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viernes, 26 de octubre de 2007

La campaña, David Gistau (El Mundo)

AL ABORDAJE

A lo largo de la legislatura, cada vez que el Gobierno ha visto comprometido uno de los asuntos que vertebraban su política zeta, ha tenido lugar un ataque feroz contra los periodistas que ejercen el contrapoder, que no son tantos. No ha llegado a rescatarse el término de Sindicato del Crimen con el que el felipismo hacía pasar a sus desafectos por enemigos de la democracia extraídos del lumpen. Pero alguien aprieta un botón en Moncloa y, tanto los medios mascota como los pesebristas integrados en el tejido social y cultural, propagan la consigna para borrar del escenario civil a las cabeceras insurgentes y sus firmas más reconocibles.

Acaba de desatarse una nueva campaña, más enconada e histérica que las anteriores, que hay que atribuir a la cercanía de las elecciones: conviene desactivar, o al menos desprestigiar, ciertas voces antes del mes de marzo, sobre todo cuando los comicios se presentan tan igualados, cuando hay tantos fracasos que tapar y cunden los nervios en la oficialidad y sus mantenidos.

Así, se ensayan técnicas nuevas contra esos cocos u hombres del saco que en los hogares progres sirven para conminar al niño a comerse la papilla: «Come, o vendrá Jiménez Losantos y se te llevará». A Jiménez Losantos ya se le había vilipendiado, estigmatizado e incluso caricaturizado en los programas de humor progresista, donde la purga adquiere un disfraz chistoso y se procura convencer al ciudadano de que la única manera de ser inteligente y moderno es atender solamente a los comunicadores aprobados por la reserva moral del Círculo de Bellas Artes y el jurado del Ondas. Lo que es nuevo es habérselas apañado para manipular al Rey, con el fin de lograr que el repudio obtenga el más alto aval institucional. Con tal de hacerlo, poco importa que el Rey quede como un censor que quebranta sus propios códigos de distancia, neutralidad y respeto.

La prueba de que el zafarrancho de censura es general la aporta la reciente intervención, ayer mismo, del director de El País. Aunque hayamos convenido que una prensa libre es un atributo esencial de cualquier democracia, incluso cuando incordia, y que sólo en las dictaduras se concibe al periodismo como una correa de transmisión propagandística, Javier Moreno iguala las voces críticas con pérfidos elementos cuya única vocación es la de desestabilizar el sistema.

Más allá de que EL MUNDO haya demostrado en los últimos 15 años que la denuncia periodística con frecuencia no desestabiliza el sistema, sino que lo corrige evitando la impunidad, es curioso comprobar hasta qué punto la izquierda ha interiorizado que ella representa el único poder legítimo de todos los posibles. Quien está contra ella está nada menos que contra la democracia toda. Regüeldos del más rancio felipismo.

© Mundinteractivos, S.A.


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