Blogoteca: Tres apuntes, por Luís Blanco (El Mundo)

jueves, 30 de agosto de 2007

Tres apuntes, por Luís Blanco (El Mundo)

Tres apuntes, de

EN LA MUERTE DE UN MAESTRO

Como cuenta Miguel Delibes de sus relaciones con Umbral, las mías tampoco eran «frecuentes pero sí sentidas». Eran, eso sí, antiguas, desde que llegó a Madrid con 26 años. Yo estaba antes, en Madrid y en el Café Gijón, con mucho Gerardo Diego hierático, mucho Pepe García (Nieto), como decía Cela, y menos Cela, aunque más sonado. Cuando llegó Paco, la noche aquella que dice él pero que, en verdad, fue a la hora de la siesta, Camilo lo llenaba todo con su vozarrón. Seguramente por eso, por miedo, Paco lo trataba de usted. Como a mí, pese a que me llevaba cuatro años y medio (él confesaba 72, pero había nacido en mayo del 32).

Una tarde llegó al despachito de Ya donde yo escribía y me largó un abrazo histérico: «Mírelo, mírelo -me decía exultante- vea qué hermosura». Y me entregó uno de los primeros ejemplares de Larra. Anatomía de un dandy. No era su primer libro; creo que, poco antes, había salido Tabouré, pero éste lo había editado Cela. Le hice una crítica muy elogiosa, no por amistad sino por justicia.

Cuando ya era famoso y tenía su spleend en El País, en la primavera que 1978, tuvimos una pequeña altercación. Arespacochaga, alcalde de Madrid en aquellas fechas, que era una de las dianas de Paco en su columna, me había ofrecido, a través del común amigo Ignacio Camuñas -el Nacho de Noche de Paco- una delegación en el ayuntamiento, oferta que yo acepté, pues se trataba más de hacer cultura y labor social que política. A Paco le pareció que yo me había vendido o algo por el estilo y me ensartó en uno de sus spleends, eso sí, con mucho cariño. «¿Te acuerdas, Luis», me preguntaba, «cuando buscábamos colaboraciones por las redacciones de Madrid?». Por una vez le contesté en mi columna de Ya: «Claro que me acuerdo, Paco: buscábamos colaboraciones para ti... Yo trabajaba donde firmo. Y, por fin, conseguí meterte en la mismísima Editorial Católica». Donde, naturalmente, aguantó poco.

Alguna vez he contado lo de la Academia. Fue en la entrega de un Garbanzo de Plata, en Torres Bermejas. Había muchos personajes populares, y conté hasta media docena de académicos. Teníamos asignada la palabra, a la hora de los postres, cuatro o cinco de los presentes. Uno de los primeros fue el ya provecto Joaquín Calvo-Sotelo, académico de años, escritor apreciado. Umbral se sentaba en mi mesa. Había bebido bastante más de lo conveniente. Cuando me disponía a leer un soneto, me agarró, por detrás, del cuello de la chaqueta. «Ahora hablo yo, me dijo con voz sostenida por el alcohol. Déjame hablar a mí». Se adelantó y comenzó su perorata. Calvo-Sotelo cambiaba de color a cada frase de Paco; descalificaciones, insultos, chorreo abundante... Cuando conseguimos que volviera a sentarse, todos sudábamos. Aquella tarde, muchos académicos se conjuraron para no conceder nunca el quórum a Paco. Pero Paco entronca con Quevedo a través de Valle y Cela, y es uno de los tres mejores del siglo XX. Por encima de simpatías o antipatías. Desde mi lejana ubicación de recién jubilado, un abrazo, España.

Luis Blanco es catedrático de Literatura.

© Mundinteractivos, S.A.

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