Blogoteca

domingo, 8 de julio de 2007


Japón vuelve a jugar fuerte en la economía mundial, de Felipe de la Balze en Clarín

Para afirmar su recuperada posición, Japón tendrá que abrir su economía y liberalizar su ineficiente sector agropecuario.

Cuando en la Argentina analizamos las oportunidades que nos ofrece Asia, nuestras miradas fascinadas se dirigen casi exclusivamente a China, a su vertiginoso crecimiento, a su gigantesco mercado y a su veloz ascenso político en la escena internacional.

Sin embargo, cometeríamos un grosero error si soslayáramos en nuestra reflexión estratégica a Japón. El resurgimiento militar y económico del Japón (después de haber sufrido más de una década de postración económica y malestar político) está en marcha y lo convertirá en el otro gran determinante del futuro asiático.

Japón ha demostrado durante los últimos 150 años una extraordinaria capacidad para hacer mucho con poco. Su capacidad para modernizarse ante las presiones imperialistas de las potencias occidentales durante la segunda parte del siglo XIX (la llamada "Revolución Meiji"); su ambicioso aunque infructuoso proyecto de transformarse durante las décadas de 1930-1940 en una potencia hegemónica regional; y, después de la Segunda Guerra Mundial, su vertiginosa recuperación económica, demuestran en su dirigencia una perseverancia, un sentido de la adaptación y una ambición constante por fortalecer su soberanía y recuperar una posición de primer rango en el escenario mundial.

El Japón, derrotado y devastado en la Segunda Guerra Mundial, instrumentó durante las últimas décadas una política exterior de bajo perfil, basada en una estrecha alianza con los Estados Unidos.

En materia de seguridad, vivió confinado dentro de las estrictas limitaciones que le impuso su Constitución (dictada por el general Mc Arthur) de renunciar a la guerra, a las armas nucleares y a poseer capacidades militares más allá de las necesarias para su autodefensa.

Irónicamente, el pacifismo impuesto por la derrota se transformó en un medio eficaz para consolidar un proyecto de fortalecimiento nacional.

La dirigencia japonesa concentró todos sus esfuerzos en la reconstrucción de su economía. Su política exterior fue dominada por sus prioridades comerciales. La ayuda económica norteamericana, un tesonero esfuerzo de ahorro e inversión y una estrategia exportadora de largo plazo le permitieron transformarse, en el lapso de una generación, en la segunda economía mundial.

Desafortunadamente, para Japón, la década de 1990 fue una década perdida. El boom económico que había durado cuarenta años se planchó. Una colosal burbuja especulativa estalló en sus mercados financieros e inmobiliarios. La economía se estancó y sus bancos se volvieron insolventes.

Tampoco supo Japón adaptarse en lo político a los cambios que estaban ocurriendo en su entorno. No supo cómo utilizar su fortaleza económica para articular una relación de confianza con una China ascendente, ni responder a los desafíos que le planteaba en su vecindario una Corea del Norte dispuesta a transformarse en potencia misilística y nuclear.

La relación entre Japón y China es ambigua y contradictoria. Tokio y Beijing son a la vez socios económicos y competidores estratégicos.

Japón es el mayor exportador a China y el segundo destino de las exportaciones chinas. Las inversiones niponas en China son sustanciales.

Pero el vigoroso fortalecimiento del poderío militar chino y los conflictos fronterizos respecto a las Islas Senkako y la divisoria de aguas en el Mar Amarillo generan en Japón un temor difuso a una posible desestabilización regional.

Y el desafío no es sólo estratégico. Japón compite con China respecto al aprovisionamiento de petróleo tanto en la región del Oriente Medio como respecto a las potenciales fuentes ruso/siberianas.

Afortunadamente, Japón está dejando atrás la parálisis de la década del 90. Además, para reposicionarse como un gran actor político y económico ha iniciado una gradual transformación de las políticas económicas y de seguridad que instrumentó después de la Segunda Guerra Mundial.

El gobierno del primer ministro Koizumi (2001) avanzó en el proceso de reforma económica reduciendo la maraña regulatoria, privatizando numerosas empresas estatales ineficientes y reestructurando el sector financiero, que había acumulado una montaña de préstamos incobrables durante el boom precedente.

Su sucesor, el primer ministro Abe (2006), enfatizó una agenda más política, que incluye entre otros temas un rol más activo del Japón en el escenario mundial, un vigoroso fortalecimiento de sus capacidades militares (inclusive operaciones militares en el exterior, un programa de satélites de reconocimiento y un escudo antimisilístico) y la promoción del patriotismo japonés en las escuelas.

Después de un largo período de estancamiento y deflación, la economía japonesa comenzó, a partir del año 2003, a mostrar signos de recuperación: está creciendo a tasas promedio del alrededor del 2%, la deflación desapareció y el desempleo se redujo a niveles del 4%.

La economía japonesa sigue siendo una de las más cerradas del mundo. Pero ahora, el deseo de equilibrar la creciente influencia china (cuyas importaciones duplican las del Japón) crea incentivos para una mayor apertura. Para afirmar su posición internacional Japón tendrá que abrir su economía y en particular liberalizar su ineficiente sector agropecuario. Por primera vez en muchas décadas su poderoso lobby proteccionista agropecuario estará a la defensiva.

Para aprovechar las extraordinarias circunstancias que se nos presentan en Asia debemos instrumentar una política exterior que incorpore simultánea y coordinadamente a China y a Japón. Esperemos que nuestra dirigencia sepa ver y aprovechar la oportunidad.

Felipe de la Balze. Economista y negociador internacional.



Regreso al blog principal


--


No hay comentarios: