgulloso de ser español: siéntaselo de hacer algo que valga la pena por España; y de afrontar a quienes amenazan su unidad y la libertad de todos.

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