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jueves, 11 de octubre de 2007

Fráncfort, por Juan Bonilla (El Mundo)


El negocio de los políticos está perfectamente fijado en una frase de Santayana: hacernos vivir de forma dramática en un mundo que no es dramático. De ahí que les resulte tan productivo sacarse de sus hondas chisteras unos cuantos problemas para cada solución. Santayana fue un filósofo español que escribió en inglés y que, para darle la razón al crítico literario Jordi Pujol, incomprensiblemente, se estudia poco cuando se estudia la filosofía española.

Digo lo de Pujol porque, con ocasión de la Feria de Fráncfort, y para hacernos vivir de forma dramática lo que no tenía ningún dramatismo, se agarró a Kafka para defender que sólo fueran escritores que escriben en catalán a representar a Cataluña, dado que si la invitada hubiera sido Checoslovaquia jamás hubieran presentado a Kafka como uno de los suyos, al haber cometido Kafka el error de expresarse en alemán. ¿Habrá estado Pujol en Praga? ¿No habrá visto que buena parte de la ciudad parece consagrada al escritor checo -camisetas con su rostro, mecheros que han cobrado aspecto de escarabajos-?

Echar a pelear idiomas es un poco menos bárbaro que echar a pelear perros, pero igual de estúpido, sobre todo porque los idiomas no muerden, por mucho que los que los hablan se defiendan a dentelladas. Considerar que alguien representa mejor que otro a una comunidad cualquiera por el idioma que emplea, es cosa a la que se agarran mucho los historiadores de la literatura, los dramáticos políticos y los gestores culturales, pero no deja de ser puro necionalismo que prescinde de los datos firmes que nos suministra la terca realidad: si El Quijote es tan grande no es porque esté escrito en español, sino porque es genial en cualquier lengua; no es porque en sus deslavazadas aventuras se fije el espíritu español, sino porque se refleja cualquiera que se asome a sus aguas. Sólo las cosas importantes merecen traducirse: al eslogan barato de que la literatura imponente es intraducible sólo se acogen los poetas malos y los autores a los que nunca han traducido.

Todo el mundo lo sabe: la identidad es un drama, aquello que somos para los otros, la pura fachada con la que salimos ahí fuera. La intimidad, lo que cada cual sabe que es. Cuanto más cerca estén identidad e intimidad, mejor nos irá, seguramente. Identifíquese, le dijo un kafkiano policía a Kafka en cierta ocasión. El escritor checo sacó su documentación. El policía le dijo: esto es sólo un papel, le he pedido que se identifique. Pero ¿qué quiere decir?, preguntó Kafka, sacando otro documento. No, esto no sirve, aquí sólo va su nombre y su dirección, identifíquese. Aquel policía metafísico le estaba preguntando por su intimidad, un lugar inaccesible para los documentos que nos identifican.

Para identificarse, los que han gestionado la participación de Cataluña en Fráncfort han preferido llevar un pobre equipo que represente lo que sus gobiernos han hecho en estos años: hacer que se viva dramáticamente aquello que no tenía drama alguno. Han preferido prescindir de la intimidad, verdadero motor de la literatura, que se expresa en el idioma que quiere porque sabe que lo que importan no son, nunca son, los idiomas, sino las cosas que se digan en ellos.

© Mundinteractivos, S.A.

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