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miércoles, 4 de julio de 2007

Adiós al "Ninismo", Lluís Uría (La Vanguardia)


Henri de Queuille (1884-1970), médico y político francés de larguísima trayectoria -diputado radical-socialista y secretario de Estado en los años veinte y treinta del siglo pasado, colaborador de De Gaulle en el Comité de Liberación Nacional y varias veces ministro en los años cuarenta y cincuenta-, pasa por ser el más genuino fruto de la denostada IV República. Suya es, o a él se atribuye, una demoledora cita: "No hay ningún problema en política que una ausencia de solución no pueda resolver".

El arte de entretener los problemas hasta hacerlos desaparecer del horizonte –objetivo principal e inconfesado de tantas y tantas comisiones de estudio y grupos de trabajo- no es una particularidad francesa. En la política barcelonesa de los años noventa, por poner un ejemplo gráfico, había un concejal especializado en tales funciones a quien todo el mundo conocía como "el agujero negro". En todas partes pueden encontrarse consumados expertos de lo que en castellano se conoce como marear la perdiz.

En Francia, esta habilidad política ha marcado el último cuarto de siglo. Los mandatos presidenciales del socialista François Mitterrand (1981-1995) y el conservador Jacques Chirac (1995-2007), lastrados por tres esterilizadoras 'cohabitaciones', han constituido en gran parte dos periodos conseguidos de lo que el periodista Franz-Olivier Giesbert, director del semanario Le Point y autor de una magnífica biografía de Chirac, designa como "ninismo". Lo que viene a ser no hacer "ni una cosa ni la contraria". No hacer nada, en definitiva, que pueda alterar sustancialmente el statu quo y pueda poner en peligro la posición de quien ostenta el poder y su principal objetivo: durar.

La impetuosa llegada de Nicolas Sarkozy al Elíseo, decidido a erigirse en el adalid de la ruptura, puede constituir el definitivo entierro del "ninismo" político en Francia. Aprovechando el impulso obtenido con su contundente victoria en las elecciones presidenciales y apoyándose en la mayoría absoluta del parlamento -incontestable pese al correctivo dado por los electores en las legislativas-, todavía en estado de gracia, el nuevo presidente de la República está determinado a aprobar su programa de reformas de entrada y a toda velocidad. Una popularidad de entre el 61% y el 63% -según los sondeos a finales de junio— no se ve todos los días. Y tiende a no durar.

Sarkozy quiere aprovechar, pues, el viento a favor para atacar con rapidez y simultáneamente en todos los frentes. Reforma fiscal, desactivación de la semana laboral de 35 horas, establecimiento de servicios mínimos en el transporte público en caso de huelga, endurecimiento de las penas contra los delincuentes reincidentes, nueva ley de inmigración, reforma de las universidades… están en la agenda de este mismo verano, en el que la Asamblea Nacional está llamada a realizar sesiones extraordinarias.

En primera línea al frente de sus tropas, que le adoran como la soldadesca adoraba a Napoleón Bonaparte –el 'pequeño cabo'-, hambriento de poder y de gloria, Sarkozy dirige personalmente todos los movimientos, controla todos los dossiers, preside todas las reuniones, ocupa todo el espacio, poniendo en práctica una auténtica revolución institucional sin tocar formalmente ni una coma de la Constitución. La V República bajo Sarkozy es un régimen presidencialista, en el que la figura del primer ministro –un diluido François Fillon—parece condenada a un lugar subalterno, quien sabe si antesala de su definitiva desaparición. El problema es que mientras tal cambio no se formalice no pueden ponerse en práctica los mecanismos necesarios para que la salud democrática no se resienta. Porque el presidente de la República, hoy por hoy, no está obligado a responder ante nadie de sus actos. Ni ante la justicia –es penalmente inmune—ni ante el Parlamento, que no tiene capacidad de control sobre el Elíseo.

La marcha triunfal de Sarkozy, sin embargo, chocará tarde o temprano con una fuerte resistencia en algún frente. Los sindicatos o los estudiantes –espada de Damocles de tantos gobiernos- acabarán poniendo a prueba su estrategia, su determinación y su pericia. En situaciones comprometidas, incluso desesperadas, el presidente de turno ha acostumbrado a utilizar a su primer ministro como "fusible". ¿Puede seguir siendo éste el caso? En el centro del campo de batalla, solo ante la historia y ante la opinión pública, el nuevo emperador de los franceses arriesga como nunca.

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