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miércoles, 17 de octubre de 2007

Los malos españoles, por Javier Lorenzo (El Mundo)

Siempre hubo irredentos en esta tierra. Lopes de Aguirre que se rebelaban contra su señor natural. Bellidos Dolfos que afilaban el cuchillo en los goznes de las puertas de Zamora. Mercenarios de mil rostros que al final se dieron cuenta de que Roma nunca paga a los traidores. Bajo la amplia y raída capa de lo que llamamos España, han tenido cabida desde tiempos inmemoriales toda clase de raleas: indeseables de nuevo y viejo cuño, bienintencionados que aplicaban la ley de fugas, mamporreros por cuenta ajena a los que sólo movía la faltriquera; cainitas, en fin, tan prestos a abrir los brazos al forastero como a desjarretar la yunta del vecino. Todos esos que, abriendo un poco la mano, Menéndez Pelayo consagraría como «heterodoxos» españoles.

Parece que es un sino secular, un destino al que no queda más remedio que someterse. El odio arraiga bien entre estos peñascos y cualquier excusa es buena para arremeter contra aquellos con quienes compartimos el solar. La más socorrida en los últimos dos siglos ha sido y es la que concierne a la pureza de lo español. A su esencia inmanente e imperturbable. A su más que previsible eternidad. A esa «unidad de destino en lo universal» que a pesar de internet, Movistar y Almodóvar aún resuella discreta pero peligrosamente en el trastero de la democracia.

En los últimos tiempos se están viendo muchos fenómenos inquietantes. Los hay muy aparentes y ostentosos -ayer tuvimos una muestra-, pese a lo cual no dejan de ser repeticiones de un proceso esquizofrénico anterior. Pero más preocupante, aunque no tan visible todavía, es el hecho de que también vuelve a cuestionarse la identidad de un sector muy importante de la población. A la imaginería popular han regresado los «malos españoles», y este estigma, que se creía desaparecido, se reproduce en los medios, se cuela entre las rendijas de las casas y es esparcido por los ventiladores de los bares. Porque no es que esos malditos estén confundidos. No es que sus criterios se opongan a lo que exigen, por ejemplo, la Monarquía, las sotanas o los consejos de administración. No. Es que su naturaleza está pervertida. Son células del propio cuerpo que se rebelan contra el orden de las cosas. Un cáncer, en definitiva, que hay que extirpar.

Ancianas que nunca leyeron a Ortega o a Giner de los Ríos claman hoy que «esto es como en el 36», mientras que honrados trabajadores envilecen cada mañana sus lenguas entre dos cafés para aliviar esa tensión que, en el fondo, no saben cómo les ha nacido en el pecho. El país rezuma veneno y, así, usa las banderas como torniquetes que impiden la circulación entre los miembros y las efemérides como sangrías por las que se expulsan, en teoría, los negros humores. Si no se es español -o vasco, catalán o gallego- como mandan ciertos cánones, entonces es como si se hubiera nacido en Schleswig-Holstein. O peor aún. En Portugal, donde hay un Nobel que aspira a una entidad llamada Iberia. España, un país de anchas espaldas, no se puede ceñir a una sola interpretación. España es un spleen y un entusiasmo, un fotomatón y un daguerrotipo, una blasfemia y una hoguera, un desplante y una comezón. Y ya no hay, por fortuna, Lopes de Aguirre ni Bellidos Dolfos que tanto abarquen ni que la puedan domeñar.

© Mundinteractivos, S.A.

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