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jueves, 18 de octubre de 2007

José Luís, por David Gistau (El Mundo)

AL ABORDAJE

El entrañable Pérez-Carod se descubrió la herida genealógica en Tengo una pregunta para usted. Hay que ver cómo entra a la muleta, qué sencillo resulta desquiciarle para que aparezca el Hulk de vena atravesada que lleva dentro. Fue oír José Luis, y a punto estuvo la cabeza de empezar a darle vueltas sobre los hombros como si se tratara de la niña de El exorcista escupiendo puré de guisante: «Mira lo que ha dicho la guarra de esta española».

Pobre tipo, con su enfática sumisión a un personaje chaplinesco que se sustenta sobre minucias, paranoias y un acusado complejo de persecución que intenta implantar en un pueblo entero para poder diagnosticarlo como unidad de destino en lo universal en vez de como simple gilipollez. Podemos entender que el nacionalismo taliboina invente e incluso otorgue avales históricos a supuestos agravios colectivos que induzcan a la desafección. De eso viven, y eso les cohesiona contra el enemigo necesario. Lo que en cambio suena ridículo es que, según Pérez-Carod, el enemigo necesario que justifica la revancha de la ruptura no es ni siquiera una España rancia, casposa y cavernaria, de maldad mitológica, que apenas reprime sus ganas de meter los tanques en la Diagonal, sino una señora de Valladolid que dice José Luis porque eso es lo que le sale de forma natural. Y que de pronto tiene que soportar por ello el chorreo de un energúmeno cuyo ego patriota de generalito de plomo extiende cheques que su inteligencia no puede pagar.

Lo que no soporta José Luis el maño es que el mecanismo de coacciones no le funcione más allá del minifundio que tiene tomado y en el que se le concede un respeto que tiene su origen en el clientelismo.

Tanto afanarse en impostar un pedigrí de impecable limpieza de sangre catalanista, y resulta que a esta rana platónica la ofenden españoleándole el nombre en cuanto sale de la charca que abarca su mundo entero.

En realidad, más que de charca habría que hablar de ciénaga, porque el carácter de este acosador de las amas de casa que no le toman en serio obliga a remitirse no tanto a Platón y sus griegos convencidos de que el otro siempre es por definición un bárbaro como a Shrek espantando intrusos del bosque original.

El cabreo de José Luis por una anécdota en la que sólo él percibió una agresión convierte en parodia el concepto sagrado que todo nacionalismo tiene de sí mismo. Al menos ha hecho méritos para una salida profesional como miembro de un cortejo de gigantes y cabezudos en una fiesta patronal. Sería impagable contemplar cómo, iracundo y armado con un bate de goma, persigue por las calles de un pueblo cualquiera a unos niños que le provocan llamándole José Luis, José Luis, José Luis. Y José Luis embiste porque de él no se ríe nadie.

© Mundinteractivos, S.A.

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