Blogoteca: En el teatro, la sangre es ketchup; aquí, no, por Ramón Fontseré (El Mundo)

lunes, 18 de junio de 2007

En el teatro, la sangre es ketchup; aquí, no, por Ramón Fontseré (El Mundo)


EL REGRESO DE UN MITO

Salgo absolutamente impresionado de lo que acabo de ver. José Tomás me ha parecido como un junco mecido por el viento en el centro de la plaza, como salido del vivero de Nijinsky. Un milagro, justo en la líena que separa la gloria de la tragedia. No soy taurino, pero lo que acabo de ver me ha dejado profundamente impresionado.

Cómo ése hombre es capaz de dar esos pasos como de ballet delante de una bestia de 600 kilos es para mí un secreto. Y cómo hace sufrir al espectador. En las plazas deberían poner cinturones como en los aviones, porque hemos sufridos unos electroshocks alucinantes. José Tomás te coloca en la situación de que parece que eres tú quien se escapa del toro, y no él. Es como cuando un avión sufre turbulencias, sientes que todo se mueve, se centrifuga, y él se mantiene con su capote erguido, sereno.

Este torero produce una enorme sensación de pánico, pero a la vez de dominio, de apurar al máximo cada quite. Se planta junto al toro como si fuera el animal el que estuviera más nervioso que él, y el bicho pasa rozándole, haciendo al junco como mecerse en el viento. Uno sale agotado de la plaza

Cuando el toro le ha volteado, uno se da cuenta de lo mínima que es la línea que separa lo sublime de la tragedia. Es una raya pequeñísima. Y lo puedes ver por la televisión, pero en la plaza la tragedia se hace tangible, se te aparece como la muerte, y ahí José Tomás vuelve a ser el imponente junco.

Yo soy profano en materia taurina, ésa es la verdad. Pero cuando representé el año pasado la Controversia del toro y el torero pude conocer de cerca a estos héroes de hoy en día, que son también como los de antaño. Uno se da cuenta entonces de que lo que hace el torero no es pelear sólo contra el morlaco, sino también contra sí mismo, contra sus miedos, terrores y pánicos,y por extensión los de quienes le observan, sus cómplices en la plaza.

No me he enterado demasiado de qué ha pasado con los antitaurino. Se han oído unos gritos, y muy poco más. Casi ni nos hemos enterado. Cuando yo era pequeño, mi padre iba a la plaza, en Vic, y estoy seguro de que no entendía muy bien qué pasaba allí, pero también de que veía la grandeza del espectáculo. Todo esto de los toros creo que se ha utilizado coyunturalmente por determinados políticos en Catalunya, pero nada más.

Es curioso lo mucho que se parece este arte al teatro. Es puro ritual, pura liturgia. Pero hay una diferencia enorme, que se me antoja fundamental: en el teatro la sangre es ketchup; aquí es real, quizás demasiado real incluso. Pero también es pura ritualización. Esa forma de medir al toro, ese juego de templar al animal. El rito del paseillo de los matadores, la salida a hombros. También está ritualizado cómo el público trata al torero, cómo lo abuchea si lo estima conveniente. Sería imposible actuar si eso sucediera en el teatro. Yo he oído gritarle a un torero: «¡Parece que toreas cabras!». Eso tiene que ser muy duro.

Es un arte inpactante, una prueba de vida ante la muerte. Uno de los pocos espacios que nos quedan en que el hombre se mide a sí mismo.

Ramon Fontseré es actor.

© Mundinteractivos, S.A.


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