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martes, 28 de agosto de 2007

Rosa Regàs abandona la 'Biblioteca de los líos', de Luis Alemany en El Mundo

POLITICA CULTURAL

La escritora se ve obligada a dimitir tras el escándalo de los incunables robados y al comprobar la desconfianza de César Antonio Molina

Rosa Regàs presentó ayer su dimisión al ministro de Cultura, César Antonio Molina, como directora de la Biblioteca Nacional. La escritora quedó sentenciada durante la visita que Molina hizo por la mañana a la Biblioteca con el fin de pedir explicaciones por la desaparición de dos láminas de un incunable de 1482 de la Cosmografía de Ptolomeo. Regàs ha expresado a los medios de comunicación que ya el viernes, cuando la institución denunció ante la Guardia Civil el robo, Molina le trasladó su insatisfacción y le dijo que «no había hecho nada en más de tres años» de gestión.

«Me quedé sorprendida cuando [César Antonio Molina] me dijo que en tres años no había hecho nada, y si cree que yo no he hecho nada, igual él tampoco tiene tiempo en cuatro meses, hasta el fin de la legislatura», comentó ayer Regás en declaraciones a Lucía González, de elmundo.es. La escritora también afirma estar «sorprendida» y reconoce que se marcha «con poco de tristeza», ya que considera una lástima que un trabajo «tan duro» sea en ocasiones «tan poco reconocido».

Regàs explicó ayer que su dimisión no es la consecuencia del caso de los ptolomeos sino el resultado de la desconfianza que le demostró el ministro el viernes y que le volvió a manifestar ayer por la mañana: «Puesto que mi carrera no es administrativa, no tiene sentido que permanezca en este puesto si no tengo la confianza del ministro», dijo la escritora en un comunicado remitido a la agencia Efe.

Pese a intuir el estado de ánimo de César Antonio Molina, Rosa Regàs esperaba ayer a su ministro en las escalinatas de la Biblioteca aliviada y enfrascada en una conversación jocosa con María Teresa Díez García, su subdirectora gerente. Cerca de las 12.40 horas, su invitado, acompañado por Rogelio Blanco, director general del Libro, llegó al palacete del Paseo de Recoletos.

Veinte minutos después, la comitiva ministerial abandonó la Biblioteca Nacional sin hacer declaraciones. Ya no hubo más noticias del Ministerio, más allá de la decisión de tratar la dimisión de Regàs en el Consejo de Ministros.

Mientras, la directora dimisionaria insistió ayer en que considera a César Antonio Molina «un amigo personal».

Otra cosa es la relación administrativa de Regàs y Molina, que ha sido corta (una sola entrevista y la visita de ayer, según la escritora) e infeliz. Queda lejos la pasada primavera, cuando Carmen Calvo, la ministra que escogió a Regàs para su puesto, aprovechó el descubrimiento de un busto dedicado a Antonio Machado en el jardín de la Biblioteca para desagraviarla en público. Calvo dijo entonces que Regàs era «víctima de la maldad por la maldad, de la insidia por la insidia».

La maldad y la insidia a las que se refería la ministra (a 20 días, por entonces, de su cese) aludían a la relación entre la escritora y los medios de comunicación. A Regàs, que como escritora había mantenido un perfil amable ante los periodistas, se le empezó a torcer el asunto en primavera de 2006 cuando se supo que, en una cena celebrada en Langreo, alguien propuso un brindis por la República y ella alzó su copa.

Visto con distancia, aquel rifirrafe resulta casi simpático. Sin embargo, Regàs se indignó por su repercusión y acuñó una teoría propia sobre los medios de comunicación que repitió varias veces en público: su fin es generar una crispación que desanime a los ciudadanos, desprestigie la democracia y beneficie a los poderosos. Una de las víctimas de ese proceso sería ella misma.

Con esa manera de ver las cosas, la relación con los medios no podía sino empeorar. Así, cuando alguna filtración dejó ver que había problemas internos en la gestión de la Biblioteca, su directora dijo en comparecencia parlamentaria que los autores de esas revelaciones «son delincuentes y lo van a pagar». Después se desdijo a medias. Este mismo verano, Regàs dijo toda clase de frases insólitas. Se refirió a su labor en la Biblioteca como una «revolución» (16 de agosto de 2007), halagó a Hugo César Chávez (20 de agosto de 2007) y dijo que se alegraba de que los periódicos «se lean cada vez menos» (11 de agosto de 2007).

Sin embargo, Rosa Regàs no sólo se encontró malas caras en la tribuna de prensa. Muchos profesionales vinculados directa o indirectamente a la Biblioteca han sugerido que su gestión oscila entre la incompetencia y el amiguismo.

Con el amiguismo se relaciona la decisión de la dirección de la Biblioteca de ceder gratuitamente el Beato de Fernando I y doña Sancha de 1047 a una editorial que lo fotografió pese a que los informes señalaban que su estado de conservación es crítico desde su cesión para una muestra en Roma en 2000, según pudo saber ayer EL MUNDO.

Mientras, a la incompetencia se atribuye la gestión de la crisis que desencadenó la desaparición de los mapamundis de Ptolomeo. Mientras las investigaciones policiales prosiguen en absoluto silencio, las especulaciones se reproducen. ¿Cuándo supo la Biblioteca Nacional de la desaparición de las láminas? Regàs reconoció el sábado a este periódico que sabe del robo desde el jueves pasado. Otras fuentes dicen que está informada desde el martes. En cualquier caso, ¿por qué esperó hasta el viernes para denunciarlo? ¿Por qué se trata el caso con tanto secretismo?

«Cuando desapareció la obra de Richard Serra del Reina Sofía en 2005, fuimos informados, con transparencia y puntualidad. ¿Por qué no ha ocurrido lo mismo en este caso?», recuerda la diputada del PP, Beatriz Rodríguez Salmones, que ya pidió el cese de Regàs este sábado.

Otra incógnita apunta al descuido de las medidas de seguridad en la Biblioteca Nacional. «En estos tres años, no se ha hecho nada por fortalecer el control», dice Rodríguez Salmones. Algunos usuarios de la Sala Cervantes reconocen que las medidas de seguridad de estas instalaciones son similares a las de cualquier otra institución que guarde documentos de gran valor, aunque estops medios se emplean, en ocasiones, con laxitud.

Ayer mismo, algunos funcionarios de la Biblioteca recordaban que el último gran robo en la historia de la institución (en los años 80) fue obra de un lector muy habitual de la institución. «Como estaba todo el día aquí y era medio amigo, no nos fijábamos en lo que hacía. Seguramente, esta vez pasó lo mismo». Los empleados, por cierto, salvan la cara a Regàs y reconocen que su relación ha mejorado desde que María Teresa Díez García asumió la gerencia.

© Mundinteractivos, S.A.



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