Blogoteca: Tomás en Barcelona, por Raúl del Pozo (El Mundo)

lunes, 18 de junio de 2007

Tomás en Barcelona, por Raúl del Pozo (El Mundo)


Vuelen los aviones de Air Europa, las entradas se pagan a miles de euros y, aunque ni al Dalai Lama y ni a medio millón de catalanes de ese casi país independiente, sufragado por el Estado español, les desagradan las corridas de toros y las combaten presentando firmas en su Parlament, José Tomas, si la autoridad no lo impide, reaparecerá en la plaza de Barcelona, después de meditar como el rabí en el desierto de las tardes sin inmortalidad.

El torero mitológico en Barcelona, de cuya plaza salió siete veces a hombros, se ha quedado delgadito para reaparecer en una corrida-manifiesto; no contra los catalanistas sino contra los que quieren acabar con una pasión mediterránea, cretense, romana, portuguesa, vasca, catalana y ahora francesa. Es una proclama ante los que no quieren aceptar una coexistencia entre todos los pueblos y neuras de España. Hay que proteger los derechos de los animales y también los gustos y los derechos de los españoles. Hay que excluir las exclusiones.

«Estamos ante un acontecimiento político, en el corazón del anti-taurinismo» me dice el gran poeta Javier Villán, al que no le gustaría que salieran chotas baldadas, ni que embistieran los patriotas de la baratijas, ni que hubiera excesos de los trogloditas españolistas; ni hostias, por supuesto. José Tomas es republicano y saca todos los días a pasear a sus cuatro perros, aunque eso es el tropo del antisemita que dice que tiene amigos judíos.

El torero deslumbrante, de romance, de sosegadas prisas, un caballero demócrata, no se planta ante la España invertebrada, sino ante las minorías fanáticas, los fisgones y policías de nuestros placeres; no en balde el torero es el último hombre español que se gana la vida con la espada. Ya lo dijo Ortega: constituyen (toro y torero) lo que los matemáticos llaman un grupo de transformación.

Un gran maestro como José Tomás, sabe siempre estar en el sitio. La furia del toro y la del diestro son clarividentes. Los toreros pertenecen a la plebe, fueron huidos, marginados hasta que la nobleza dejó de alancear toros y les dio el turno a los de a pie. Nació en Galapagar el año que murió Franco. Cayetano y Finito de Córdoba, que le acompañan en la tarde, han nacido con la Constitución.

Cuando vio Antonio Ordóñez torear a Tomás dijo: «El nuevo Papa. En este torero sí me veo yo». Joaquín Sabina escribe que es el zar. «Su pasión cruzarse con isleños y su puerta, la del príncipe». Clásico (clásico, lo que no se puede hacer mejor), practica el toreo de salón en una habitación de espejos verdes como los bailarines. Toreo serio y triste de un valor estoico, escalofriante, que busca la perfección más arriba de la luz helada del quirófano, va a saludar desde el tercio de la piel de toro a una ciudad que fue la vanguardia en las libertades pero que ahora vive dentro de sí misma.

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