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lunes, 1 de octubre de 2007

En un país de fábula, por Martín Prieto (El Mundo)

BAJO EL VOLCAN

Las viejas cholas (mestizas) bolivianas son las mejores criadas del mundo, limpias, laboriosas y fieles. Tienen un inconveniente: entre el viernes y el sábado santos desvalijan la casa hasta los cimientos, volviendo a su ser el domingo de resurrección. Preguntadas por su conducta, aducen que roban los días en que Dios está muerto, porque no las ve. Es el sincretismo entre Cristo y la Pachamama.

Llevamos dos semanas de política adoquinada en la que rebotan hasta las flores, en el sincretismo del Estado moderno y la acracia. En ningún país desarrollado se rechaza la bandera, se hace fuego con la imagen del jefe del Estado o los separatistas consuman lo suyo en solitario. La vicepresidenta ha explicado la fábula: hay que convencer y no aplicar la ley en rigor. No extraña que sea jueza por el cuarto turno porque confunde el Código Penal con una asignatura para la convivencia y los reos no pueden ser sancionados sin convencimiento previo, y si no, no.

Gracias a tres años de talante, el lehendakari ha dado un golpe de Estado blando y letal. Intervenir una autonomía es complicado y arriesgado y ni Zapatero sabe quién va a retirar las urnas que acaba de sembrar el rebelde vasco, si la Ertzaintza o la Policía Nacional. Las autonomías y el Estado han de darse lealtad mutua para que funcione el invento, y eso ha sido roto por Vitoria. La debilidad del Gobierno del Estado, su pusilanimidad, el buenismo, el dialoguismo a ultranza han indicado a Ibarretxe que ahora o nunca, porque un PP triunfante pondría alambradas en el paso de Pancorbo. La Casa Real se ha puesto nerviosa ante el Rey como ninot y acude en su socorro la patronal y el ministro de Defensa, que no se sabe si piensa en mandarles la brigada paracaidista, mientras se da por perdida la guerra de las banderas.

Al presidente le faltan arrestos para decirle nada a Ibarretxe que no sepa; la iniciativa la tiene el lehendakari y el futuro le pertenece como en aquella vieja canción nazi. ZP logrará lo que quiere: un cambio de régimen; y como ya no puede ser un Bismark, será un Kerensky. En esto acaban las alegres conversaciones con ETA y el acostarse con los nacionalistas para no dejarle sitio en la cama al PP. Pomposamente podríamos hablar de alta traición, pero sería más la del aventurero ZP que la del Moisés vasco que no hace otra cosa que la que venía predicando: hacer cruzar a su pueblo el Mar Rojo para despedirse de la España abyecta.

Como las cholas bolivianas, ZP ha robado al Estado cuando suponía que Dios o la opinión pública no le veían; lo ha debilitado como ningún otro presidente. Debimos suponer que lo del talante era una gilipollez o una máscara.

© Mundinteractivos, S.A.

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