Blogoteca: La bandera y los nacionalistas, por José Antonio Zarzalejos (ABC)

domingo, 5 de agosto de 2007

La bandera y los nacionalistas, por José Antonio Zarzalejos (ABC)



LA TERCERA DE ABC

EL Gobierno vasco no cumplirá la sentencia que le conmina a izar la bandera de España, tanto en la Academia de la Policía Autónoma, como en todos los edificios públicos autonómicos. Y nadie le instará, con advertencia de utilizar la fuerza si preciso fuere, a que ejecute la resolución del Tribunal Supremo porque tampoco nadie le ha requerido en serio durante más de un cuarto de siglo para que cumpla la ley de banderas -que data de 1981- y haga lo propio con otras muchas normas que en la comunidad autónoma vasca carecen de vigor por el simple despotismo nacionalista que las declara inaplicables. Los peneuvistas y asimilados recurren a un argumento tan estúpido como el sentimental para zafarse de cualquier ley que no les conviene o, simplemente, les contraría. Un dirigente del PNV acaba de declarar que los «sentimientos no se imponen» y puesto que la bandera de España en los mástiles del País Vasco es una «imposición sentimental», la enseña no se izará.

Semejante falacia -la sentimental- ha sido comprada como mercancía democrática de cierta calidad desde 1979 por parte de los Gobiernos españoles. La emotividad nacionalista -pura coartada para la impunidad- forma parte del muestrario del victimismo del PNV. Cuando no hay un motivo de apariencia solvente para explicar una tropelía de las muchas que perpetran, acuden a las emociones, los sentimientos o las percepciones. Tal y como hacen los totalitarismos políticos y sociales. De lo que se deduce que en el País Vasco -en Euskadi- existe un régimen nacionalista de corte totalitario que se permite desafiar la ley con la complicidad constante de partidos de obediencia supuestamente nacional -el PSE e IU- y la indolencia mayoritaria de una sociedad que se ha replegado sobre sí misma y que huye de cualquier tipo de conflicto porque sabe de antemano que siempre gana el nacionalismo en su doble versión: la armada y la política.

Como en todos los totalitarismos, el «sentimiento nacional» se convierte en la última razón -e inapelable- para hacer una cosa o su contraria. Desde un supuesto sentimiento mayoritario, se rechaza la bandera de España, obviando que centenares de miles de vascos -que viven allí y, otros, que lo hacen en el exilio interior español- la tienen como suya; desde la emotividad, el señor obispo de San Sebastián se permite la indecorosa simetría de apelar de igual manera a víctimas y victimarios, asimilándolos en su condición moral; desde una simulación inveterada de agraviados, los nacionalistas vascos chantajean con sus «emociones» al Estado y a la sociedad española sobre la que hacen recaer sus fracasos y frustraciones. En definitiva, desde su distorsionado entendimiento de la democracia creen -o dicen creer- que las leyes se cumplen o incumplen en función de sentimientos e impulsos viscerales.

Un sistema democrático no se construye sobre la emoción sino sobre la racionalidad y las leyes que son la expresión de ésta y se sobreponen a aquella. La enseña nacional no es tanto la materialización de un sentimiento, que también, cuanto un elemento de la liturgia del poder del Estado y, más concretamente, un símbolo de su soberanía. La bandera -que a muchos emociona, pero que a otros deja indiferente- no es un elemento superfluo y prescindible del sistema democrático, sino que se constituye en la significación de unos valores y principios cuya relativización conduce al cuestionamiento de las bases de la convivencia en libertad.

Los nacionalistas vascos no aceptan la bandera de España porque no aceptan tampoco su soberanía residenciada en el conjunto del pueblo español y, de la misma forma que se lanzan a la calle para presionar a los jueces y tribunales -y lo hacen encabezados por cargos institucionales-, desafían también la legitimación tanto del legislador como del Poder Judicial, destruyendo de ese modo, lenta pero eficazmente, el propio Estado allí donde ellos gobiernan sin fielatos ni controles. Tal ocurre en el País Vasco donde todos aquellos que no comulgan con el régimen nacionalista se sienten -y aquí el sentimiento sí viene a cuento- como «alemanes en Mallorca» que así preconizaba Arzalluz deberían ser tratados los vascos españoles que no abrazasen la causa separatista en una eventual Euskadi independiente.

Se confunden quienes, como los alcaldes socialistas de Vitoria y San Sebastián, pretenden relegar el cumplimiento de esta sentencia a la categoría de asuntos de menor cuantía. Porque con los asuntos de aparente pequeña entidad -paso a paso, centímetro a centímetro, cesión a cesión- los nacionalistas vascos se han apalancado en el poder, han excitado hasta el paroxismo las contradicciones entre los constitucionalistas -ahí está el Diputado General de Álava, nacionalista, por un descerebrado desencuentro entre el PSE y el PP-, han ocupado terreno social y político de manera irreversible y, en definitiva, han conformado toda una ingeniería de poder que absorbe cualquier expresión espontánea de la sociedad vasca, sea de la naturaleza que sea.

La exclusión de la bandera nacional de España del paisaje vasco se corresponde con una profusión abrumadora de la ikurriña, una enseña que responde a las ensoñaciones mitológicas de Sabino de Arana y que nunca antes de 1936 fue otra cosa que un elemento distintivo del PNV, jamás de la sociedad vasca y, desde luego, en absoluto de ninguno de sus tres territorios históricos que han dispuesto de antiguo de sus pendones y estandartes. Cuando esa bandera se incorporó al Estatuto de Autonomía, se practicó por los no nacionalistas un ejercicio extremo de generosidad que tuvo que ampliarse -unos recogían las nueces mientras otros movían el árbol- a todas las manifestaciones supuestamente emotivas del PNV. El himno de la comunidad autónoma vasca -¿no lo sabían?- lo era antes de 1979 el del PNV, de tal manera que no hay insignia política, símbolo público, alegoría popular que no pertenezca al patrimonio «sentimental» de los nacionalistas. Todo aquello que no forme parte del imaginario idolátrico del nacionalismo es «sentimentalmente» incompatible con una supuesta mayoría de vascos, siempre interpretados por los portavoces del régimen.

Ahora comienzan en los pueblos y las ciudades vascas las fiestas del estío. No habrá «guerra de banderas». Se producirá algo bien distinto: una agresión constante a la enseña nacional de España, porque no se trata sólo de que la bandera española no ondee en Ayuntamientos, Diputaciones y organismos autonómicos; se trata de subrayar, para que no haya dudas, que la única bandera, el único símbolo, la exclusiva enseña que dispone de legitimidad sentimental y política para ser izada, es la ikurriña, siendo la española, extraña y ajena y, a mayor abundamiento, emotivamente hostil a los vascos nacionalistas. Como quiera que el desafío trae causa de la cesión explícita o implícita del Estado español consumada hace ya décadas, de nuevo habrá que estar y pasar por la humillación jurídica, democrática y afectiva de contemplar cómo el nacionalismo vasco desobedece al Tribunal Supremo, obteniendo así, entre el desentendimiento acobardado de quienes debieran responder al órdago, una nueva victoria sobre el Estado. La enésima si el Gobierno tampoco esta vez la evita.

José Antonio Zarzalejos. Director de ABC.


Regreso al blog principal


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Don Jose Antonio Zarzalejos Altares dimitió por la legalizacion de la ikurriña

Anónimo dijo...

De su cargo de Gobernador Civil de Vizcaya en 1977

Anónimo dijo...

Don Jose Antonio Zarzalejos altares, padre de don jose antonio zarzalejos nieto

Anónimo dijo...

¿Foi envenenado Arafat?

Anónimo dijo...

Los obispos tienen un problema (editorial de ABC)

Anónimo dijo...

La despedida de Aznar, La Estrella Digital

Anónimo dijo...

José Antonio Zarzalejos Nieto ha demandado a Don Federico Jiménez Losantos

Anónimo dijo...

La indigestión laicista, articulo de Francisco Javier Zarzalejos Nieto en El Correo

Mariano Planells dijo...

Ya, pero ¿por qué no dejas el link? Después o hay Dios que lo encuentre, con perdón.