Blogoteca: febrero 2007

miércoles, 28 de febrero de 2007

Las líneas rojas que nunca debieron ser traspasadas, por Rosa Díez (El Mundo)


Hace mucho tiempo que empezamos a hablar de dónde debiéramos situar las líneas rojas; esas líneas que bajo ningún concepto ni apelando a ningún objetivo pueden ser traspasadas en democracia. Esas líneas que marcan la diferencia entre el honor, el deber y el cálculo, la política y la demoscopia, el uso del poder o el ejercicio de la responsabilidad.

La primera vez que leí una entrevista del secretario general del Partido Socialista de Euskadi, Patxi López, en Gara, en la que no descartaba una alianza poselectoral con Batasuna -o su nueva marca-, escribí un artículo titulado Lo más sagrado. Era noviembre de 2005; muchos dirigentes del PSOE afearon mi denuncia; nadie se ocupó de estudiar los hechos denunciados: el inicio de una deriva de los dirigentes del partido que les ha llevado, indefectiblemente, a identificar, pública e institucionalmente, el sufrimiento de las víctimas con el de sus verdugos.

Decía López en aquella entrevista que «si todos los vascos nos ponemos de acuerdo, no habrá muros de contención insalvables», haciendo suyo el lenguaje acuñado por los nacionalistas, así como su filosofía. Como si la democracia no fuera una suerte de reglas, de «muros», establecidos precisamente para poner coto a las reivindicaciones ilegítimas de individuos o de colectivos. El típico «qué hay de malo en ello», tantas veces reiterado por el lehendakari Ibarretxe para defender su plan exclusivista, había sido incorporado al lenguaje socialista.

En esa entrevista, López fue preguntado sobre futuros acuerdos de Gobierno, incluso con Batasuna. Su respuesta fue: «Democracia es, entre otras cosas, libertad de pactos. Que cada cual lo interprete como quiera...». Nadie desde la dirección del PSOE desautorizó formalmente sus palabras. Yo pensé entonces -y lo denuncié- que estábamos traspasando una de las líneas rojas.

Tres meses después, en febrero de 2006, José Antonio Pastor, portavoz de los socialistas en el Parlamento Vasco, concedió una entrevista al mismo diario proetarra. Siguiendo la senda de su jefe, avanzó algunas posiciones -me parecieron tan graves algunas de sus aseveraciones, que me vi obligada a escribir una Carta abierta al presidente del Gobierno-.

En aquella entrevista, Pastor respondía a una pregunta sobre las posibles medidas de flexibilización en la situación de los presos de esta manera: «La situación política vasca tiene dos momentos importantes: uno, el momento en el que se puede iniciar el proceso de paz, pero, evidentemente, hay un día después. Y ese día después, ese proceso de reconciliación, no va a ser fácil, necesita del concurso de las más de 1.000 víctimas del terrorismo y necesita también de ejercicios de generosidad y de flexibilidad por parte de todos. Hay que atender el criterio de las víctimas, que básicamente piden que se les reconozca el daño causado y se les pida perdón; pero, por otra parte, también hay que pedirles una cierta dosis de generosidad a ambos sectores que, si se quiere, los personalizaremos en las víctimas y en los presos de la banda terrorista ETA, que, de una forma u otra, en función de las circunstancias de cada uno y a lo largo del tiempo, deberán de ir reintegrándose con cierta normalidad a la vida política. Claro que es muy difícil conjugar dos mundos que han estado tan apartados y en el que unos han sido víctimas y otros básicamente verdugos, y eso va a exigir muchas dosis de diplomacia, generosidad, mano izquierda y sentido común. Es cierto que a las víctimas hay que escucharlas y tenerlas en cuenta a la hora de aplicar estas políticas, pero no pueden convertirse en un agente político activo en un proceso de paz; no lo han sido en ningún proceso del mundo».

Era la primera vez, que yo recuerde, que un dirigente del Partido Socialista equiparaba públicamente a las víctimas con los verdugos; la primera vez en que se pedía «generosidad» a las víctimas, como si ellas tuvieran parte de la responsabilidad de ser lo que son: víctimas del terror; era la primera vez que un dirigente socialista se atrevía a decir que «en esos dos mundos que han estado tan apartados» -como si la culpa de estar apartados los terroristas y sus víctimas fuera achacable por igual a unos y a otras-, unos «han sido víctimas y otros básicamente verdugos».

Pensé entonces que estábamos traspasando una de las líneas rojas. La única respuesta de la dirección del PSOE a mi denuncia fue mi destitución fulminante de la Comisión de Libertades. Nadie vio nada democráticamente anómalo en los hechos denunciados.

Después vendría un documento del Comité Nacional del PSE en el que se denomina a los asesinos como «aquéllos que la Justicia determinó que eran los asesinos», mientras que las víctimas pasan a ser «quienes tienen la consideración de víctimas». También eso nos hizo pensar que habíamos traspasado las líneas rojas de la decencia y de la dignidad. Pero nadie hizo nada; y el proceso de degeneración democrática siguió su curso.

Y como era de esperar en este ambiente de relativismo absoluto, de oscuridad y de confusión, en el que el enemigo de los socialistas parece ser el Partido Popular y el adversario es Batasuna, se ha culminado el despropósito, proclamando en el Parlamento Vasco el derecho de los presos terroristas a recibir ayudas públicas. «Nos parece un derecho que se mantengan y se hagan cumplir esas ayudas», dijo el portavoz del PSE, modificando la posición histórica del partido que siempre había sostenido -la última vez, en diciembre de 2007, cuando apoyó los presupuestos de Ibarretxe pero se «opuso» a esa partida-: que las ayudas a terroristas no eran un derecho, sino «una opción política».

Para arreglarlo, solicitó ayudas también para «los amenazados que necesiten un respiro en otra comunidad autónoma e, incluso, a quienes han resultado damnificados por ETA y viven ahora en otros lugares de España». Obsérvese el lenguaje: «quienes tienen la consideración de víctimas», según el documento del Comité Nacional, son ya damnificados. «Hemos reconocido que sufren los familiares de las víctimas del terrorismo y que sufren los asesinos y las madres...», siguió diciendo el portavoz. Y matizó después, para terminar de arreglarlo: «aunque no es lo mismo la cárcel que el cementerio...».

Esa actitud de equidistancia, ese posibilismo, esa equiparación entre víctimas y verdugos que empezó a vislumbrarse cuando López no descartó tajantemente la posibilidad de gobernar con nuestros asesinos, está llevando al Partido Socialista a situarse al otro lado de la raya. Esa raya que separa a los demócratas de los totalitarios; esa raya que niega cualquier causa que justifique el terror; esa raya que proclama que la inocencia de las víctimas es intocable; esa raya que establece la diferencia insalvable y radical entre víctimas y verdugos: las primeras todas inocentes, los segundos, todos culpables.

Hemos traspasado la raya roja. Y me pregunto, con todo dolor y llena de incertidumbre, si quienes hasta ahora nos hemos limitado a denunciarlo -algunos, pocos, en público; muchos, en privado- no podemos hacer algo más que lo que hacemos para evitar esta degeneración, esta regresión moral y ética que se está produciendo. Me pregunto si no ha llegado ya la hora de que demos un paso adelante.

Rosa Díez es diputada socialista en el Parlamento Europeo.

© Mundinteractivos, S.A.

Identidades proscritas. El no nacionalismo en las sociedades nacionalistas, de Juan Pablo Fussi (por Jordi Canal)


En cada una de las ocasiones que me ha tocado explicar fuera de España, en actos académicos o en conversaciones privadas, la situación vivida en el País Vasco bajo la presión del terrorismo de ETA y del nacionalismo radical, siempre alguno de los auditores ha mostrado sorpresa o desconcierto ante el acoso a los no nacionalistas y, especialmente, ante un par de temas: la vida cotidiana bajo protección o extrema vigilancia y la existencia de refugiados políticos o exiliados vascos repartidos por toda la geografía española y en el extranjero. Todos ellos son víctimas de la sinrazón terrorista de los nacionalistas radicales: los cargos políticos que no pueden salir a la calle sin escolta, los comerciantes extorsionados, los periodistas e intelectuales que viven bajo amenaza, los policías que se ven en la obligación de vivir en las provincias limítrofes o los profesores que, por seguridad, han debido abandonar su trabajo en las universidades del País Vasco y aceptar puestos en otras universidades españolas, francesas o norteamericanas. La lista de hombres y mujeres afectados podría ser larguísima. Constituyen una porción del iceberg del conflicto vasco que demasiado frecuentemente olvidamos; forman parte, al fin y al cabo, de esa mitad no nacionalista de la sociedad que el estruendo nacionalista relega a un segundo plano de la actualidad.

A lo largo del pasado año aparecieron en España algunos libros, pertenecientes a géneros bien distintos, que permiten entender algo mejor el conflicto vasco en el último cuarto de siglo y, en particular, la cuestión de las víctimas del acoso y la violencia del nacionalismo étnico y terrorista. Tres de estas obras, en concreto, merecen aquí un comentario: Porque tengo hijos, de Rosa Díez; Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, e Identidades proscritas, de Juan Pablo Fusi. En la primera, Rosa Díez reúne artículos, elaborados entre 1996 y 2006, sobre los avatares de la política vasca. Se trata de textos lúcidos, valientes y comprometidos, que nos recuerdan permanentemente qué hizo cada cual en cada momento, ya sean los cachorros fanáticos del nacionalismo pro-etarra, los peneuvistas situados bajo el signo del egoísmo o bien sus propios correligionarios socialistas vascos, inmersos en una vía democráticamente suicida. La lectura de este libro, que ya fue comentado por Félix Ovejero en septiembre de 2006 en las páginas de Letras Libres, ofrece nuevas razones para admirar a Rosa Díez a todos aquellos que ya lo hacíamos en su condición de política, activista y resistente. El escritor Fernando Aramburu, por su parte, nos ofrece, en Los peces de la amargura, un maravilloso y punzante conjunto de relatos que contienen fragmentos de vidas condicionadas, marcadas o truncadas por la espiral del fanatismo. Emoción, algo de impotencia y mucho de revuelta emergen necesariamente en la lectura de estas narraciones. Razón tiene Fernando Savater cuando afirma que, exceptuando las novelas de Raúl Guerra Garrido, hasta este libro “las víctimas del terrorismo no habían encontrado un reconocimiento artístico de su humilde calvario a la altura exigible” (“Víctimas”, El País, 9 de diciembre 2006).

En el tercero de los libros, Identidades proscritas. El no nacionalismo en las sociedades nacionalistas, del historiador Juan Pablo Fusi, solamente un capítulo está dedicado al País Vasco. No obstante, estamos antes unas páginas que permiten entender cabalmente la problemática del no nacionalismo en sociedades, como la vasca, condicionadas por el nacionalismo, y, al mismo tiempo, ubicar esta problemática en un marco internacional. Los nacionalismos y, específicamente, la cuestión nacional en España ya han centrado bastantes libros de este autor: El problema vasco en la II República (1979), El País Vasco. Pluralismo y nacionalidad (1984), España. Autonomías (1989), España. La evolución de la identidad nacional (2000) o La patria lejana. El nacionalismo en el siglo XX (2003). Este último, en concreto, constituye una suerte de contrapunto y complemento del que ahora ha llegado a las librerías. Mientras que La patria lejana pretendía ser una narración y una explicación de los acontecimientos y los procesos más importantes del siglo XX en los que el nacionalismo había tenido un papel destacado, en Identidades proscritas, por el contrario, se nos propone un estudio de las identidades y culturas políticas que coexisten con el nacionalismo en comunidades en las que éste tuvo o tiene una decisiva importancia. El no nacionalismo adquiere la misma sustantividad, como mínimo, en tanto que hecho social e histórico, que el nacionalismo. El olvido del no nacionalismo, como consecuencia de la atención preferente recibida por los nacionalismos, resulta de esta manera convenientemente reparado. Buen número de equívocos y apriorismos quedan en una posición ideal, si se añade algo de voluntad, para saltar por los aires.

Juan Pablo Fusi aborda en el libro un total de seis casos: los vascos, los angloirlandeses, los judíos, los sudafricanos, los escoceses y los canadienses. No se ha pretendido pergeñar, como reconoce el autor, una obra enciclopédica. Estoy convencido, a pesar de ello, de que el tratamiento del caso catalán hubiera enriquecido, a nivel problemático, más que en el de los simples contenidos, la ya densa perspectiva ofrecida. Como quiera que sea, Identidades proscritas permite comprender muchísimas cosas: la condición de nacionalidad escindida del País Vasco, la trascendencia de la creación del nacionalismo vasco y la presencia central de lo vascoespañol; la invención por parte del nacionalismo radical, a fines del siglo XIX, de una nación irlandesa únicamente católica y gaélica, que excluiría tanto al Ulster como a los angloprotestantes del sur (piénsese, por ejemplo, en literatos como George Bernard Shaw, Samuel Beckett u Oscar Wilde); la decisiva trascendencia del judaísmo no sionista; la importancia de los liberales y comunistas no nacionalistas, al lado, está claro, del Congreso Nacional Africano, en la construcción de la actual Sudáfrica, multirracial y democrática; la coexistencia de una fuerte identidad escocesa, nacional si se quiere, y un débil nacionalismo escocés; y, asimismo, el papel básico que han tenido Quebec –una región mucho más plural, tanto a nivel religioso como lingüístico y a nivel de población, de lo que a veces se nos presenta– y los quebequenses en la construcción del Canadá contemporáneo. Hombres y mujeres, acontecimientos y procesos pueblan estas doctas, a la par que amenas, páginas. El no nacionalismo, que no debe confundirse con el antinacionalismo –aunque los nacionalistas crean, en su obnubilación, lo contrario–, puede llegar a convertirse en una forma de identidad comunitaria. Nacionalismo y no nacionalismo son, como bien sostiene Fusi, manifestaciones distintas de la identidad, la vida colectiva y la política. Ni naturales ni predeterminadas: constituyen, simplemente, fenómenos propios de las sociedades plurales. Toda una lección. Estamos, en definitiva, ante un libro excelente e imprescindible en nuestra todavía bastante confusa España de hoy. ~

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lunes, 26 de febrero de 2007

Vehículos blindados y kalashnikov, Tomás Alcoverro en La Vanguardia


Tomás Alcoverro | 26/02/2007 - 18:43 horas En los diarios de Beirut aparece un recuadro publicitario con el rótulo "Vehículos blindados" y el número de teléfono móvil 03 290399.
Cuando llamo me informan enseguida de sus ofertas. Para blindar, por ejemplo, un automóvil de la marca Mercedes hay que desembolsar entre cuarenta y setenta mil dólares y son necesarios cuatro o cinco semanas para acabar el trabajo. Mi interlocutor, Patrik Auad explica que es una empresa estadounidense la que garantiza con sus certificados autentificados el blindaje. Me cita en su oficna sin pérdida de tiempo, para tratar del asunto.
Las cruentas guerras, los atentados incesantes en países del Oriente Medio como Iraq, Afganistán, El Líbano, hacen el agosto de estos sofisticados talleres, o de estos simples garajes que se dedican, también a proteger vehículos, ya sea toda la carrocería, o sólo ventanas y ruedas, de las balas.

La primera vez que subí a un vehículo blindado fue en 1987, en plena guerra del terror en Beirut. Era el flamante Mercedes blanco de mi amigo el embajador español Pedro de Arístegui que murió, más tarde, en el bombardeo de su residencia. Recuerdo que aquel automóvil con matrícula diplomática pesaba una tonelada, y había sido enviado directamente de la península.
Los recientes atentados en El Líbano, y sobre los perpetrados contra políticos que circulaban con sus coches como el año pasado, el del diputado, periodista e hijo del propietario del diario An Nahar, Gebran Tueni, o como el de hace unas semanas contra el ministro Pierre Gemayel, del clan fundador del partido cristiano nacionalista del Kataeb, y últimamante contra dos autobuses de pasajeros en la carretera de Bikfaya, han aumentado la demanda.

En Beirut la empresa Yaka Group, con material importado de los EE.UU., Alemania e Italia, blinda vehículos destinados a Iraq, a la embajada norteamericana en Bagdad, y a otros clientes de la región, porque es más barato adoptarlo en El Líbano que hacerlo en talleres estadounidenses. Desde el año 2003, el año de la invasión de Iraq, sus beneficios han crecido vertiginosamente. Políticos, hombres de negocios, pero también normales ciudadanos, son sus clientes. Hay compañías que ofrecen sus servicios de alquiler de automóviles blindados por mil dólares diarios y proporcionan, además, chóferes y guardaespaldas. El envío de un nuevo contingente militar noteamericano a Iraq fomentará todavía más esta industria.

Las compañías de seguridad, en el caso del Líbano, vinculadas, a veces, a encumbrados dirigentes de la república, tienen un mercado muy amplio. Ya hace tiempo que en mi edificio de la calle Commodore, con oficinas de una empresa internacional de tarjetas de crédito, hay vigilantes día y noche, y un circuito interno de cámaras de seguridad que verifican las imágenes de propietarios y visitantes, violando los derechos de su intimidad.
En esta obsesión de control el gobierno libanés ha aprobado un plan para instalar también cámaras de televisión en algunas calles y plazas de la capital.

Pero no sólo ha crecido la demanda de vehículos blindados sino de armas ligeras, como el Kalashnikov, tan popular en Oriente Medio, y el M-16 de fabricación estadounidense. Estos fusiles ametralladores llegan al Líbano a traves de los contrabandistas desde Iraq, cruzando la vecina república siria. El precio del Kalashnikov ha pasado, en pocos meses, de cien a setecientos dólares. Al final de las guerras civiles en 1990 todas las milicias fueron desarmadas a excepción de la organización chií del Hizbullah, vanguardia de la resistencia contra la ocupación israelí el sur.
Mañana volveré a llamar al anunciado teléfono de los diarios de Beirut para probar uno de sus vehículos blindados de alquiler.

Joaquín Leguina: Zapatero ha abierto el melón del Estado sin saber a dónde vamos" (ABC)


Joaquín Leguina (Villaescusa Cantabria, 1941), doctor en Económicas por la Complutense, en Demografía por la Sorbona, estadístico del Estado, ex concejal del Ayuntamiento de Madrid, doce años presidente de la Comunidad de Madrid, es, por formación y experiencia política, todo lo contrario de lo que hoy se lleva en el PSOE. Desde su destino actual en la presidencia de la Comisión de Defensa del Congreso dice lo que muchos en su partido sólo defienden en voz baja: que Zapatero ha abierto el melón de la estructura del Estado sin saber a dónde nos lleva y sin conseguir aplacar a los nacionalistas.
-¿Va a hacer realidad su partido el programa máximo de los nacionalistas?
-Yo lo que me pregunto es por qué no se les ha exigido a los nacionalistas que sean leales con la Constitución, que les da muchas ventajas, y que si no son leales, por qué no cambiamos la ley electoral y vamos a otro escenario. Yo lo que achaco al presidente del Gobierno es que ha abierto un melón que no lleva a buen puerto, que afecta a la estructura del Estado.
-¿Cómo es posible que el PSOE haya aprobado el nuevo estatuto catalán sin debate interno?
-No es que no haya habido debate, es que no se ha oído nada. Las únicas críticas han venido de muchos pensadores, de derechas y de izquierdas, que no están de acuerdo con esto. Yo no tengo una explicación, supongo que ha sido por una cuestión de pura táctica.
-Visto el silencio, ¿cabe pensar que una gran mayoría en su partido asume las doctrinas nacionalistas?
-Yo creo que no, pero es que no le dan mucha importancia. Y es posible que no sea grave ahora mismo, pero sí a largo plazo.
-¿Usted cree que Zapatero tiene un diseño de ese nuevo modelo de Estado que puede surgir con los nuevos Estatutos?
-No lo sé. Desde luego, este mecanismo difícilmente conduce a un Estado federal donde se niegan las desigualdades, los hechos diferenciales. Tampoco a una confederación, porque se parte de un Estado unitario. Sería realmente original, aunque aquí algunos políticos no quieren entrar en la historia, sino en el «libro Guiness». El diseño constitucional, sin estar cerrado, permitía «federar», era flexible para hacer cambios, como ha ocurrido en el sistema de financiación, para ajustar mejor las cosas. Pero una cosa es la modulación progresiva y otra abrir este melón, además sin contrapartida, porque los nacionalistas no se han comprometido a nada a cambio de esos nuevos estatutos. Siguen sin dar seguridad alguna -salvo la de sostener un Gobierno- de ser leales con la nueva estructura e insisten en el agravio comparativo. Y hemos llegado al extremo de que hasta los que dicen no ser nacionalistas consideran que criticar cualquier cosa de lo que ocurre en Cataluña es ser anticatalán.
-¿Cree que cabe esperar alguna rectificación en el PSOE a esa «comunión», aunque sea táctica, con el nacionalismo?
-En países tan serios como Alemania están rectificando ahora, después de muchos años de rodaje federalista. Como diría Machado, que no era nacionalista, «no está el mañana en el ayer escrito».
-Pero en Alemania hay un acuerdo básico entre los dos partidos nacionales sobre los asuntos de Estado que aquí no se da.
-Y que yo, desde luego, echo de menos. Pero sería injusto culpar a un sólo partido de que no exista ese entendimiento. Volvemos a la táctica y la estrategia. El PSOE quiere aislar al PP y el PP quiere destacar que el Gobierno está rodeado de políticos, por decirlo suavemente «no fiables»: los nacionalistas. Desde los medios próximos a los socialistas se insiste en que el Partido Popular se queda solo y la oposición responde con la lógica del «mejor solo que mal acompañado». De ahí no salimos.
-¿Por qué tienen tan poca influencia en el presidente del Gobierno ese tipo de advertencias sobre la entrega a los nacionalistas que hacen Bono, Ibarra, Guerra, González o usted mismo?
-Porque el Gobierno, mejor dicho el grupo de Rodríguez Zapatero, como dicen en baloncesto, ha tomado la posición. Si ahora hiciéramos un manifiesto o cualquier movimiento interno, ¿que diría la opinión pública más próxima al PSOE? Pues que esto es la vuelta al pasado, que estamos resentidos... se nos descalificaría con juicios de intenciones para dejarnos fuera del juego político. Es mejor decir lo que se piensa, desde luego yo lo hago, pero sin pretensiones de subvertir ningún orden establecido.
-¿Es decir, que van a mantener la misma disciplina de voto que en el estatuto catalán pese a que no les guste?
-Yo he estado defendiendo la disciplina de voto y ahora, cuando me toca a mí sufrir las consecuencias, no me puedo volver atrás. Tampoco creo que sea positivo para el sistema, mire lo que pasa en Italia. Hay que aguantar y decir lo que cada uno piensa.
-¿Sus actuales jefes les llaman «gente antigua»?
-Esa es una forma fácil de eliminar al adversario, pero hay que admitirlo: somos más viejos. Es inexorable. Vamos a ver qué es lo que queda de ellos cuando alcancen nuestra edad, sobre todo en el «currículum vitae».
-¿Puede ser la clave de ese cuestionamiento de los valores de la Transición y el consenso la falta de preparación y experiencia de los nuevos gobernantes?
-Esa es la clave de la distancia evidente y creciente de la clase política y el conjunto de la ciudadanía. Cada vez hay más personas que se dedican exclusivamente a la política desde que salen de la facultad o entran en el partido. Es un mal en sí mismo que se extiende a todas las formaciones y amenaza con crear no una elite política, sino una casta amparada en un sistema electoral muy cerrado y en las siglas de los partidos.
-¿Y cómo se puede solucionar?
-La profesionalización es necesaria mientras se ejerce un cargo público, pero otra cosa es la profesionalización desde la guardería. Una persona que se dedica a la política tiene que tener alguna experiencia fuera de la política, tiene que haber cotizado a la Seguridad Social por cuenta ajena o propia, saber cómo funciona una empresa o una institución pública, haber hecho unas oposiciones o trabajado de albañil o ingeniero de Caminos. Eso de meterse desde niño a cobrar de un partido y llegar hasta arriba no es bueno.
-¿Está usted retratando al actual Gobierno?
-No a todos sus miembros.
-Pero sí a su presidente.
-Sí, en parte, pero hay casos mucho más escandalosos que no voy a citar por sus nombres. La Constitución, que es bastante sabia en casi todo, habla de «mérito y capacidad» para desempeñar cargo público y son las dos palabras de las que huyen como de la peste todos los aparatos de todos los partidos.
-Dice Ibarra que les jubilan.
-Bueno, a mí me jubiló Ruiz-Gallardón. En el censo de militantes del PSOE, uno de los secretos mejor guardados como ocurre en todos los partidos y según los datos que tengo, cuando llegó Zapatero, más del 60 por ciento de los militantes tenía más de 55 años. Es unapirámide de edades, pero invertida. Si tu liquidas la cabeza, liquidas al 64 por ciento y no hay forma de que te echen después, de que te «renueven» después. Esta puede ser la «renovación» definitiva del PSOE. Es un despilfarro. Por muy viejos y gastados que estemos, algo podríamos aportar. Yo mismo puedo decir algunas cosas sobre la ley del suelo. ¿Usted cree que me han llamado? Pues no.
-¿Qué ha ocurrido en el PSE para que también asuman posiciones tan nacionalistas?
-Yo no les veo sumados al nacionalismo, sino a la supervivencia. En algún momento pensaron que la alianza con el PP, el constitucionalismo, les llevaba a la desaparición y ahora han buscado una posición intermedia que coincide con la idea del presidente del Gobierno de que se puede navegar entre este magma de nacionalismos para sostenerse en el poder. No es un cambio absoluto de ideología o de historia, es táctico.
-Que empieza a dejar muchas bajas como Nicolás Redondo, Rosa Díez...
-Sí. Y como decía Napoleón,un buen ejército lo primero que debe preocuparse es de no dejar los heridos en el camino. Y además de no ser bueno, es un despilfarro porque son personas que han reflexionado, que han peleado y han sufrido mucho allí. Espero que en un futuro no muy lejano se les pueda recuperar.
-¿Miguel Sebastián es candidato por el PSOE a la Alcaldía de Madrid porque en la antigua FSM no hay cantera o por puro cesarismo de Zapatero?
-Dentro del partido hay no menos de 20 personas capacitadas, y en el entorno del partido, como puede ser el caso de Sebastián, unas doscientas. Lo que pasa es que aquí ha habido una exhibición de poder interno. Ya veremos los resultados electorales y espero que se cumpla la ley de oro de toda democracia, la responsabilidad sobre las decisiones cuando llegan los resultados. Si se gana, a aplaudir, y si se pierde, a responsabilizarse.
-¿Se refiere a Zapatero?
-A quien haya decidido esa candidatura. A ver si después de mayo no ha sido Zapatero, que puede ocurrir.
-¿Hubiera preferido a María Teresa Fernández de la Vega?
-Hubiera sido desnudar a un santo para vestir a otro.
-¿Y Bono?
-Pues tampoco. Estudió aquí y también ha vivido en Madrid pero llevaba muchos años trabajando en la comunidad vecina. Y con bastante éxito.
-¿Mantienen ustedes, los ex barones y ex dirigentes del PSOE, alguna relación fija que les lleva a hacer similares críticas en parecidas fechas?
-Relaciones personales, sí. Políticas, algunas, pero no para tomar decisiones colectivas. Por lo menos, de momento.
-¿Cómo ve la carrera de su sucesor, Alberto Ruiz-Gallardón?
-Después de ganarme las elecciones, hizo una apuesta complicada como era irse al Ayuntamiento, que fue un éxito electoral indudable. Como suele hacer Gallardón, también hizo otra apuesta arriesgada, abrir no sé cuantos kilómetros de metro. Puede ser discutible el planteamiento, pero los hizo. Ahora ha dicho que iba a enterrar la M-30, yo paso todos los días por allí y creo que la va a enterrar. Es la muestra de un político que corre riesgos, que son los que se necesitan para bien o para mal. Es muy joven todavía, aunque él diga que cada vez menos, supongo que tendrá sus ambiciones y le deseo que las cumpla si son para bien de su salud física y mental.
-¿Usted le imagina al frente del PP?
-No me extrañaría nada, aunque no sé si tiene más adversarios dentro que fuera.
-¿Le da por ganador en las municipales?
-Si quiere un consejo que no necesita, hay que recordar que no conviene confiarse nunca.
-¿Aunque parta de una ventaja de 15 puntos?
-Nosotros es que seguimos con una cantera limitada. Es como si el Real Madrid perdiera una Liga y sacara para la siguiente a los jugadores del mismo sitio. Lo más probable es que volviera a perder.
-Pero el PSOE tampoco ha traído ninguna estrella.
-Por eso. Son de la misma cantera, la de los amigos del presidente del Gobierno. Una cantera interesante, sobre todo para Zapatero.
-¿Es de los socialistas que considera a su jefe capaz de perder las elecciones generales por las «originalidades» de sus apuestas políticas como el lío de los estatutos o la negociación con ETA?
-Pues probablemente ganará las elecciones cuando las convoque. Veo a los líderes del Partido Popular con un estilo y unas actitudes con las que no puede sentirse muy identificado buena parte del electorado. ¿Cómo puede ganar un partido político que apuesta por la fabulación en un asunto como los atentados del 11-M? Con esos mimbres, no sé qué cesto va a hacer. Rajoy es inteligente y tiene sentido del humor, pero da la sensación de que se pregunta cada mañana «¿qué hago aquí?». No porque le venga grande, sino porque le viene extraordinariamente pequeño. A largo plazo volverán al poder, pero no en estas primera elecciones, que perderán más por errores propios que por éxitos ajenos.
-¿Y dónde está la parte positiva del balance de Zapatero?
-En ciertas leyes muy necesarias como la de dependencia, por la estabilidad, en el éxito en el crecimiento económico y por una cosa que todo el mundo había prometido y nadie había hecho: arreglar el problema de RTVE.
Joaquín Leguina, en el Congreso de los Diputados
(ABC, 25 de febrero, 2007)

viernes, 23 de febrero de 2007

La lengua de Carod-Rovira, de Luís María Anson (El Mundo)

CANELA FINA

«Una lengua normal -ha dicho Carod-Rovira, el amigo de Josu Ternera, ese hombre- ha de estar presente en todos los ámbitos, ha de ser capaz de llegar a todo el mundo y penetrar en los agujeros más recónditos». Tiene razón el líder de Esquerra Republicana de Cataluña, coronado un día de espinas, experto ahora en introducir la lengua no ya donde solía sino también en los agujeros más recónditos.

A mí me parece que los catalanes tienen un líder más allá de lo que se merecen, un hombre con visión amplia, moderno hasta decir basta, preciso y riguroso en sus posiciones, mucho más cerca, eso sí, del 69 que del misionero, más del griego que del francés. Maragall está deseando fotografiarle en sus nuevas funciones, como lo hizo con regocijo cuando en Jerusalén se coronó graciosamente de espinas.

Tamaña maestría de Carod-Rovira con la lengua ha merecido que, en la delicada película Las excursionistas calientes, primer film de porno duro en catalán, su director, el maestro Conrad Son, haya honrado al gran líder independentista, dedicándole una canción titulada Sexe en català. Conrad Son reivindica en esa canción el sexo dominado por la lengua catalana «para pasármelo bien y cardar en la calle». No conozco la letra íntegra de la canción y no puedo explicar a los lectores de EL MUNDO si Conrad Son le ha recomendado a Carod-Rovira que se desprenda de la corona de espinas en el momento del trato, pues al penetrar con la lengua «en los lugares más recónditos» puede producir en el entorno desgarraduras muy dolorosas. Ni el marqués de Sade hubiera imaginado semejante juego erótico de coronas y espinas.

Total, que los productores y directores catalanes de porno duro le han sacado a la Generalidad un buen pico para subvencionar sus películas, una auténtica pepitilla de oro. También los organizadores de 'Dura Sex Barcelona' y de 'Salón del Sexo en Catalán' de Manresa han exprimido la generosa ubre del Gobierno Montilla, consiguiendo que una parte del dinero de todos los catalanes, sometidos a impuestos confiscatorios, vaya a parar al alto destino de subvencionar el cine pornográfico.

Carod-Rovira, que tiene muchos votantes en esos ámbitos, según él mismo ha confesado, cree que la lengua catalana, el bellísimo idioma de Pere Gimferrer y de Maragall el bueno, no puede estar ausente del porno duro. La lengua catalana tiene que penetrar en los agujeros más recónditos, pues no faltaba más. Y hablando de agujeros recónditos, Carod-Rovira estudia ahora si subvenciona o no a las asociaciones en favor de la pederastia en catalán. Ha solicitado un estudio para saber si la legislación internacional le puede afectar, pues la española se la pasa airosamente por el arco del triunfo y siempre tiene a Zapatero para que le eche una mano. La posición de Carod-Rovira no puede ser más lógica. Si la lengua catalana debe llegar a los lugares más recóndi-tos del porno duro, sería un desdoro que no estuviera instalada también en los grupos pederásticos en catalán, que, como todo el mundo sabe, han traducido al sánscrito sus aspiraciones, dentro de la mejor tradición kamasutra e, incluso, del vedanta sankárico.

Y que continúe, en fin, el esperpento aldeano en la maravillosa Cataluña de Pla y Dalí, en ese espejo de cultura y seriedad que siempre ha sido el país catalán en España y en Europa, hollado hoy por personajillos que, de no ser por un sistema electoral absurdo, estarían pegando panfletos a favor del porno duro en los murales de preuniversitario.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

© Mundinteractivos, S.A.

jueves, 22 de febrero de 2007

El don de la ebriedad, por Martín Prieto (El Mundo)

BAJO EL VOLCAN

Uno de los mejores poemas de Claudio Rodríguez es El don de la ebriedad. Rodríguez, a más de otros horrores para nuestra ministra de Sanidad, bebía. La ministra, que parece pertenecer a alguna secta, le hubiera envarado con unos cuantos proyectos de ley. Las ministras de cuota de la Administración Zapatero causan verdaderos estragos, pero no vistas desde la perspectiva de un misógino o un machista, sino comparándolas con sus colegas masculinos que cometen barrabasadas sin cuento pero un poco por debajo de la mesa. La vicepresidenta nos riñe todos los viernes tras el Consejo de Ministros como si fuéramos niños sin entendederas; la de Cultura no ha estudiado latín o se le ha olvidado; la de Vivienda nos quiere meter como cavernícolas en pisos de 30 metros y nos regala zapatillas para ir por las calles buscando alquiler como a tontos de baba; y, para no alargarnos, la de Sanidad y Consumo descuida mucho el segundo apellido de su Ministerio y se ha empeñado en una cruzada para que los españoles seamos tan felices como ella no comiendo hamburguesas gigantes, ni fumando, ni tomando vino español. Pues la doña goza de una inquietante palidez desteñida; debería hacerse mirar el hígado.

Excepto en EEUU con su Ley Seca, las democracias han sido consentidoras dejando grandes márgenes al libre albedrío, y, por el contrario, los regímenes dictatoriales buscan clones de un ciudadano perfecto. Si Franco hubiera pretendido lo que la Salgado con el vino probablemente no se hubiera muerto en la cama. Si esto se hace en Francia, hubiera tenido que dimitir de inmediato. Puede que los jóvenes se aficionen al alcohol con bebidas destiladas pero no con un calimocho en donde mezclan vino y vomitón. La cultura del vino requiere un aprendizaje muy elaborado, además ya está bien de suponer que nuestra juventud es alcohólica y necesita leyes especiales, porque eso no es verdad y además acientífico.

Rodríguez Zapatero le ha dado un coscorrón a la Gran Prohibidora del reino que, amargada, no se desdice, sino que aplaza su aberrante campaña contra el vino para pasadas las inmediatas elecciones. Si regresa por sus fueros, el contundente gremio de los viñateros le seguirá esperando. Más le valdría dimitir. Hace buena a la ministra Trujillo y en el póquer de damas consigue que la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega resulte hasta agradable.

Yo prefiero abrazarme al poeta Claudio Rodríguez y dejarme llevar por el don de la ebriedad que ella se ha perdido siempre. Lo mío -parafraseando a Wiston Churchill- tiene cura; lo suyo no.

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martes, 20 de febrero de 2007

Referendos menguantes, Blog de Santiago González

Una de las cosas que más me llama la atención en su persona, mi señor Zapatero, es la falta de correspondencia estricta entre sus palabras y los hechos. Aún recuerdo una gran intervención parlamentaria suya para explicarle al lehendakari por qué no debía admitirse a tramitación el Plan Ibarretxe.

Fue el 1 de febrero de 2005 y usted dijo algunas cosas muy sensatas que han quedado escritas en el Diario de Sesiones del Congreso. Por ejemplo, que “salvo en estos últimos 25 años, nuestra historia constitucional es un recetario de fracasos (…) porque normalmente se hicieron constituciones de partido, normas políticas con el 51%, y las normas políticas con el 51% para ordenar la convivencia acaban en el fracaso (…) Lo que expreso en esta cámara es que busquemos el 70, el 80, el cien por cien para una norma institucional básica en Euskadi”.

Ese era justamente el secreto del pacto de la transición, que usted ha sustituido por la ‘memoria histórica’. Ese era el quid del pacto Antiterrorista, que sumaba al 89,14% de los diputados, antes de que usted cambiara formalmente de objetivos y de socios el 17 de mayo de 2005. Su nueva estrategia perdió 110 escaños para quedarse en 202, el 57,71% de los representantes de la soberanía popular.

Ahora se llevan las cocciones lentas y los consensos estilizados. Se empeñó usted en que España fuese el primer país en someter a referéndum el Tratado de la Unión. La abstención llegó al 57,68% del censo.

¿Y lo de los Estatutos? Se le dan a usted peor los referendos que al difunto Pinochet, perdone que le diga. Los dos celebrados hasta ahora han disminuido los consensos de los que partían. Vea la reforma del de Sau: participación inferior al 50%, diez puntos menos que aquel. El ‘Sí’ registró un bajón de 14 puntos sobre votantes y 16 sobre el censo electoral.

Pero lo peor es la reforma de un Estatuto que había conseguido llevar a las urnas al 53,49% de los andaluces contra el parecer de UCD, partido que entonces gobernaba. El apoyo de la oposición no hace que las tonterías dejen de serlo, presidente, y los tres partidos que aprobaron la reforma, (PSOE, PP e Izquierda Unida) sólo llevaron a las urnas al 36,28% de los andaluces y aun la décima parte de ellos votó en contra. Los votos afirmativos en 1981 fueron casi dos puntos más, 89,38%.

Esta reforma estatutaria es un fiasco, presidente, y lo será más aún cuando los que han diseñado ese procedimiento de calcular las inversiones en función del criterio que más beneficie a la Comunidad Autónoma, (a aquél por PIB, a éste por población, a los gallegos por costa, a Castilla-León por superficie) descubran dos evidencias matemáticas elementales: las ventajas del común denominador para sumar quebrados y que la suma de las partes de un todo no puede superar el cien por cien. Hace dos años dijo usted que las normas de convivencia del 51% acaban en el fracaso. ¿En qué acabará la del 31,73%? Galicia espera.
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Qtyop rectifica:
creo que el estatuto andaluz de octubre de 1981 fue apoyado por la entonces gobernante UCD.
no pudo ser de otra forma, era el grupo mayoritario en las Cortes y fueron las Cortes quienes lo aprobaron lo que no apoyo la ucd ---ni el partido socialista de andalucía, nombre anterior del partido andalucista--- fue el anterior referendum del 28 de febrero de 1981 para impulsar la vía del 151.
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Corolarios.-
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Todo gobernante que emprenda una reforma legal incapaz de concitar un apoyo político y social igual o superior al que obtuvo el texto reformado, ha fracasado.
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Todo partido de oposición que secunde una iniciativa del Gobierno asume una parte (menor) del éxito o del fracaso de dicha iniciativa.
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Toda reforma estatutaria experimenta una hipertrofia de su articulado inversamente proporcional a la participación ciudadana en el referendum.
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En las últimas elecciones andaluzas, el PSOE obtuvo el 50,27% de los votos emitidos, lo que supone el 38,13% del total del censo. En este referendum votó el 36,28%; lo hizo afirmativamente el 31,73%. Con estos datos, el PSOE culpa al PP de la abstención.
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Después del referendum para la aprobación del Tratado de la Unión, el PSOE ya había culpado al PP de la alta abstención (57,68%) por pedir el 'sí' con la boca pequeña. Ninguno de sus dirigentes dijo nada de la campaña de sus socios, IU y ERC, que habían pedido el 'no' con la boca bien grande.
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El PP ha cometido el mismo error que entonces y ha recibido exactamente el mismo pago.
Blog de Santiago González

lunes, 19 de febrero de 2007

El juicio final, por Martín Prieto (El Mundo)

BAJO EL VOLCAN

Por las Navidades de 1980, un teniente coronel del Ejército de Tierra destinado al CESID (actualmente CNI) me citó en un reservado de Mayte Commodore para una reunión urgente, personal y confidencial. Me puso al tanto de que compañeros suyos del servicio de inteligencia estaban suministrando apoyo logístico a otros militares para dar un golpe de Estado inmediato. Se identificó pero se negó a facilitarme cualquier dato concreto; no pude hacer nada salvo escuchar atentamente el estruendoso ruido de sables de aquellos días, hasta que llegó el 23-F.

El juicio por tales sucesos creo que despertó más expectación que la que hoy está dando éste por el 11-M. Entonces la pregunta era si los militares rebeldes se iban a dejar juzgar sin cometer antes una venganza tabernaria como la de intentar implicar al Rey. Estaban demasiado gallitos los entorchados y empezaron por exigir la salida de Pedro J. Ramírez de la sala, a lo que el tribunal terminó cediendo, aflojándose los cinturones. El sumario de aquel juicio del 23-F estaba lleno de elipsis más o menos discretas, y el del 11-M se encuentra repleto de agujeros como un queso gruyere. «Fuera del sumario no hay nada», dicen los forenses.

En el del 23-F se quedaron navegando por el espacio intergaláctico los guardias civiles que acompañaron a Tejero, el entonces CESID (excepto el comandante Cortina que hacía honor a su apellido) y la nutrida trama civil de la que solamente se enjuició a Juan García Carrés, presidente del sindicato vertical de actividades diversas y de los serenos con quienes quería formar una chusca fuerza de choque a lo Verbena de La Paloma.

Las penas para los alzados fueron muy benévolas, pero el Tribunal Supremo las ajustó. La sociedad española, harta, aceptó que no se exigieran todas las responsabilidades y que muchos conspiradores, tanto militares como civiles, quedaran en la oscuridad. Hay que temer que este juicio siga las pautas de aquél y que al final no se sepa a ciencia cierta cuáles fueron las tramas oficiales (CNI y Policía) que, por omisión, negligencia o partidismo, embrollaron el juicio del 11-M, hasta transformarlo en indescifrable. El juez Del Olmo no estaba capacitado ni física ni psicológicamente; no era el magistrado idóneo para la labor, y la temperamental fiscal Olga Sánchez (la instructora del instructor) ya se cubrió de gloria con la Goma 2 ECO. No creo que existan sumarios en el mundo sobre hechos de tanta sangre que obvien tan alegremente la identificación del arma homicida. ¡Qué digo: se llegaron a lavar con lejía los restos retorcidos de los trenes de Atocha! Nos pierde el afán por la limpieza.

Quedaremos como sucedió tras el 23-F, pero con tantas y dolorosas víctimas. Ni éstas acuden al juicio en el que no deben de creer ni tampoco esperar nada; se penará hasta El Egipcio (que parece salido de una ONG musulmana) y a tres o cuatro pelafustanes asturianos y confidentes de la Policía. El Juicio Final va a ser el final del juicio.

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El catalán de los aragoneses y los sudores de Ernest Maragall, por Ivan Tubau, El Mundo

BULEVAR

José Montilla, a diferencia de Pasqual Maragall o Jordi Pujol y a semejanza de Stalin o Rodolfo Martín Villa, no ha sido en su vida otra cosa que político. No tiene ideología pero tiene una idea: alcanzar el poder y conservarlo. Ernest Maragall no parece un soñador como su hermano Pasqual ni una máquina fría como su jefe, Pepe. Ernest, dicen, fue un buen político entre bastidores y se le ha premiado sacándole a escena. Ahí intenta ser un actor sensato, pero el jefe se lo pone difícil. Pepe está en la presidencia gracias a Carod y Saura. Eso implica un peaje muy caro, que ya llevó a la ruina política a su antecesor, Pasqual.

Ernest dijo que la tercera hora de castellano les vendría bien a los niños de Olot, que sólo saben catalán. Pepe, advertido sin duda por Carod, filólogo como Xavier Pericay y el arriba firmante, impuso a Ernest meterse la sensatez donde le cupiera. El hombre empezó a sudar. El pasado miércoles, acosado por mi compañero Daniel G. Sastre, dijo que «en algunas zonas no hace falta inmersión lingüística». Los filólogos fanáticos (FF) de ERC y los fanáticos a secas de CiU aullaron. Pepe volvió a reprender a Ernest, ordenándole que se metiera las lenguas -la propia, la impropia y sobre todo la suya propia- donde había metido la sensatez.

Daniel no logró, sin embargo, que Ernest aclarase del todo en qué zonas hacía falta ese método innecesariamente bárbaro llamado inmersión lingüística y en cuáles no. ¿Hace falta inmersión en Olot, donde la lengua propia de la mayor parte de los niños es el catalán y entonces la lengua en la cual los inmergen o inmersionan (estas palabras horrendas son exigencia del método) es la misma que hablan en su casa? ¿O hace falta en Cornellà y Santa Coloma de Gramenet, donde la lengua propia de casi todos los niños y niñas es, como la de casi todos sus profesores y profesoras, el castellano o español?

Digo esto porque el mismo día en que Ernest Maragall -«caballo de Troya del españolismo» según CiU- decía eso en Barcelona, la propia CiU y ERC pedían en Madrid, en el Congreso de los Diputados, que «el aragonés y el catalán» figurasen como «lenguas propias» de Aragón, cuyo estatuto se halla en trámite de reforma. ¿Por qué? Los FF ya lo han dicho en diversas ocasiones: porque en La Franja de Aragón -Fraga y bastantes pueblos más de Norte a Sur- la lengua habitual de los nativos, entre ellos el presidente de esa comunidad, Marcelino Iglesias, es el catalán. Y para los niños de Fraga lo más sensato, ya lo dijo la UNESCO, es que la lengua de la escuela sea la misma que la de casa.

Para los niños de Fraga, cuya lengua propia es el catalán, lo mejor es escuela en catalán. Para los de Cornellà, cuya lengua propia es el castellano...lo mejor también es escuela en catalán. Y mientras dicen en Madrid qué deben hacer los aragoneses, los FF catalanes recurren al Constitucional porque el Gobierno español invade competencias del Govern Català imponiendo una tercera hora semanal de castellano. Atenme estas moscas por el rabo.

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domingo, 18 de febrero de 2007

La manipulación de nuestra historia, por Baltasar Bueno.

La Universidad de Valencia nos viene contando la historia del Reino de Valencia, desde los años 60 del pasado siglo, desde el prisma catalanista. En Cataluña siempre les ha gustado escribirnos nuestra historia, a su imagen y semejanza. Bofarull se lo pasaba pipa en el Archivo de la Corona de Aragón tachando los asientos del Llibre del Repartiment, que no cuadraban con sus teorías.

Aquí a los de Barcelona que se dedicaban al apostolado de la historia se les ha dado muchísimo crédito contaran la película que contaran en colegios, institutos o universidades. Investigadores y alumnos no oponían ni objetaban.

La Conselleria de Cultura de la Generalidad (valenciana), liberal ella, en la actualidad hasta permite que los libros de texto que se utiliza en los colegios valencianos lleven el 'nihil obstat' de la Generalidad (catalana). Ni siquiera se molesta, en los tiempos de las autonomías, que los libros sean redactados e impresos aquí -cuna de la imprenta española- por valencianos. Justifica la desidia en que hay libertad de cátedra y mercado. Libertad para todos, menos para los de casa.

Al mercado libre de las ideas llegó hace poco más de dos meses Valéncia hui y hemos decidido crear 'La Tribuna de Valéncia hui', un lugar de encuentro y reflexión donde con mayor profundidad nos preocupemos de todo lo nuestro. Comenzamos con un ciclo sobre los 'Orígenes del Reino de Valencia', materia sobre la que con tanta inteligencia y saber escribió y enseñó el ilustre catedrático de Historia Medieval de las Universidades de Valencia y Zaragoza, Antonio Ubieto Arteta, aragonés de pura cepa. De momento, el historiador que más y con mayor objetividad nos ha hablado de la fundación político-cristiana del 'Regnum Valentiae'.

Es en Aragón, y no en Cataluña como nos han querido vender los catalanistas, donde están las raíces profundas de nuestro histórico Reino de Valencia. La conquista del Reino de Valencia fue impulso aragonés, de ahí que hayamos querido que desde la sede de la Corona de Aragón, nos cuenten la historia, nuestros orígenes políticos, que no son, precisamente, catalanes.

El próximo jueves, 22 de febrero, a las ocho de la tarde, en el Hotel Astoria, Guillermo Fatás, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Zaragoza, director del periódico Heraldo de Aragón, pronunciará la primera lección inaugural de una serie de interesantes conferencias, que impartirán destacados historiadores, pesos pesados en la ciencia histórica medieval.

Les invitamos, especialmente a quienes aman entrañablemente a nuestro Reino.

sábado, 17 de febrero de 2007

Se suicidan, fijaos, por Arcadi Espada, (El Mundo)


Querido J:

Imagínate 3.381 muertes al año en España. Más muerte, desde luego, que la que resulta de asesinatos o accidentes laborales. Más, incluso, que las muertes por accidentes de tráfico. Ahora imagínate que ningún periódico español hablara de ello, y habrás comprendido que hablo de suicidas, concretamente del número de personas que se suicidaron en España en el año 2005. ¿Una cifra brutal? Desde luego. Y piensa si le añadiéramos los suicidas que eligen el método del accidente de tráfico. Pero hay otras más brutales, como las de Europa del Este, repúblicas bálticas, Dinamarca o, ¡pásmate joie de vivre!, las de Francia, donde se suicida un policía a la semana. No es extraño que Sarkozy, encarando como suele, haya hablado en estos términos, y en plena campaña electoral: «El suicidio de los jóvenes es la gran enfermedad del siglo». Y la prensa, la española y otras prensas, no habla de este asunto. ¿Por qué?

El mito tiene antecedentes más o menos precisos. Está la publicación de Werther, la novela de Goethe, en 1774, que desató, aunque la documentación no parece del todo fiable, una oleada de suicidios (soi disant) por amor; está una tesis doctoral de Paul Moreau de Tours, De la contagion du suicide, (1875) y, finalmente, el libro de Paul Abry, La contagion du meurtre (1896). Yo no he leído la tesis, pero sí leí hace tiempo el libro de Abry, donde incluye un reconocimiento a Moreau en estos términos: «Entre los vivos no puedo olvidar a mi querido maestro Paul Moreau de Tours, que en su tesis y en otras obras importantes ha demostrado la importancia deletérea de la prensa». La fundamental investigación de Durkheim sobre el suicidio negaría la plausibilidad de esta influencia. Durkheim es todavía un nombre en la ciencia; pero Moreau y Abry son polvo de eruditos. Sin embargo, sus tesis se han mantenido con una llamativa obstinación: buena parte del pensamiento periodístico contemporáneo aún examina con aprensión la posibilidad del contagio.

Le pedí al psiquiatra Juanjo Jambrina, al que conoces, que me proporcionara algún material sobre la relación entre el suicidio y los medios. Entre lo más interesante están las reflexiones de Keith Hawton, director del Centro de Estudios del Suicidio de Oxford y las orientaciones generales que tanto la Organización Mundial de la Salud como la Asociación Americana de Suicidología han publicado sobre el tratamiento que el suicidio debe recibir en los medios. Se alude, repetidamente, a determinadas experiencias en Canadá y Austria, que en su momento experimentaron una disminución notable del índice de suicidas que se tiraban al metro a partir de que no se publicaran en los periódicos los detalles sobre el método. Otros estudios aluden, por ejemplo, a una oleada de suicidios en Hong Kong por inhalación de monóxido de carbono, y en cuyos detalles reparó la prensa acaso en demasía... contagiosa. No parece descabellado suponer que pueden darse modas sobre los métodos de suicidio y que los medios pueden contribuir a establecerlas. Pero esa redundancia en los métodos no quiere decir, obligatoriamente, que la publicación de las notas periodísticas contribuya al aumento general de los casos.

La exhibición de cualquier conducta humana puede provocar emulación, y no se ve por qué el suicidio debería quedar al margen de los abusos infantiles, la violencia doméstica o el robo con escalo, que participan cada día en el espectáculo de los periódicos. El suicidio es un acto de violencia (aunque por lo general sólo incluya como víctima a uno mismo) y los actos de violencia son habituales en los medios. Pero es que, además, hay algo mucho más importante: la exhibición no sólo provoca emulación; también protección. Una comunidad que conoce sus peligros se defenderá mucho mejor de ellos. Si es verdad que el suicidio, y especialmente el juvenil, se vislumbra como uno de los males del siglo, parece lógico empezar a tomar conciencia de ello. Los periódicos son ideales para este trabajo. No hace falta decir que los buenos periódicos: porque entonces sería justo añadir, y los buenos psiquiatras y los buenos novelistas. Esa toma de conciencia colectiva se realiza tan sólo, en nuestros periódicos, cuando el suicida es un personaje conocido, o al menos lleva prendido su fulgor, como en el caso de la hermana de la Princesa Letizia. Lo que en realidad no sirve ni para la conciencia ni para lo colectivo. En una de las más deliciosas pruebas de su hipocresía, el periodismo persignado, que se niega a publicar, por temor a la emulación, que un joven cualquiera se tiró al metro, no vacila a la hora de hacerlo con un personaje público. Aun sabiendo que la emulación crece exponencialmente cuando es un personaje público el que ofrece un modelo de conducta, el periodismo se encoge de hombros y se aferra a su poderosa ley de la noticia. Yo la conozco muy bien, esa ley, y hasta la respeto: lo que me jode son las pamplinas de la trampa. No se debe decir que no se publican noticias de suicidios porque favorecen la emulación. Lo que se debe decir es que no se publica la muerte de un don nadie por más suicida que sea. Si piensas esto hasta el fondo, puede que te lleves alguna sorpresa. Porque, en realidad, muchas de las noticias violentas que se publican en los periódicos tienen un trasfondo que va mucho más allá de la natural curiosidad por lo insólito. El trasfondo es, ya te lo insinuaba antes, la necesidad de protección. Conviene saber que hay una ola de robos en chalés, aunque se trate de chalés de don nadies. Quiero decir que a los don nadies les conviene organizar su protección. Tal vez debiéramos organizar la protección de una enfermedad que causa (así calculan las fuentes de Jambrina) un millón de muertos en el mundo cada año.

Entre los sistemas de protección destaca el propuesto por las asociaciones suicidológicas. Exigen a los medios que traten el suicidio como una enfermedad mental. Ésta sí me parece una exigencia razonable. Durante decenios, y gracias sobre todo a la tendencia psicoanalítica, el suicidio ha estado infectado de literatura. Esa infección contribuye a explicar el mito de la emulación. La literatura ha convertido al suicida en un ser prestigioso y valiente, capaz de dar un puntapié a una vida indigna de vivirse. El periodismo se apuntó desde el primer momento a esta posibilidad. Para el periodismo, las explicaciones estrictamente culturales de la conducta son como el pan que se come: el periodismo puede entrevistar a una madre represora, a la amante autora del despecho; incluso al jefe de personal; pero no puede entrevistar a un gen. Las recomendaciones de los profesionales me parecen, en este punto, adecuadas: también porque el acento sobre la enfermedad permite relativizar a ese otro dios del ripio mediático que es el libre albedrío y su influencia en hacer del suicida un soberano absoluto de su voluntad.

Acabaremos sonriendo con humor negro. El psiquiatra Jambrina me rescata de la sima del tiempo el caso de Iznájar. Lo estudió el doctor Castilla del Pino. El pueblo cordobés tuvo durante una época una tasa de suicidios tres veces superior a la media española. Contagio. El suicidio como cultura, diría un obvio gestor cultural. ¿Asocias Iznájar?

Aún no me explico cómo sus adversarios no lo incluyeron entre los contrargumentos electorales. Un hombre tan reconcentrado, silencioso, con tanta vida interior, catalán de Iznájar.

Sigue con salud.

A.

© Mundinteractivos, S.A.



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El Estatut siempre llama, Francesc de Carreras, La Vanguardia


Es probable que el cartero siempre llame dos veces, es probable. Pero lo que no es probable sino seguro es que este Estatut, el que se aprobó en junio pasado con el voto a favor de sólo el 37 por ciento de los catalanes, llamará muchas más veces, repicará de forma incesante en nuestras puertas y no parará de estar presente en la política catalana y española. Recuerdo que en los inicios de la reforma estatutaria, un grupo de prestigiosos empresarios catalanes dieron público soporte al proyecto catalán con el objetivo de que por fin se aprobara, acabáramos de una vez con aquella pesadilla y la política catalana se dedicara a cuestiones más importantes, por ejemplo, las infraestructuras. Ingenuos. Como ingenuo fue también el presidente del Gobierno al creer que era un texto con el que se podía jugar para hundir mejor al PP: jugar con fuego, tan propio de niños. Más cercano todavía en el tiempo, Montilla dijo en su discurso de investidura que las cuestiones identitarias quedarían postergadas para dar paso a las cuestiones sociales. Ingenuo también: por una miserable hora de castellano, la que están armando.
Efectivamente, en estos momentos, los problemas de aplicación del Estatut surgen por doquier. Además de los siete recursos planteados ante el Tribunal Constitucional, la ley de Dependencia finalmente no recurrida y varios decretos en materia de enseñanza, diversos anteproyectos de ley plantean discrepancias con el Estatut; el editorial de La Vanguardia de ayer los enumeraba: Adopciones, Libro y Bibliotecas, Defensa de la Competencia, Violencia en el Deporte. Además, también tienen problemas los proyectos de reforma de las leyes orgánicas del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, ya en trámite en el Congreso. No está mal para añadir conflictos innecesarios y seguir sin centrarnos en las infraestructuras, para seguir con el mismo ejemplo. ¿Creen ustedes realmente que todas estas desavenencias en la aplicación del Estatut están causadas por la tradicional manía que Madrid tiene a los catalanes, como se sostiene en medios oficiales? Seamos serios, dejemos de hacer victimismo barato y pensemos que quizás la culpa se debe a quienes, de forma insensata, pretendían cambiar el modelo de organización territorial del Estado y blindar las competencias catalanas para impedir que las laminaran (¿recuerdan estos términos?) a partir de una reforma del Estatut. Ahí está el resultado de la chapuza: la confusión y el conflicto.

"¿Nos han engañado?", me preguntaba hace un par de días un amigo cuando le explicaba estas cosas. "Pues sí - le respondía-, exactamente eso: nos han engañado". Y nos engañaron porque los políticos catalanes se pusieron a cabalgar a lomos de un caballo desbocado llamado Estatut,del que no se podían apear sin hacer el más espantoso de los ridículos. Primero fue la fase preparatoria en el Parlament de Catalunya, después la fase del Congreso en Madrid, ahora estamos en la tercera fase, la de aplicación y, dentro de unos meses, la temida sentencia del Tribunal Constitucional. Hasta ahora, nuestros políticos - los de Madrid y los de aquí- han ido, mal que bien, entre abstención y abstención, salvando la cara como podían. En algún momento les llegará la hora de la verdad y los ciudadanos les recriminarán su impostura. El Estatut seguirá siempre llamando a su puerta.

Por si era poco, mañana se vota el Estatuto de Andalucía, esa otra gran realidad nacional.

viernes, 16 de febrero de 2007

¿Cuándo aprenderán los 'neocons' la lección de Irak? Francis Fukuyama (El Mundo)

En la actualidad, Estados Unidos gasta en solitario la misma suma de dinero que todo el resto del mundo junto en su aparato militar. Por tanto, merece la pena reflexionar sobre las razones por las que resulta que, después de casi cuatro años de esfuerzo bélico, de la pérdida de miles de vidas norteamericanas y de un desembolso de alrededor de medio billón de dólares, EEUU no ha conseguido pacificar un pequeño país, como Irak, de unos 24 millones de habitantes, y mucho menos aún conducirlo hacia algo que se parezca remotamente a una democracia con futuro.

Una posible respuesta es que la naturaleza de la política global ha cambiado en muchos aspectos durante la primera década del siglo XXI. El mundo de nuestros días -al menos en esa franja de inestabilidad que se extiende desde el norte de Africa hasta Oriente Medio, y a lo largo del Africa subsahariana y Asia central- se caracteriza por un número considerable de estados débiles y, en ocasiones, fallidos, así como por agentes transnacionales capaces de trasladarse de manera fluída a través de fronteras internacionales, animados por esas mismas posibilidades tecnológicas que ha producido la globalización. Estados como Afganistán, Paquistán, Irak, el Líbano, Somalia, Palestina, entre un sinfín de muchos otros, no son capaces de ejercer el control de la soberanía sobre su propio territorio y ceden poder e influencia a grupos terroristas como Al Qaeda, a mezclas de partidos políticos y milicias como Hizbulá en el Líbano, o a facciones diversas de índole racial y sectaria en otros países.

La doctrina militar norteamericana ha entronizado, en primer lugar, el recurso a una fuerza apabullante, aplicada de forma brusca y decisiva, para derrotar al enemigo. Sin embargo, en un mundo en el que insurgentes y milicianos se despliegan entre la población civil sin dejarse ver, una fuerza apabullante es casi siempre contraproducente: se enajenan, precisamente, las simpatías de quienes tienen que romper con los combatientes más fanáticos y negarles la capacidad para moverse con libertad. La variante de campaña antiinsurgencia que se necesita para derrotar a milicianos y terroristas transnacionales sitúa los objetivos políticos por delante de los militares y ha de hacer hincapié en ganarse los corazones y las mentes antes que en arrollar y meter miedo en el lugar de acción.

La segunda lección que debería haberse sacado de los últimos cinco años es que la guerra preventiva no puede convertirse en la base de la estrategia norteamericana de no proliferación de armamento nuclear en el planeta a largo plazo. La doctrina del Gobierno de Bush pretendía utilizar la guerra preventiva contra Irak como fórmula para hacer evidente, ante posibles aspirantes a convertirse en potencias nuclear, que se había incrementado el coste de avanzar hasta el umbral de la nuclearización. Desgraciadamente, el coste para Estados Unidos ha sido tan desmesurado que la lección que ha enseñado ha sido exactamente la contraria: el efecto disuasorio del poder convencional norteamericano es escaso y, de hecho, las probabilidades de una guerra preventiva disminuyen cuando un país consigue cruzar dicho umbral.

Una última lección que se debería haber sacado de la Guerra de Irak es que el actual Gobierno estadounidense ha demostrado una incompetencia supina en su gestión política del día a día. Uno de los aspectos más sorprendentes es lo mal que se ha desempeñado en el cumplimiento de los ambiciosos objetivos que él mismo se marcó. En Irak, el Gobierno ha actuado como un enfermo trastornado por un déficit de atención. EEUU ha culminado con éxito la organización eficaz de acontecimientos clave en Irak como, por ejemplo, el traspaso de soberanía del 30 de junio de 2004 o las elecciones del 30 de enero de 2005. Sin embargo, se ha estrellado en la formación de las fuerzas armadas iraquíes, en el nombramiento de embajadores, a la hora de exigir la debida diligencia a los adjudicatarios de contratos y, por encima de todo, se ha estrellado a la hora de exigir cuentas a los cargos oficiales responsables en mayor grado de éstos y otros fallos.

En teoría, esta falta de competencia en la gestión podría arreglarse con el tiempo, pero reviste consecuencias importantes a corto plazo para una estrategia tan ambiciosa como la de Estados Unidos. Los teóricos neoconservadores se imaginaban que el país ejercía una hegemonía benevolente sobre el mundo mediante el recurso a su enorme poder, ejercido de manera prudente e incontestable, para resolver problemas acuciantes como el terrorismo internacional, la proliferación de armas nucleares en el planeta, la amenaza de numerosos estados subversivos y toda clase de violaciones de Derechos Humanos. Sin embargo, aun en el supuesto de que sus amigos y aliados se sintieran inclinados a creer en las buenas intenciones de los norteamericanos, les resultaría enormemente difícil no sentirse consternados ante la puesta en práctica de esa política en la realidad y ante la gran cantidad de cristales rotos que el elefante va dejando a su paso.

El fracaso en cuanto a la asimilación de las lecciones de Irak ha quedado de manifiesto cuando los neoconservadores se han puesto a hablar sobre cómo hacer frente al creciente poder de Irán en la zona y a su plan de nuclearización. La República islámica iraní representa en la actualidad un problema de primer orden para Estados Unidos, así como para sus aliados árabes en Oriente Medio. A diferencia de Al Qaeda, Irán es un Estado que hunde profundamente sus raíces en la Historia (no ocurre lo mismo con el actual Irak) y que posee abundantes recursos, como resultado de las subidas de precio de la energía. Está gobernado por un régimen islamista radical que, sobre todo desde la elección como presidente de Mahmud Ahmadineyad en junio del 2005, ha tomado una dirección preocupantemente intolerante y agresiva.

En contra de sus propias pretensiones, Estados Unidos ha favorecido el auge de Irán en la zona con la invasión de Irak, la eliminación del régimen baazista que ejercía de contrapeso frente a los islamistas y la potenciación actual de los partidos chiíes próximos a Teherán. Está claro que Irán aspira a tener armas nucleares, a pesar de sus airadas manifestaciones afirmando que su plan nuclear sólo persigue objetivos no militares. La energía nuclear no tiene mucho sentido en un país que se asienta sobre unas de las mayores reservas petrolíferas del mundo, pero tiene todo el sentido como base de un plan de armamento nuclear. Resulta natural que los iraníes hayan llegado a la conclusión de que estarán más seguros frenta a amenazas externas con la posesión de la bomba atómica que sin ella.

Es fácil explicar, a grandes rasgos, los obstáculos que se interponen de cara a un final negociado de la crisis iraní, en cambio, resulta mucho más difícil proponer una estrategia alternativa. El recurso a la fuerza parece muy poco atractivo. No puede decirse que Estados Unidos esté precisamente en posición de invadir y ocupar otro país más, especialmente uno que es tres veces mayor que Irak. El ataque tendría que ser acometido desde el aire, lo que no daría como resultado un cambio de régimen, que es el único modo de detener el plan de ADM (armas de destrucción masiva) a largo plazo. Se hace muy cuesta arriba depositar una gran confianza en que la información confidencial de los estadounidenses sobre las instalaciones iraníes sea mejor que la que tenían sobre Irak. Una campaña aérea es mucho más probable que incremente los apoyos al régimen en lugar de que lo derribe y fomentará el terrorismo y los atentados contra instalaciones de Estados Unidos y de sus aliados en todo el planeta. EEUU se quedaría aún más aislado en semejante guerra de lo que lo viene estando durante la campaña de Irak; sólo Israel se mantendría como seguro aliado.

Ninguna de estas consideraciones, tampoco el desastre de Irak, ha impedido que determinados neoconservadores sigan defendiendo la intervención militar contra Irán. Algunos insisten en que el régimen de los ayatolás supone una amenaza aún mayor que la del desaparecido Sadam Husein, sin tener en cuenta el hecho de que su entusiasta apoyo a la invasión iraquí es lo que ha destruido la credibilidad de EEUU y reducido su capacidad de tomar medidas contundentes contra Irán.

Cabe pensar en Ahmadineyad como un nuevo Hitler; podría resultar que las negociaciones en curso fueran el equivalente a nuestros acuerdos de Múnich; podría ser que Irán estuviera en manos de unos fanáticos religiosos irreductibles; y podría ser que Occidente tuviera que hacer frente a una «amenaza de civilizaciones». En mi opinión, no hay razones para mostrarse tan alarmista. A fin de cuentas, Irán es un Estado con importantes riquezas que defender, y ya se encargarían de disuadirlo otros estados en posesión de armas nucleares -no olvidemos que es una potencia regional, no mundial; ha anunciado en el pasado objetivos ideológicos extremistas pero rara vez se ha movilizado para cumplirlos cuando han entrado en juego intereses nacionales de importancia, y no parece que sus procesos de toma de decisiones estén unificados ni bajo control de las fuerzas más radicales-.

Lo que más me llama la atención de la batería neoconservadora de argumentos sobre la cuestión iraní es lo poco que han variado respecto a los utilizados sobre Irak en el 2002, a pesar de los acontecimientos trascendentales registrados en los últimos cinco años y del fracaso manifiesto de las políticas que los propios neoconservadores han promovido. Lo que quizá haya cambiado sea la predisposición de la opinión pública norteamericana a escucharles.

Francis Fukuyama es politólogo estadounidense y autor de After the Neocons, obra a la que pertenece este extracto. Publicada por Profile Books, será editada próximamente en España por Ediciones B.

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jueves, 15 de febrero de 2007

Hasta el último día, por Martín Prieto (El Mundo)

BAJO EL VOLCAN

La miserable balada de De Juana Chaos invita a la melancolía porque en torno a las peripecias a las que ha sometido a la Justicia no se ha abierto ningún debate social medianamente importante. Ya hasta nos hemos olvidado de aquel consenso político que prometía el cumplimiento íntegro de las penas a los culpables de delitos aberrantes. En Alemania sí se da un debate sobre la libertad condicional de Brigitte Mohnhaupt, integrante de la banda Baader Meinhof, autora de 34 asesinatos y condenada a cinco cadenas perpetuas. El problema no es que sólo haya cumplido 24 años, sino que ni se arrepiente ni pide perdón por sus víctimas. Un Estado desbraguetado como el nuestro le ofrece una nueva identidad a sus 57 años para que la loba rehaga su vida sin arrepentirse de nada.

A veces, el cristianismo de catecismo da en el fondo de los hechos y las conductas: arrepentimiento de los pecados, dolor de corazón y propósito de enmienda. En legislaciones anglosajonas y puritanas, a la hora de liberar al reo, graciosamente, se exige el aborrecimiento de sus crímenes y el perdón de los agraviados. Se sueltan los conceptos como traíllas de perros y en España o Alemania se anatematiza la venganza. El monopolio de la venganza lo tiene el Estado, y eso es un progreso sobre la barbarie. Y las víctimas del terrorismo tienen derecho a resarcirse moralmente ya que renuncian a tomarse la justicia por su mano.

Lamento que 10 magistrados del Tribunal Supremo se hayan dejado torcer el brazo por el Gobierno y sus quimeras antiterroristas. De Juana es miembro de una banda armada y ha publicado amenazas terroristas contra jueces y funcionarios de prisiones, con nombres y apellidos, que no son precisamente improperios de patio de vecindad. Tres años vale el lógico miedo de los amenazados y sus familias. El matonismo en España se cotiza barato. La torticera huelga de hambre con la novia a pie de cama no puede acabar con su excarcelación antes de tiempo. Al menos que pida perdón por sus delitos y renuncie al crimen. De Juana ni siquiera admite la suavísima condena del Supremo. No reconoce la Justicia española y ésta es buena ocasión de que la sienta en todo su rigor. Este buitre no pertenece a la especie de los suicidas y vigilará su vida como ha descuidado la de sus víctimas. Cuando transite el corredor del no retorno volverá a comer. El verdugo no se va a dejar morir por un año de cárcel o de libertad condicional. Juega de farol. Darle alguna medida de gracia a De Juana en atención a los derechos humanos sería un sarcasmo. Es poco, pero hasta el último día.

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El fascismo después de Auschwitz, por Eduardo Subirats (El Mundo)


TRIBUNA LIBRE

Los bombardeos de ciudades con el objetivo explícito de erradicar a una población étnica y religiosamente definida como islámica, las masacres genocidas perpetradas por organizaciones paramilitares, los campos de concentración, tortura y exterminio indiscriminado de partisanos, ciudadanos inocentes y mujeres clasificados como islámicos, la destrucción intencionada y sistemática de legados culturales de los pueblos, y el soberano desprecio por cualquier norma legal y moral irrumpieron súbitamente, al cerrarse el siglo, en una Europa alegremente confiada en las promesas de un neoliberalismo triunfante tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Cerraba aquella Guerra de los Balcanes la absoluta pasividad de la masa electrónica global.

Un historiador europeo, Jacques Julliard, advirtió entonces en el título de su ensayo: Ce fascisme qui vient... En aquel año de 1994, sin embargo, semejante aviso parecía extravagante. La ya olvidada Guerra de los Balcanes respondía, al fin y al cabo, a un conflicto local, y sus estrategias criminales se percibían más bien como un déjà vu. Esto es lo que entonces se creía o se pretendía. Por lo demás, la aldea global consumía alegremente una posmodernidad multicultural y milagrosos índices de crecimiento. ¿Qué podía significar a comienzos de los años noventa un fascismo del mañana?

La palabra «fascismo» ya había adquirido, por otra parte, un perfil desgastado. La academia anglosajona (R. Griffin, es un caso tan sintomático como las películas de Hollywood sobre el tema) ha venido trivializando el fascismo histórico y global a la categoría de un poder carismático ligado a ideologías salvadoras y a un concepto de totalitarismo conceptualmente recortado desde una estricta visión jurídica. Estas versiones académicas han identificado además fascismo y nacionalismo con apasionada terquedad. A cambio, han ignorado sus raíces históricas en los imperialismos clásicos y modernos, y en la teología política colonial.

Por decirlo más exactamente: la predominante interpretación academicista norteamericana ha convertido el fascismo en un fantoche nacionalista, al mismo tiempo que lo ha deslindado del colonialismo y el imperialismo financiero y militar, que sin embargo han sido sus fuentes modernas. En consecuencia se siguen ignorando los ostensibles vínculos del fascismo de ayer y de hoy con las corporaciones industriales, energéticas y militares. Y, sobre todo, esta definición políticamente correcta del fascismo se ha preocupado por silenciar las dos interpretaciones críticas más importantes del fascismo, formuladas inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial: la de Karl Polany, que ponía de manifiesto el intercambio de signos entre neoliberalismo y fascismo, y la de Max Horkheimer y Theodor W. Adorno que señalaban su continuidad con la tecnociencia baconiana.

Sin embargo, seguimos aplicando corrientemente la palabra fascista (de manera impropia si considerásemos propia la apropiación académica de las palabras) a un concepto agresivo de poder que no respeta límites nacionales ni morales, utiliza los medios del escarnio mediático y la propaganda total, emplea la tortura, el crimen y el terror como instrumentos de coacción, y aplica con perfecta impunidad estrategias genocidas como medio de extender sus megamáquinas militares y políticas. Llamamos fascistas a las estrategias que buscan la destrucción de comunidades históricas, de ecosistemas y legados culturales, y de normas morales establecidas a lo largo de la historia de los pueblos. En este sentido, nos referimos a Hitler, Franco o Pinochet como fascistas. Y en este sentido decimos que las políticas de aniquilación de Oriente medio apantalladas por Bush o Blair son fascistas. Y que es fascista la estrategia de exterminio terminal que Putin ha desplegado en Chechenia. Y que la aniquilación de las ciudades sagradas de Irak o los barrios chiitas de Beirut es un genocidio fascista, como lo fue el bombardeo de Guernica y del ghetto de Varsovia.

El carisma de un poder personalizado ha sido otro signo distintivo del fascismo histórico. Y qué duda cabe que esta dimensión no se aplica a los líderes de la Guerra global del siglo XXI. De la dislexia a la simple necedad, las escasas dotes intelectuales de los líderes de la guerra global y la Guerra contra el Mal han sido reiterado motivo de chanzas populares. El nuevo fascismo tampoco se sirve de grandes oradores como Mussolini o Perón. En la sociedad del espectáculo, que ha depuesto al arte, la política ya no se define como gran estilo, sino como design. Sus líderes son máscaras mediáticas sin otra función que la de ocultar con su impenetrable y vacía opacidad la irresponsabilidad histórica del nuevo orden militar del mundo.

Este remozado fascismo no se distingue del viejo en su misticismo regresivo de guerras salvadoras contra el mal, ni en su fanfarrie de los valores de Occidente; tampoco en la cultura del odio sin el que esa falsa trascendencia no podría triunfar. Su dimensión fundamental reside en la naturaleza terrorífica de sus armas, y en el desorden y la dominación globales que instauran. Los cientos de toneladas de uranio empobrecido sembrados en Kosovo, Afganistán e Irak, y la guerra biológica en el Amazonas colombiano son paradigmas de este terror que ha inaugurado el siglo XXI.

Pero la Guerra de los Balcanes puso de manifiesto un subsiguiente aspecto perturbador. No sólo brindaban horribles masacres y cuadros de putrefacción política en sus pantallas. Al mismo tiempo reducían al ciudadano a la condición de consumidor de sus imágenes degradadas y lo evaporaban como conciencia. Este doble proceso de aniquilación, que por un lado comprende la reducción de ciudades y vidas humanas a la condición de ruinas; y por otro la rendición de nuestra existencia a la condición de consumidores, ha adquirido en la producción mediática de nuestra guerra global el carácter de un sistema de escarnio y deshumanización permanentes.

Eso explica la paradójica diferencia entre el fascismo nacionalsocialista y el fascismo global de hoy. La transformación de la democracia en espectáculo permite la implantación masiva de controles totalitarios, desde la vigilancia electrónica de internet hasta la tortura, sin necesidad de modificar sustancialmente su supraestructura jurídica y su apariencia cosmética liberal, feminista y multicultural.

La volatilización digital de las últimas elecciones mexicanas o la escenificación paródica de la democracia bajo los términos constituyentes de la sangrienta ocupación militar en Irak son dos extremos complementarios de este mismo sistema democrático que hoy ampara un efectivo pero intangible sistema de dominación totalitaria global. Que las megamáquinas del poder financiero y militar contemporáneo no necesitan organizar movilizaciones de masas físicas es precisamente un argumento a favor del nuevo fascismo que acompaña las guerras imperialistas de nuestros días y amenazan nuestro mañana con una regresión política y cultural radical. No tenemos movimientos de masas fascistas como los que teníamos en los años treinta del siglo pasado, porque los highways electrónicos concentran hoy mucho más expeditivamente a la masa humana global en los containers mediáticos, la moviliza más eficazmente a través de sus estímulos virtuales y evaporan terminalmente su existencia a través de su conversión digital y estadística. La guerra contemporánea, con sus consecuencias genocidas cada día más patentes, es la expresión culminante de esta lógica aniquiladora del espectáculo.

Eduardo Subirats es filósofo y profesor de la New York University.

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miércoles, 14 de febrero de 2007

Zapatero volverá a negociar con Eta, por Luis María Anson, El Mundo


CANELA FINA

«En cuanto Eta me dé un pretexto, volveré a negociar». Con estas palabras se puede resumir el fondo de la última intervención de Zapatero en el Congreso de los Diputados. Ni la menor sombra de rectificación o de reconocimiento sustancial de errores. El presidente negoció políticamente con Eta antes y después de la tregua. Contrajo compromisos concretos con la banda para que ésta declarara «el alto el fuego permanente» en la primavera pasada. Cumplió después con parte de esos compromisos, desvelados por «Gara», pero, ante la presión de la opinión pública, del PP, de la Justicia y la actitud de Francia, creyó que podía dar largas al resto de los acuerdos como en su día hizo con ERC en el Estatuto de Cataluña. Eta recordó al presidente que no es ERC con el bombazo de Barajas.

Enterrado el presidente bajo los escombros de la terminal 4, las torpezas del PP le han permitido emerger de la catástrofe. El aparato mediático que le apoya se ha lanzado a la más radiante manipulación para enmascarar el fracaso zapateril y llevar a una parte de la opinión pública la idea de que al terrorismo no se le vence por culpa del cerrilismo del PP al negarse a la unidad de los demócratas y a asistir a la manifestación convocada, de hecho, por el Gobierno para el rescate de su presidente malherido. «Una manifestación urdida con el objetivo primordial de descargar la responsabilidad del fracaso de las negociaciones sobre quienes no las aprobaron», ha escrito Juan Manuel de Prada, que cada día está más lúcido, cada vez escribe mejor.

Zapatero, embustero, enmascara, entre la hojarasca de la palabrería inane, su propósito real: volver a negociar con Eta en cuanto sea posible, burlándose de la gigantesca manifestación del 3 de febrero. Es un soberbio instalado sobre el sostenella y no enmendalla. Se considera el bien sin mezcla de mal alguno, el hombre providencial ungido por la fortuna. Desde que en la oposición firmaba el «Pacto por las libertades y contra el terrorismo» mientras negociaba bajo cuerda con la banda, hasta su última intervención en el Congreso, Zapatero no ha hecho otra cosa que mentir a todos, incluso a Eta. Se recrea en el juego de la mentira. Es un ludópata político. Y no hay nada que hacer. Mientras él esté en el poder, España caminará sobre la cuerda floja con riesgo diario de romperse la crisma. Felipe González fue un hombre de Estado. Zapatero, un ultra de la izquierda. Felipe González mantuvo siempre el pacto con el PP -más del 80% de la nación- en cuestiones de Estado. Zapatero es un chisgarabís que ha cambiado de socio constituyente, aliándose para esas mismas cuestiones de Estado con los partidos nacionalistas que quieren fragmentar España.

Rajoy es un gran gestor y un excelente parlamentario. Contundente, lúcido, coherente, eficaz, convincente, su oratoria se estrella contra la oquedad de la palabra presidencial, contra la impermeabilidad de un Zapatero al que los medios de comunicación adictos y los sumisos tertulianos le han dado el balón de oxígeno que necesitaba para desescombrarse de la terminal 4, endosando al PP, con el mayor cinismo, el fracaso de su negociación con Eta.

La campaña electoral está abierta: dentro de tres meses, las municipales; dentro de un año, las nacionales. La disparatada política de Zapatero nos ha devuelto a las dos Españas, a la de los garrotazos del cuadro de Goya; nos ha instalado en la crispación nacional, tras treinta años de tranquilidad institucional en el marco de la Monarquía de todos, la que defendió durante cerca de cuatro décadas Juan III, desde Estoril, contra la dictadura de Franco. Vamos a vivir un año muy duro, cada jornada más tensionado, más hirsuto y agresivo. Al tiempo. De Juana Chaos y la resolución del Supremo es sólo un rejón de muestra.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española

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Este domingo los andaluces ya serán como los catalanes, por Iván Tubau, El Mundo


BULEVAR

Refrendarán su estatuto. ¿Por qué? Porque lo han pactado PSOE y PP y eso quiere decir casi todo el arco parlamentario andaluz. ¿Es diferente al Estatuto de Andalucía al de Cataluña? Apenas. Uno define en el proemio a Cataluña como nación, el otro a Andalucía como realidad nacional. Ningún lingüista (modestamente lo soy) y ningún jurista serio (Francesc de Carreras por no ir más lejos) vería diferencia sustancial entre ambas formulaciones. Por lo demás, casi todo lo demás es igual, como en el estatuto valenciano, también pactado por PP y PSOE. ¿Entonces? Entonces resulta que el estatuto andaluz alude a la sacrosanta indivisibilidad de España (algo así como la indivisibilidad de un holograma o la del Dios uno y trino de los cristianos) y el de Cataluña no proclama esa sandez metafísica.

Escribo en este momento en Córdoba pero podría hacerlo -la internáutica es una aplicación de la física y no de la metafísica- en Cartagena, Murcia, Granada o Sevilla, lugares de donde he sido ciudadano transitorio en estos últimos días. Decían muchos rojos de cuando yo era joven que el fascismo se quitaba leyendo. Mentira. Si hubiesen leído lo suficiente, desde Louis-Ferdinand Céline a Ezra Pound o T. S. Eliot pasando por Xènius, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio d'Ors (así firmó cuando fue franquista) y un centón más de similar calibre -o a Pablo Neruda por transitar otros parajes-, se habrían percatado de que el fascismo no se quita ni escribiendo. Después, cuando la sanguinolenta dictadura franquista de beatas y legionarios finiquitó por motivos biológicos y llegó a Cataluña la dictadura blanca democrática del nacionalismo catalán, algunos de esos ilusos del ir leyendo dijeron que el nacionalismo se quitaba viajando.

Mentira también. Me he topado con nacionalistas catalanes en La Habana, San Francisco, Caracas, Varsovia, París por supuesto, Atenas, Budapest e incluso, al sur de Buenos Aires, con catalanistas del morro fort en ruta hacia la Patagonia. Y ahora mismito, recorriendo las comunidades autónomas de Murcia y Andalucía, no he dejado de tropezar a casi cada paso con nacionalistas españoles tan del morro fuerte como los catalanistas (dado que carezco del acento delator, no me toman por catalán y suelen sincerarse conmigo). Dicen, sintetizo a mucha gente, que el nacionalismo -así, sin adjetivar- es muy malo porque quiere destruir la nación española. Los andaluces que hablan (los que no, que son los más, no sé) quieren un estatuto tan potente como el catalán para así, siendo andaluces de realidad nacional, ser más españoles que nunca: átenme, por favor, esta mosca por el rabo.

Viajar por España no cura del nacionalismo catalán. Pero sí podría curar a algunos catalanes del nacionalismo español. Incluso darles ganas de convertirse al nacionalismo catalán. No es mi caso, porque pienso que en la Unión Europea del Mundo Globalizado, ser nacionalista español es tan obsoleto como serlo catalán, y casi tan risible como proclamarse comunista o católico de misa dominical.

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lunes, 12 de febrero de 2007

La depresión, Martín Prieto, El Mundo



BAJO EL VOLCAN

Hace años entrevisté al hijo mayor de Valle Inclán (hoy Marqués de Bradomín en uno de los más iluminados títulos que ha concedido el Rey) y me abrió la puerta en pijama haciéndome acompañar hasta su lecho donde se rebujó hasta las largas barbas de su padre. Me acomodé al pie de la cama y supuse que no estaba ante una excentricidad, sino ante una depresión. Luego conocí a Juan Carlos Onetti, quien había decidido exilarse en su cama con una botella de whisky y un bloc de notas, de donde sólo salió para su propio entierro, aunque en vida todavía recibió mucho. Son los lentos suicidios de los depresivos crónicos que se aíslan en un caparazón para librarse del dolor de la existencia.

Sigmund Freud no decidió suicidarse tras un cáncer de boca porque probablemente estaba suficientemente autoanalizado. Tengo una amiga que no se lava ni los dientes y en el mercado me confiesa que huele mal y trata de rociarse de perfumes logrando un ambiente mefítico. Son los viejos/nuevos desarrapados de la tierra ajenos de la brillantez, la belleza y el consumo. Mi psiquiatra, sabiéndome casado con una oncóloga infantil, me dice: «Tengo un índice de mortalidad superior al que tiene su esposa». Pero el suicidio tiene muy mala prensa incluso entre los ateos o agnósticos, y tampoco se publicita en la creencia de que pueden incitar a otros. El suicidio es tabú.

Las carreteras secundarias que conducen al suicidio tienen muchas bifurcaciones. La depresión exógena (por un hecho puntual de un acontecimiento terrible) tiene un encauzamiento y una morbilidad temporal. La depresión endógena es un caldo de cerebro donde se cuecen una serie de sustancias liberadas llamadas neurotransmisores como la serotonina, las catecolaminas y un mecanismo complejo de disminución, exceso o utilización de las mismas. Son los parias de esta nueva sociedad que ha aceptado la obesidad y la depresión como las principales enfermedades del siglo XXI. Sin embargo, sobran todos los médicos aficionados que estiman que el paciente de tristeza maligna lo único que no tiene es voluntad. Gracias a la farmacopea, los psicofármacos, si no curan, al menos permiten vivir al depresivo con un mínimo de dignidad personal.

Mariano José de Larra sufrió una depresión exógena por fracasos políticos y por el pendón de Dolores Arnijo. Hemingway se reventó la cabeza con una escopeta por un cáncer de piel e impotencia en una época donde aún la Viagra no había sido descubierta. La Iglesia Católica que negaba tierra sagrada a los suicidas ha mudado de opinión y les oficia responsos. Hace muy bien porque casi siempre el suicidio es un accidente y el del depresivo una consecuencia inevitable.

La semana pasada los buitres de la prensa rosa se han comido un festín de ignorancia y mala leche. No han perdonado ninguna morbosidad sobre el fallecimiento de una persona joven poco conocida. Ha sido como la exhumación del cadáver para que metan en él sus manos estos personajillos. Lo que no saben es que los depresivos -Erika Ortiz- van al cielo.

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Longevidad del resentimiento, por Félix de Azúa, El País.


Recuerdo perfectamente con qué ferocidad despreciábamos a Adolfo Suárez. El plural se refiere a la izquierda de aquellos años. Ni siquiera le odiábamos, era demasiado insignificante. Un burócrata que sólo suscitaba el sarcasmo, un trepador cuyas contradicciones podían facilitar la insurrección proletaria. Es cierto que le había votado una mayoría de la población, pero ya se sabe: los españoles son franquistas, borregos, rancios. Supongo que eso es lo que piensan de Zapatero muchos nacionalistas.

Luego pasamos a despreciar a González. Algunos habían sido compañeros suyos en la Universidad de Sevilla: un chisgarabís, un pelmazo del que huía la gente. Los sarcasmos contra Suárez se hicieron más virulentos contra González. Basta con releer lo que escribían las grandes plumas de la izquierda sobre la entrada de España en la OTAN.

Ahora, cuando el país va regresando inexorablemente al Ruedo Ibérico, nos percatamos de que Suárez y González fueron una bendición inmerecida para una casta intelectual fatua y microcéfala. Un par de políticos inteligentes, prudentes, hábiles, que nos libraron de nosotros mismos. Si hubieran triunfado los míos, por ejemplo, Cataluña habría sido una república popular maoísta. Nunca se lo agradeceré suficientemente a Suárez y González.

Éramos jóvenes y en ese periodo amorfo llamado "juventud", que en España dura hasta los cuarenta años, está permitido ser un majadero y que sin embargo te haga caso la prensa. Pero ahora, cuando se reproduce el viejo estilo del rencor y el resentimiento, ya nadie es joven, ni siquiera los jóvenes son jóvenes. Los "jóvenes" nacionalistas vascos patean las tumbas de los asesinados por sus padres. Han nacido viejos.

El mes pasado, escribía Muñoz Molina en estas mismas páginas su desaliento ante el delirio en el que ha caído la casta dirigente. Era el grito espantado de alguien que, por vivir fuera, se percata de lo asombrosamente inútil que llega a ser la elite española. El delirio de la oposición, perpetuamente encadenada a sus tráficos vaticanos, a su ética momificada, ese espíritu de bronca tan compatible con la codicia. El delirio de los periféricos, reduciendo sus fortalezas regionales a siniestras aldeas endogámicas cada vez más hormigonadas. El delirio del actual gobierno, convencido de poder dialogar con los nacionalistas, desde los más presentables hasta ETA, y proponiendo alianzas con el Islam. Vaya panorama.

Hace unos días tuve ocasión de hablar con una persona excepcional. Ha conocido la esclavitud verdadera, la de las mujeres que se pudren en los países islámicos. Ha vivido en Somalia, Etiopía, Arabia Saudita, Kenya... Sabe que en este momento no hay mayor injusticia que el islamismo explotador de una mitad de la población condenada por su sexo. La miseria del proletariado en la época de Marx era un privilegio comparada con la miseria de millones de esclavas (laborales, familiares, sexuales) que se ocupan de la totalidad del trabajo de la aldea mientras los hombres se dedican a pavonearse rifle en mano y a rezar. No podía concebir que alguien como Zapatero, con mando en un país europeo, hablara de "alianza de civilizaciones". ¿Qué civilizaciones? Si a sus hijas les hubieran cortado el clítoris y cosido los labios externos quizás no fuera tan frívolo.

Suárez dialogó con gente que le despreciaba, pero que estaba deseando salir de la cloaca. Es cierto que los comunistas seguían persuadidos de que no había nación en la tierra que pudiera compararse con la URSS (¡la de Breznev!), y que nuestros jefes hablaban en verso sobre Rumania y sobre la portentosa inteligencia de Ceacescu. Estos majaderos, sin embargo, ya no creían en sus propias mentiras y por lo tanto se podía dialogar con ellos. Suárez lo hizo y consiguió que entraran en el orden democrático al que juzgaban un modo de explotación más peligroso que el fascismo. Suárez dialogó porque lo que tenía delante era un fantasma que al oír el primer ring de monedas se esfumó como Drácula y se dedicó a proteger a las focas.

No es ese el caso de ETA, ni el de los islamistas que con tanta precisión describe una y otra vez Antonio ElorzaNi siquiera es el caso del PNV. Quizás Esquerra Republicana esté más cerca de la lucidez: por lo menos ya se les ha producido una escisión y eso indica que puede haber pensamiento incluso en una nevera. Ley de oro desde Maquiavelo es que no puedes dialogar con quien está persuadido de que tú eres débil y él es fuerte. Que Alá está de tu parte, o que están contigo Dios y las cajas de ahorro vascongadas más algún sindicato para que el amo no esté solo.

Nuestro presidente dice que hay que dialogar con los opresores. Parece que no haya dialogado en su vida con alguien que le toma por bobo. La quiebra de esos diálogos imposibles conduce a callejones sin salida. Los callejones sin salida generan frustración. La frustración es la madre del resentimiento. Hemos regresado a la política del resentimiento, la continuación del franquismo. El gobierno no piensa en los ciudadanos, el gobierno sólo piensa contra la oposición. Un gobierno que le tiene tal pavor a la oposición como para no abrir la boca sin mencionarla (¡mamá, mamá, mira lo que ha hecho Rajoy!), es un gobierno de una debilidad incompatible con cualquier diálogo. La consecuencia ha sido el fracaso del "proceso de paz", mal planteado desde su bautismo con esos términos episcopales.

¡Qué nostalgia de Suárez y González! El uno y el otro hubieron de vérselas con enemigos mucho más peligrosos que los que lidia Zapatero. Suárez con los franquistas, es decir, con la totalidad del poder económico, o sea el poder madrileño, vasco y catalán que era el único que había. González, con sus propias huestes, cabras locas, conspiradores del ochocientos. Ambos, con una ETA que en aquel momento no sólo era infinitamente más fuerte, sino que recibía el apoyo de toda la izquierda del país. Y sin embargo pudieron imponer su diálogo, es decir, meter en vereda a los inválidos morales en menos que canta un gallo.

¿Por qué entonces Zapatero no puede con unos adversarios desdentados como los del PP, y una ETA a la que ya sólo apoyan los caseríos y ni siquiera todo el PNV? Porque no logra convencer de su poder, es decir, el poder del Estado. Y cuando el Estado muestra su debilidad, el rencor, el resentimiento y el oportunismo ocupan la escena.

Si alguien desea conocer el desarrollo de una conciencia política racional y no visceral, lea la estremecedora autobiografía de Ayaan Hirsi Ali (Mi vida, mi libertad). Verá cómo la inteligencia unida al coraje puede vencer a la esclavitud en las condiciones más opresoras. Ayaan Hirsi es en verdad una revolución viviente porque dice aquello que todo el mundo sabe, lo evidente. Aquello que los islamistas ocultan, niegan, disimulan, disfrazan, porque amenaza el dominio que ejercen sobre la mitad de la población. Y lo dice sin rencor, sin odio, sin resentimiento hacia sus torturadores. Sabe que no hay posibilidad de diálogo, ni alianza que valga, hasta que millones de mujeres se persuadan de su poder. Por eso dialoga con las oprimidas, no con sus opresores. Será lento, pero no hay otro camino.

Aplíquese el cuento aquel que desee dialogar. Haga como Ayaan Hirsi, apueste por lo evidente sin rencor ni resentimiento. Utilice el poder del Estado para ayudar a los ciudadanos oprimidos, no para sumirlos en una mayor opresión dialogando con sus opresores. Y olvídese de la oposición. Está ahí para evitar el monólogo gubernamental.

Félix de Azúa es escritor.