Blogoteca: Campomanes, por David Gistau (El Mundo)

viernes, 31 de agosto de 2007

Campomanes, por David Gistau (El Mundo)


AL ABORDAJE

No cabe duda de que Carmen Calvo y Rosa Regàs eran ejemplos aplicados a la cultura de cómo entiende el mérito este Régimen: la promoción al pesebre de los nuestros, de aquéllos con los que se está en deuda por los servicios de propaganda prestados o que simplemente resultan útiles como coartada para la cuota. Este fenómeno se acentúa en los cargos culturales, que apenas tienen incidencia en los asuntos de la alta política, sino que, aparte de aguantar sin dormirse la velada de los Goya, sólo exigen cumplir con un cometido sencillo y comparable al del cabo furriel: confeccionar las listas, no de los permisos de fin de semana, sino del reparto de subvenciones y de premios oficiales, en los cuales el único mérito requerido es también la vinculación sectaria.

Por todo esto, lo que se podía exigir a Calvo y Regàs es que fueran capaces de ganar las dos juntas un quesito al Trivial. Repasemos algunas sabrosas píldoras de lo por ellas dicho: según la cultura oficial, «Dixit» es un maldito roedor, Cervantes se fue a Argel a repartir abrazos de civilizaciones, el dinero público no es de nadie -los ptolomeos sí: son de quien los afanó-, el ladrón Barrabás fue crucificado a la diestra de Jesús, y ahora urge corregir los libros de Historia. Porque Clara ya no se llama Campoamor. Sino Campomanes, que es como acaba de rebautizarla Rosa Regàs cuando intentaba acogerse a sagrado en un ejemplo que le permita declararse una víctima de la misoginia y no de su propia ineptitud.

Regàs tenía a huevo un ejemplo más cercano y actual: el de Rosa Díez, que al cierre de esta edición todavía era una mujer, pero por la que la centinela de la gauche-divine jamás emitió un solo chasquido de lengua aun cuando la estaban linchando de a poquito delante de sus narices. Se ve que Regàs es mujer, y por tanto dispone de una inmunidad universal por más que sostenga un grosero discurso sectario y, según el ministro, haya fracasado en el cometido que le fue encomendado. Mientras que a Díez el sexo no le sirve de eximente en la condena dictada ya hace tiempo por su propio partido y que Regàs acata, obligada por esa obediencia a las siglas que es el pago del mantenido orgánico.

En realidad, contradicciones de este tipo no sorprenden en Regàs. No en vano, es el supuesto azote de totalitarismos que luego concede soporte moral al castrismo. Es quien llegó a plantearse el exilio por el ahogo y las censuras que decía sufrir bajo Aznar, pero que luego, una vez incrustada en el poder, festeja la posibilidad de que desaparezcan los medios que su maniqueísmo cejijunto estigmatiza como de extrema derecha. Es decir, cualquiera que no propague la verdad oficial, cualquiera que cuente las cosas que ella querría ocultas para mantenerse siempre impune. ¿Se referirían a esto, cuando hablaban de libertad en la barra de Bocaccio?

© Mundinteractivos, S.A.


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