Blogoteca: El significado de la normalización lingüística, por Albert Prats (Diario de Ibiza)

miércoles, 12 de septiembre de 2007

El significado de la normalización lingüística, por Albert Prats (Diario de Ibiza)

Una vez leído el revelador escrito del ciudadano Rafael Vargas titulado `Normalizar´, sobre el proceso de normalización lingüística y los profesionales que lo llevan a cabo en Eivissa, no cupe en mi asombro. Caramba, caramba -me dije consternado-: yo que tenía a estos abnegados funcionarios por personas más bien normales y modestas, ¡y ahora resulta que tienen cola y rabo! Y además promueven una revolución de proporciones considerables e insospechadas. Pues sí que estamos apañados. ¡Y yo sin enterarme en pleno siglo XXI!
Pero gracias a Vargas y a sus reflexiones, ahora ya sé que el esfuerzo para que las instituciones de las islas funcionen de forma normal en su lengua propia y oficial va mucho más allá de ese objetivo humilde y sin demasiado relumbrón. En realidad, nos encontramos frente a un intento por acabar con «el plurilingüismo», «la libertad de los ciudadanos» y la filosofía de Aristóteles, que no es poca tela. Además, todo ello está concebido para urdir -no se rían, por favor- «una nueva religión laica» con la que los lingüistas controlarán el pensamiento de la ciudadanía de estas tierras. Y es que, por lo visto, estos técnicos gozan de «una importancia social y política desproporcionada», que me habría pasado totalmente inadvertida de no ser por la capacidad de análisis y el conocimiento de la realidad social y política que demuestra Vargas, al que hay que agradecer tanta clarividencia, sensatez y falta de prejuicios a la hora de formular sus argumentos.
Mantengo cierta relación con alguno de los referidos técnicos lingüísticos. A decir verdad, esconden muy bien tales malignos planes y su verdadera personalidad. Nunca habría sospechado que detrás de personas afables, simpáticas y propensas a la felicidad como ellos, se escondiera, como desvela Vargas, «una red fuertemente ideologizada, intransigente y cultivadora de la lealtad entre ellos para promover sus carreras». Tan difícil se me hace verlos como los pinta en el artículo, que me ha pasado por la cabeza la idea de que el autor no los debe conocer. Pero de todos modos, por si las moscas, a partir de ahora iré con pies de plomo cuando me saluden o cuando quieran invitarme al café con leche, pues quién sabe si no estarán intentando llevarme al huerto del «pancatalanismo», «la ingeniería social» y «la Nomenklatura», con el fin convertirme en un ser alienado y sumiso a sus inconfesables planes. Un encefalograma plano, en definitiva.
Tal vez haya quien tilde las opiniones de Vargas de delirantes, exageradas e injustas con unas personas que muchas veces tienen que realizar una labor complicada y que despierta todavía demasiados recelos a ojos de muchos. Que tengan cuidado los que así piensen: sin saberlo están empezando a ser absorbidos por la ideología que «vehicula la lengua». Además, que una institución oficial presente ante los ciudadanos sus escritos sin faltas de ortografía no debe preocuparnos, pues como bien afirma Vargas, hoy en día «los idiomas empiezan a escribirse casi de cualquier manera» y las academias de la lengua se han vuelto «prescindibles». Pues eso, que ha nacido una estrella.

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