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miércoles, 5 de septiembre de 2007

El precio de ser español, por José García Domínguez (Libertad Digital)


Lo de ayer, señores, significó un pequeño paso para el president Montilla pero un gran salto para la Humanidad. Así, sepa el lector inadvertido que, hace apenas veinticuatro gloriosas horas, Cataluña ha sido admitida como miembro de pleno derecho, es decir con rango de Estado soberano, en la Federación Internacional de Bolos. Se comprende, pues, que, enfermo de envidia por la hazaña libertadora del iznajarí, Jordi Pujol haya tratado de eclipsar el eco de la epopeya, sacando a colación ese asunto de las cajas. Que de ahí viene, nadie lo dude, su muy honorable ocurrencia de promover “una huelga fiscal, ya que estos señores del Gobierno estatal [sic] no cumplen con sus obligaciones elementales”.

A la vejez, viruelas. Ahora resulta que Pujol ansía emular al célebre Doctor Robert, el alcalde de Barcelona que hacia 1898 promovió el “tancament de caixes” e instauró con aquel desplante torero la leyenda urbana del “expolio fiscal” que ejerce sobre nosotros la malvada entelequia llamada Madrit. Por cierto, el mismo Doctor Robert, gran patriarca del catalanismo germinal, que en 1900, y tras concienzudos análisis científicos, estableció de modo irrefutable que la configuración ósea de la raza catalana resulta ser dolicocéfala, frente a la simiesca braquicefalia del resto de los españoles.

Y sin embargo… a un madritleño le sale infinitamente más caro ser español que a un catalán. En concreto, a Jordi Pujol y a mí, España nos cuesta 391 euros al año –más la inflación–, montante al que habría que conceder un margen de error del tres por ciento en el caso del fundador de CiU. Tranquil, Jordi, tranquil, que justo ése es el saldo neto per cápita de restar a todo lo que los ciudadanos de Cataluña apoquinamos al fisco lo que el Estado nos devuelve en forma de gasto público. Pero si fuésemos madritleños, ambos saldríamos a 1.286 euros por barba. Y es que, contra lo que barrunta nuestro padre de la pàtria, conocer es cuantificar; o sea, hacer números en vez de montar números, la especialidad de la casa.

Números como los que hizo el catedrático Ezequiel Uriel en su informe “Las balanzas fiscales de las Comunidades Autónomas”, que publicó en 2003 la Fundación BBVA. Por él también sabemos que los catalanes –todos, braquicéfalos incluidos– transferimos anualmente el 3,32 por ciento de nuestro PIB doméstico a otras regiones, mientras que, sin ir más lejos, en el caso de los baleares ese porcentaje sube hasta el 6,99 por ciento. Un desprendimiento de su riqueza superior al nuestro, pero muy inferior al que sufren los malditos madritleños, que alcanza el 10,88 por ciento de su PIB.

¡Resulta que Madrit le roba más a Madrid que a nosotros, don Jordi! Pero qué más da, si en los próximos Mundiales de Bolos los vamos a arrasar.

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