Blogoteca: enero 2007

miércoles, 31 de enero de 2007

Cataluña show, Pedro J. Ramírez, El Mundo


A las seis de la tarde del 1 de julio de 1808 la Muy Ilustre Junta Gubernativa, Militar y Económica de la ciudad de Gerona, integrada por representantes del ayuntamiento, el cabildo catedralicio y «otras distinguidas personas» aprobó un trascendental decreto, en el real nombre de «don Fernando VII por la gracia de Dios, rey de las Españas y de sus Indias». Incluía dos considerandos y dos puntos dispositivos a cual más significativo y elocuente.

En el primer considerando se establecía que la gran victoria que acababa de obtener la ciudad al haber resistido el primer sitio de los franceses «se debe a la protección de su patrón y mártir San Narciso» que ya había librado a los gerundenses del mismo pertinaz enemigo tanto en 1653 como nada menos que en 1285. En el segundo considerando se afirmaba literalmente que «frente a la tiranía y opresión de Napoleón Bonaparte es necesario nombrar a un jefe que dirija las operaciones y tenga bastante poder para contrarrestar las fuerzas del enemigo y nadie mejor que el citado patrón San Narciso puede desempeñar este encargo por la virtud que le ha comunicado el Altísimo y ha manifestado tan visiblemente en todas las épocas».

Teniendo en cuenta tales antecedentes, el primer punto dispositivo proclamaba que la tal Junta «ha venido en nombrar formalmente por generalísimo de las armas de mar y tierra al citado patrón y mártir San Narciso, encargándole estrechamente la defensa de esta ciudad, suplicándole humildemente se digne admitir el referido nombramiento». El segundo punto dispositivo acordaba que, a efectos de pasar de las palabras a los hechos, «el domingo próximo día 3 del actual, con toda solemnidad se notifique al mismo San Narciso este decreto y se le entreguen, en señal de ser reconocido por generalísimo, los magníficos distintivos de faja, bastón y espada que se depositarán dentro de su sepulcro».

Comprendo que la evocación de esta escena, incluida en la clásica Historia de la Guerra de la Independencia en el Antiguo Principado de don Adolfo Blanch, no resulte hoy políticamente correcta. Y no tanto por la credulidad en la intervención sobrenatural de los apenas ocho mil habitantes que componían el censo de la «inmortal Gerona», sino por la «paradoja» que Ronald Fraser acaba de subrayar en su recién aparecida obra La maldita guerra de España: «Los catalanes estaban dispuestos a defender la monarquía borbónica española que desde hacía un siglo les había privado de sus preciados derechos de autogobierno... No sólo se levantaron y lucharon sino que su resistencia fue mayor, más encarnizada y con mayor coste de vidas y propiedades que en casi ninguna otra región de España».

Pido disculpas, pues, por recalar en este momento histórico sobre el que en Cataluña parece haberse corrido el tupido velo de la amnesia colectiva -como si entre los Decretos de Nueva Planta y la Renaixença el propio territorio hubiera quedado sumergido bajo el mar-, pero constituye un antecedente imprescindible de cara a la propuesta que, sin otras pretensiones que contribuir a despejar lo que puede ser dentro de unos días un problema poco menos que irresoluble, me atrevo a presentar ante las fuerzas políticas que concurren a las elecciones del 1 de noviembre.

Estoy hablando de la extrema dificultad que rodeará a la investidura de un nuevo presidente de la Generalitat si se confirman los resultados de las últimas encuestas. Todo indica que las listas encabezadas por Artur Mas van a obtener una holgada victoria, aunque muy alejada de la mayoría absoluta. Su compromiso ante notario de no pactar con el PP le ata de pies y manos de cara a obtener los votos de esa leprosa formación española -aun en el supuesto, no muy probable, de que fueran decisivos-, pues sobre su cabeza pesa ya la terrible espada de Damocles de, en caso de incumplimiento, llegar a mosquear al notario.

Tanto si Montilla salva los muebles con un resultado digno como si sufre el revolcón que públicamente pronostican -y secretamente anhelan- la mayor parte de los popes del PSOE, no sería nada sencillo hacerle pasar por la humillación de respaldar a su gran adversario. Entre otras cosas porque eso ya no sería la pragmática sociovergencia -el orden de factores sí altera el producto- sino un inquietante y mercantil convercialismo, controlado por engreídos petimetres como ese David Madí que ha roto la campaña con su millón de videos sobre los desastres del Tripartito o ese Xavier Sala i Martín que se atreve a interrogar ariscamente a todo un ex ministro sobre sus responsabilidades en el desempeño del cargo. (Si quieren saber por qué el «¿pero tú qué te has creído?», con que el bachiller Montilla abortó la entrevista, me hizo sentir nostalgia del ministro electricista, no se pierdan la película GAL).

Es cierto que siempre quedará el alto sentido de la responsabilidad y la enorme capacidad de infundir confianza tanto al mundo empresarial como al conjunto de las instituciones del Estado de un Carod-Rovira erigido en árbitro de la situación. Máxime cuando la calidad humana e intelectual de eximios colaboradores suyos como Puig y Tardà -¡qué acierto la original comparación de Enrique Múgica con Milosevic!- acaba de verse reforzada por la hondura del pensamiento de la propia esposa del líder carismático, tanto en lo que se refiere a la correcta caracterización de «los hijos de puta del PP» como sobre todo en su genial percepción del efecto sacramental que el aprendizaje del catalán podría tener sobre «un senegalés» -hasta el punto de llegar a convertirlo en «¡ciutadans de Catalunya!»- frente a la mera redundancia que el dominio del castellano aportaría a su condición de negro y africano.

Unase a esta revelación mística el sentido pragmático del carné de catalanidad por puntos tan oportunamente propuesto por CiU para distinguir al buen inmigrante del charnego potencial y se tendrán los mimbres de la gran coalición nacionalista. Nadie puede dudar de la estricta complementariedad entre las Oficines de Garanties Lingüístiques, promovidas por Esquerra, que con tanta eficacia han venido canalizando las denuncias anónimas contra quienes rotulen sus comercios en castellano y la inspirada propuesta del mismísimo Artur Mas cuando ante los reparos de que en Cataluña se están violando los derechos humanos de las familias que no pueden elegir su lengua materna como idioma vehicular de la enseñanza de sus hijos, replicó: «Que se monte un colegio privado en castellano para quien lo quiera pagar, exactamente igual que se montó uno en japonés». Pero, claro, esa investidura con los votos de Esquerra no sería la mejor tarjeta de visita para convencer a Solbes de que, cuando se traduce al catalán, todo 18% de la inversión pública del Estado excede, como mínimo, y eso tirando por lo bajo, del 20 o del 22%.

Siempre nos quedaría, por supuesto, la alternativa de una reedición del Tripartito sustentada fundamentalmente en la afinidad entre las juventudes de Esquerra cuya simpatía y elegancia arrancando páginas del libro de la Constitución aún se recuerda en las calles catalanas, las juventudes del PSC que tantos reflejos exhibieron en su campaña en defensa del actor al que la censura madrileña no le permitía repetir desde el escenario del teatro Español -hay lugares en los que cada nombre es ya una provocación- algo tan sensato y ponderado como que «se metan a España ya en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando de los campanarios» y las juventudes de Iniciativa, cuyo único pecado ha sido decir en voz alta lo que todo buen progresista que sea a la vez buen catalán anhela y siente: «¡Fóllate a la derecha!» ¡Ele la grasia! ¡Estos son nuestros niños!... Pero nunca segundas partes fueron buenas, máxime si tal combinación supusiera la investidura de un menguado Montilla que, frente a la visión cosmogónica de un gigante como Maragall, sólo podría aportar la acreditada honestidad -valga la redundancia- exhibida en sus relaciones con la Caixa y la solvencia en la gestión acrisolada, con ayuda de la discreta Mayte Costa, durante la reordenación del sector eléctrico en perfecta sintonía con las autoridades europeas.

No, yo creo que la presidencia de la Generalitat debe decidirse de forma más imaginativa. La Cataluña autonómica sometida por los poderes fácticos a un régimen de libertad vigilada podía permitirse tener como cabeza visible a un político de carne y hueso, tal y como viene ocurriendo en Murcia, Extremadura o La Rioja; pero la Catalunya triomfant que ha obtenido del gran estadista Rodríguez Zapatero su reconocimiento como nación y que en lógica correspondencia dirime ya fraternales contiendas internacionales con la selección de Euskadi, no debe conformarse con continuar siendo como las demás. Aprovéchese pues el previsible embrollo del resultado electoral como una bendición disfrazada y entronícese en la presidencia de la Generalitat no a un ser humano vulgar y corriente sino a una leyenda, bajo cuyo eximio patronazgo la aritmética parlamentaria se limite a proporcionar un conseller primer y su correspondiente gobierno.

Puesto que, a menos que se asuma el riesgo de verle cambiar el color de la faz, el signo de los tiempos y el propio tono moral de la campaña -con o sin preservativo- desaconsejan hacer extensiva a la Moreneta la preferencia que los gerundenses hicieron recaer en San Narciso, mi primer y más obvio candidato era naturalmente Samuel Eto'o. ¿Quién si no el máximo goleador del Barça cuyos merecidos insultos al detestado opresor -«¡Madrid, cabrón, saluda al campeón!»- aún resuenan con orgullo en todos los oídos, para representar a modo de monarca republicano y nuevo emperador del Paralelo a la Catalunya integradora en la que lo importante no es de dónde se viene sino adónde se va?

Surgió, sin embargo, un grave malentendido cuando el otrora camerunés pareció llamarse andana aquel día en Santander en que le hicieron una pregunta en catalán. Cargado de razón y empatía con su pueblo, el periodista Vicenç Villatoro -perdón, Villabrau- advirtió que en ese momento «saltaron todas las alarmas» porque «si un jugador del Barça expresa alguna forma de menosprecio por el catalán, por los símbolos del país, se está cargando el núcleo del guión... la base del invento». Y el propio Villabrau interceptaba con contundencia el contraataque del racionalismo escéptico: «'Fichamos a los jugadores para que marquen goles, no para que aprendan lenguas'. Pues no. No es cierto del todo». Y perforaba la red por toda la escuadra en un espectacular remate ganador: «Los fichamos para que metan goles, pero también para que encarnen los valores que se asocian al Barça... Necesitamos que Eto'o sea el Pichichi de esta Liga y de esta Champions, pero también que sea un símbolo». Completamente de acuerdo: la bandera estelada, Els Segadors y el Molt Honorable Samuel Eto'o leyendo a Verdaguer en el Pati dels Tarongers.

El malentendido quedó zanjado de forma plenamente satisfactoria cuando Eto'o aclaró que había tenido un problema coyuntural de carácter auditivo, pero que en el futuro procuraría limpiarse más a fondo las orejas y acudir a lugares de mejor acústica. Sin embargo tanta responsabilidad y tanta tensión emocional hicieron mella en él y Eto'o terminó por lesionarse. Nuestro gozo en un pozo, candidatura descartada, porque el presidente de la nueva Catalunya no puede lesionarse.

La siguiente opción era, por supuesto, Ronaldinho. Pero ¿y si esta tarde no lidera al equipo con suficiente tino como para permitirle obtener la justa victoria en el Bernabéu con la que tan intensamente sueña todo el volk catalán?. ¿A qué dedicarán entonces los periódicos de información general las 48 páginas y media y los titulares de portada del cuerpo heroico que tienen reservados para el -un año más- histórico evento? No, la dignidad del presidente de la Generalitat no debe estar hipotecada por el filosófico albur de que el balón entre o no entre. Hay que buscar a alguien fuera de la plantilla del primer equipo.

Y héteme aquí que, en plena tormenta de ideas -que si Johan Cruyff, que si Montserrat Caballé, que si el presidente de la Caixa al cabo de una clarificadora macrofusión...- apareció el arco iris del precedente de San Narciso. De repente todo se iluminó con tanta intensidad a mi alrededor que parecía que estuviera en el palco del Nou Camp. Si el patrono de Gerona había podido tomar el mando sucesivamente en 1285, en 1653 y en 1808 sin que el paso de los años mermara su capacidad de servir con eficiencia a la causa de la ciudad, ¿por qué no podría el reiteradamente proclamado en la actualidad como máximo santo laico de Catalunya, Lluís Companys i Jover, volver a ocupar el cargo que con tanta lealtad a las instituciones republicanas -salvo alguna pequeña veleidad en octubre del 34- y eficacia en el ejercicio de las competencias de orden público y en la subsiguiente salvaguarda de las vidas y bienes de las personas -excepción hecha de algunos miles de clérigos y burgueses provocadores- ya ostentara entre el 1 de enero de 1934 y el 15 de octubre de 1940, fecha de su fusilamiento?

Bastaría un pacto de carácter cuatripartito entre CiU, PSC, ERC e Iniciativa para acordar que cualquiera que fuera el resultado dentro de 10 días Lluís Companys i Jover volviera a ser investido president de la Generalitat, siquiera fuera a título honorífico. Sería una oportunidad irrepetible para hacer palidecer las más impresionantes fiestas cívicas organizadas por David durante la Revolución Francesa. Los programas de los cuatro partidos serían depositados en el interior de su tumba y una procesión de antorchas mucho más completa que la que encabezó Carod recorrería la ciudad tanto a la ida como a la vuelta de la montaña de Montjuïc.

Junto a los máximos líderes de los partidos nacionalistas y asimilados, formarían parte del cortejo los presidentes de las federaciones catalanas de Hockey sobre Patines y Korfball, pioneras en la lucha por la homologación internacional, el primer secretario de las Joventuts Socialistes de Martorell tan injustamente zarandeado estos días tras su noble respuesta a la provocación de Acebes y Piqué pretendiendo hablar en su pueblo, el creador de la iniciativa Ballem en Català (Bailemos en Catalán) empeñado en promover la traducción de los mejores tangos, habaneras y boleros a la dulce lengua de Prat de la Riba y el líder del autodenominado Exèrcit Català de Pequín que acaba de darse a conocer al proponer a los asistentes al concierto de Bruce Springsteen que hicieran ondear la senyera en el momento en que el Boss entonara su We shall overcome como homenaje a todos los pueblos oprimidos del mundo.

Me comprometo a ver pasar la procesión apostado tras los mismos visillos de la casa de mis abuelos en la calle París cantonada Aribau -entre el bar París y el cine Astoria- desde la que durante la segunda mitad de los 60 y la década completa de los 70 presencié el deslumbrante espectáculo del desarrollo cosmopolita de una gran capital de la cultura internacional en la que catalanismo era sinónimo de apertura, universalidad y pluralismo y en la que el nacionalismo excluyente no era sino una apolillada extravagancia. Ahora bien, no derramaré ni una lágrima por la aldeana decadencia de ese periodo de grandeza que tuvo su apogeo el 24 de octubre del 77 con el Ja soc aquí de Tarradellas y su comienzo del fin el 9 de mayo del 80 cuando Jordi Pujol impidió que su admirable antecesor concluyera su parlamento, en el acto protocolario del relevo, dando un viva a España, tras el visca Catalunya de rigor. Tal vez sea exagerado decir que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece, pero nunca como en esta grotesca campaña ha quedado tan en evidencia que los políticos de un lugar raras veces suelen ser mejores que sus periodistas, empresarios y demás líderes sociales.

pedroj.ramirez@el-mundo.es, 22.10.06

Charnegos separatistas y españoles de Cataluña, Iván Tubau, El Mundo-Cataluña

Charnegos separatistas y españoles de Cataluña, por Ivan Tubau, El Mundo-Cataluña

Por fin ha aflorado la cuestión clave de Cataluña: los charnegos, su identidad y su lengua. Ya era hora. Enhorabuena a Montilla y sus asesores: los hijos y nietos de aquellos españoles que empujados por la miseria vinieron a una región más próspera de su país (es impropio por tanto llamarlos inmigrantes) y que el pujolismo maragallista logró dividir en las dos subespecies que figuran en el título, podrán si quieren, votando, intentar tener voz.

Sobre la primera subespecie (charnegos agradecidos los llamó Ramón de España) me limitaré a citar un texto reciente de Gregorio Morán (La Vanguardia, 30/09/06, pág. 30): «Me acuerdo de que la difícil conversación ( ) derivó en una explicación del escritor Julià de Jòdar [sic] sobre la que él consideraba la mayor amenaza que pesaba sobre Cataluña [sic]: el efecto maléfico de la emigración obrera que había planificado Franco para destruir el meollo de la autenticidad catalana. Mi primera reacción cuando escucho una broma de grueso calibre es pensar que no lo he entendido bien. Pero no, iba en serio, y durante muchas semanas seguí dándole vueltas a las afirmaciones de Julià de Jòdar, pero no tanto por las afirmaciones en sí, que son insostenibles desde cualquier perspectiva histórica, fuera del mundo heredero de Torras i Bages, sino del por qué. ¿Qué está ocurriendo aquí para que un hombre inteligente, escritor concienzudo, de familia emigrante, que ni se llama Julià ni se apellida Jòdar -que es pueblo de la provincia de Jaén-, sea capaz de asumir que los suyos han sido la quinta columna del franquismo para desvirtuar Cataluña en la posguerra?».

¿Qué ocurre, Gregorio? Pues que, estando en la órbita de ERC o más p'allá, creen en identidades colectivas y concilian fe e intereses. Tocan o esperan tocar el poder mafioso nacionalista que copa gobiernos, universidades, medios de comunicación, editoriales.Disponen de tribunas desde donde, timbalers del Bruch, fingir que representan a muchos. Pero solo se representan a sí mismos.Son pocos: si contamos una persona, un voto, casi irrelevantes.

Los otros se consideran españoles de Cataluña, como los de Brest franceses de Bretaña. Pueblan las periferias y el centro pobre de Barcelona y otras grandes ciudades. El castellano es su lengua usual. Montilla juega fuerte: le ha dicho a Mas que si se niega a hacer el debate en castellano es que no conoce Cataluña.

Esas gentes, que se sienten de izquierdas -cinturón rojo llamaban a eso en tiempos- no votan en las autonómicas. La única vez que lo hicieron fue por Vidal-Quadras. Si Montilla consigue llevarlas a las urnas, será president. Con un andaluz llamado Pepe en la presidencia, comenzará el fin de la Cataluña identitaria. Después ya tendrán voto más hispanos que españoles, porque ahora vienen de Quito o Medellín y no de Murcia o Almería... Eso sí, conviene que dos o tres Ciutadans le recuerden a Montilla en el Parlament que debe la presidencia a la Cataluña real, la del futuro; no a la imaginaria de Prat de la Riba, la del pasado.

© Mundinteractivos, S.A. (15.10.06)

El catalán contra el castellano, Javier Gómez de Liaño (El Mundo)

Los hechos son recientes. El mes pasado, un coro de vociferantes nacionalistas vapuleaba a la escritora Elvira Lindo por pronunciar en Barcelona el pregón de las fiestas de la Mercé en castellano. Incluso uno de los asistentes al acto llegó a definir las palabras de Lindo como «intento de genocidio de la lengua catalana». Pocos días antes, al futbolista camerunés del Barça, Samuel Eto o, le acusaban de «provocar a toda una nación» por haber rogado a una periodista catalana que le hablase en castellano, pues no entendía lo que le preguntaba. Son dos historias que traigo a colación para abordar, una vez más, ese mal al que cabría llamar papanatismo nacionalista y que puede encubrir, además de la intolerancia, la estulticia de quienes lo practican con más aplicación de la precisa.

Está visto que para algunos en Cataluña la lengua es condición diferencial, por mucho que la Constitución no lo tolere. Recuerdo a quien leyere que el artículo 14 de nuestra Ley de leyes dice: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». Ya sé que es un artículo tópico desde el punto de vista político, pues proclama una norma inequívoca y generalizada en todas las democracias, pero su sentido es claro.

No cabe duda de que en el terreno político hemos avanzado lo suficiente como para considerar inadmisible que se impida a un rumano, a una mujer o a un protestante acceder a un empleo por motivo de su condición, pero también es evidente que aún hay ámbitos y lugares en los que no puede darse por definitivo el final de las exclusiones. Para algunos fanáticos y a la vez mediocres, hablar el castellano en Cataluña está fuera de las posibilidades de una buena parte de españoles -catalanes o no catalanes-, olvidando que el catalán es patrimonio de todos, lo mismo, aunque quizá no en igual medida, que el recio castellano, el bucólico gallego o el misterioso vasco. España incluye en su forma de ser una lengua catalana y una gallega y una vasca, pero también -y obviamente- una castellana, que para no pocos españoles es el español por antonomasia.

«No hay lenguas oprimidas, como dicen los nacionalistas. Han inventado ese fantasma como un arma política, entre otras». Así lo sostiene Francisco Rodríguez Adrados, catedrático de Universidad y académico de la Lengua y de la Historia. Mucho me temo que la pretensión de esos nacionalistas extremos es arrinconar al castellano como una lengua de cuarta. Impedir que una escritora lea un pregón en castellano constituye una ofensa a todos los españoles y tan aviesas y demenciales actitudes como las que comento son propias de políticos y pseudopolíticos que entienden la cuestión lingüística como una guerra.

Conozco a bastantes catalanes bilingües y plurilingües, en el sentido más aproximado al conocimiento de dos o más lenguas. Algunos han llegado a decirme que Cataluña puede existir sin España y, sin embargo, España no puede existir sin Cataluña, cosa que, desde la realidad histórica, es al revés. Para otros, más sensatos que los anteriores, una sociedad bilingüe en iguales proporciones es aquélla en la que cuando alguien inicia una conversación, uno de los dos tiene iguales probabilidades de ser contestado en el mismo idioma. A propósito, recuerdo que en el año 1981, durante una conferencia que ofrecí en el Colegio de Abogados de Barcelona sobre la situación penitenciaria de Cataluña, al reproche de un joven letrado catalán por no expresarme en su idioma contesté que si el trabajo me dejaba tiempo, en un par de años estaría en condiciones de poner las resoluciones judiciales en catalán, siempre que me lo pidiera la mayoría de los abogados.

A mi juicio, Elvira Lindo -aparte los motivos que puedan tener los amantes del buen escribir-, al pronunciar su pregón en castellano desbarató una de las coartadas de esos burócratas de la cultura que se amparan en el nacionalismo sectario y demostró que en Cataluña algunos ignoran que quien habla y escribe bien el español tiene mucho ganado para leer el catalán y escribirlo. También Samuel Eto o pudo haber caído en la trampa, pero se dejó de componendas y pidió a su entrevistadora que le hablará en castellano. Su oficio de deportista -ponga lo que ponga un contrato- no le exige claudicación alguna.

Su éxito, al igual que el del pregón de Elvira Lindo, no hace sino reafirmar una vieja idea, que en ningún caso poseo en exclusiva. Me refiero a que, por desgracia, la vía de la inteligencia tropieza con obstáculos por todas las esquinas. Junto a la alegría de sus triunfos, Lindo y Eto o nos han planteado un par de interrogantes de no muy difícil contestación. ¿Acaso, tras ese tipo de actitudes y comportamientos no se esconden los síntomas de la vulgaridad? ¿Cuántas personas piensan que el secreto del talento radica en el idioma que se emplea? Una respuesta nos la ofrecía Pilar Rahola hace sólo unos días: «Los idiomas no se salvan boicoteando a escritores amigos que tienen algo que decirnos, y que lo dicen en su bella lengua. Muy al contrario, contaminar los problemas estructurales, con polémicas de baja estofa y poca utilidad, ayuda a deteriorarlos». Para mí, hacer de la lengua una bandera encaminada a dividir a los españoles y ejercer revanchismos respecto de un tiempo en el que el español jugó el papel de lengua impuesta es un error flagrante, típico de ilustrados de pacotilla.

En buena ley, nadie debe negar a nadie su absoluto derecho a expresarse en su lengua originaria, esa fortuna que hace que el hombre siempre se sienta rico. Las lenguas son del pueblo que las habla, no de sus mandarines. Recuérdese a Miguel de Unamuno cuando defendía con pasión que debíamos salvar, con «respeto y protección» -como rezaba la Constitución de 1931-, los idiomas de Rosalía y Maragall, pero que no se podía imponer un idioma a un español que no lo hubiese tenido como lengua materna, si no era el castellano, hablado por todos, usado por millones de hombres.

En España hay una Constitución lo suficientemente clara y sólida como para saber que el castellano es nuestra lengua común, que la lengua común de España es el español y éste la lengua común en todas las partes. Como sentencia José María Blecua, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, «al final, el español es sólo uno: el que nos une al mundo, el que denomina la vida, el amor, la muerte y las pequeñas cosas». Resulta inaceptable pretender cambiar una lengua por otra, cuando lo inteligente es sumarlas y cultivarlas.

Todas las lenguas son bellas, aunque, claro está, unas más que otras. Heidegger piensa que la lengua es la casa habitada por el hombre y vigilada por los poetas. Yo me proclamo admirador de cuantas existen y conozco, sin hacer excepciones. La lengua es la herramienta del nacionalismo, sí, pero también lo es de las muchas facetas de la cultura. Y la cultura es mezcla, pluralidad, «hibridación», como señala Octavio Paz en su Itinerario. Hagamos oídos sordos a la fantasía y a la provocación de convertir a las lenguas en armas de guerra bajo las que, a veces, subyace la mala uva. Para mí la identificación entre lengua y nación catalana tiene, o puede tener, un peligroso tufo que es necesario evitar.

El intento de sabotaje del pregón de Elvira Lindo, patrocinado por ERC y el acoso al deportista Samuel Eto o por querer hablar en castellano son dos nuevos excesos, propios de la predisposición de ánimo de esos independentistas radicales que pretenden, día sí, día también, dinamitar la convivencia y los pilares básicos de la nación española.

Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado en excedencia.

© Mundinteractivos, S.A. (15.10.06)

La intimidación nacionalista, Arcadi Espada (El Mundo)

ZOOM

Casi 23 años antes de que el presidente Ibarretxe echara a sus masas contra los jueces, lo hizo Jordi Pujol, gran estadista o español del año, que de ambas maneras puede y debe ser recordado. La tarde del 30 de mayo de 1984 unos cuantos miles de personas se apostaron en el camino que va del Parlament de Cataluña a la sede de la Generalitat exigiendo inmunidad para el presidente recién investido. La manifestación era el punto culminante de una campaña de movilización del nacionalismo ante la querella presentada contra Pujol y otros directivos de Banca Catalana por apropiación indebida. La intimidación generalizada (de la que la manifestación fue sólo su versión pública) acabó con el fiscal general Luis Burón y no digamos con el apesadumbrado juez instructor Ignacio de Lecea; dejó prácticamente inútiles a los fiscales Mena y Villarejo, incapaces de dar puntada con hilo ante cualquier asunto que se pusiera ante sus ojos, y entre los asuntos hubo magnitudes como la del juez Estevill; ahormó al periodismo catalán, por si fuese necesario, e hizo mudos y/o serviles a políticos, escritores, artistas y pintureros locales con la excepción honrosísima del ponente constitucional Jordi Solé Tura.

Pero, por suerte, aún había un Gobierno en España y el ministro Tomás de la Quadra advertía a Pujol, a los pocos días del aquelarre, que ése no era el camino. La situación contrasta con la de hoy. No por parte de los nacionalistas, desde luego. Los nacionalistas consideran que los jueces son extranjeros y que actúan fuera de su jurisdicción cuando intervienen en los negocios patrióticos. Cuando intervienen quiere decir cuando les perjudican sus decisiones. Ibarretxe, los venerables Garaikoetxea y Ardanza, y los que les siguieron en la calle sólo creen en la democracia vasca, es decir, en una democracia adjetivada. Pero el problema fundamental no es éste. El problema es el contraste que ofrecen las palabras de ayer del ministro De la Quadra y las del presidente Zapatero de hoy, cuando dice que las decisiones judiciales pueden ser criticadas. No podemos esperar que el presidente comprenda la diferencia entre una opinión y una acción, ni entre la crítica y el hostigamiento. Tampoco que advierta la quiebra fundamental que se produce cuando un Ejecutivo denosta la decisión judicial y extiende sobre los jueces una sombra deslegitimadora a la que cualquier ciudadano podrá triunfalmente adherirse. Pero entre lo que no podemos esperar prima esta imposibilidad: la de que actúe, en fondo y forma, como la máxima autoridad democrática del Estado.

Coda: «Creo que ése es un camino equivocado», añadió De la Quadra, «y no debe seguirlo nadie y mucho menos el presidente de una comunidad autónoma. Interferir la acción de la Justicia sería entrar en un mal camino, entrar en ese camino del insulto y de la descalificación carentes de todo sentido». (El País, 2 de junio de 1984).

© Mundinteractivos, S.A. (31 enero 2007)

La Barcelona que fue judía, por Roger Jiménez (El Mundo)

Valle-Inclán, en su esperpéntico modo de definir nuestras culturas originarias, decía que todos procedemos de un cura, un moro o un judío. Una historia de compleja convivencia cargada de prejuicios, amores, odios y sufrimientos, pero también de legados imborrables, como el que dejaron los judíos en Cataluña en casi nueve siglos de activa presencia. Bajo la protección de los monarcas de la confederación catalano-aragonesa desarrollaron, particularmente en Barcelona, un comercio muy activo y una brillante tarea cultural.Eran barceloneses el poeta Ben Rubén Isaac, los filósofos Abraham ben Samuel Hadai, Rabí Salomó Arisba o Bonet Abraham Margarit, y el astrónomo Abraham ben Rabí Xijà, más conocido como Hanasi el Príncipe.

El viejo barrio comercial que ocupaban recibe en Cataluña el nombre de Call, que procede del hebreo qahal y significa congregación o asamblea, aunque también se ha especulado con el vocablo latino callum (calle). En el resto de la Península se les llamaba alijamas, del árable al-yama'a. En 1160 el conde Berenguer IV concedió permiso a Abraham Bonastruc para edificar unos baños públicos en un huerto junto a la muralla de la ciudad. Aquellas instalaciones, que fueron conocidas más tarde con el nombre de baños árabes, sobrevivieron hasta el siglo XIX, y la calle de Banys Nous conserva memoria de aquellos edificios ya destruidos. Donde estuvieron los mikves o baños rituales judíos hay una tienda de muebles, pero aún es posible comprobar el buen estado en que se conservan las antiguas arcadas. Las mujeres tenían baños aparte, en la confluencia de las calles Banys Nous y La Palla, donde hoy hay un café.

En Barcelona, la actividad judía floreció como en ningún otro lugar y la comunidad estaba integrada en el Call hasta el punto de que, en el siglo XIII, el barrio llegó a tener censados 4.000 habitantes, el 15% de la población de la ciudad. Por el trato mercantil y al contacto de vecindad, los viejos odios se fueron desvaneciendo para dar paso a una relación de intimidad y confianza, según el historiador Carles Rahola. Los monarcas recibían los impuestos de los judíos y también su colaboración cultural y científica, especialmente en medicina.

«Me molestan las personas con prejuicios y los judíos», dicen que comentaba un prócer de aquellos tiempos. Los consejeros de la ciudad defendían y protegían a los miembros de esta minoría religiosa cuando se producían revueltas cruentas, como el asalto al Call el 5 de agosto de 1391 y la posterior persecución que sufrió la comunidad por la Inquisición. A fines del siglo XV, con el edicto de expulsión de los Reyes Católicos, los judíos tuvieron que abandonar la Península. Algunos decidieron convertirse al catolicismo, aunque puertas adentro seguían profesando su religión en lo que se conocía como criptojudaísmo. Pero el Call fue expropiado y el viejo barrio, que había poseído durante siglos la única institución universitaria de Barcelona -la Escuela Mayor Judía- perdió su tradición científica.

El historiador musulmán Al-Taziri, amigo de los judíos barceloneses, llamó a Barcelona «comunidad de príncipes y aristócratas». Pero la influencia de filósofos y cabalistas judíos se extendió a todos los países catalanes y fue llevada hasta las últimas consecuencias por Ramon Llull.

La tradición cultural se fue perdiendo a partir del siglo XV, pero la vida mercantil se perpetuó y todavía se conservan restos de la presencia judía. De acuerdo con el actual trazado urbano, el antiguo Call estaba delimitado por las calles del Bisbe, Sant Sever, Call y Arc de Sant Ramon. La Sinagoga Mayor, la más antigua de España y Europa, se levantó en Avenir, pero en ese dédalo de callejas se llegaron a construir hasta cinco templos. Después del ataque al Call, la sinagoga dejó de articular la vida religiosa; pasó a manos del rey y éste alquiló el inmueble a la familia D'Arguens, que explotó allí un negocio de tintorería en el siglo XV.

El edificio de lo que fue la gran sinagoga se mantiene en pie gracias a un hecho fortuito: en 1995 su propietario lo puso en venta sin tener noción de su pasado. De hecho, en los últimos años su planta subterránea sirvió de almacén. La asociación Call de Barcelona, en base a estudios del medievalista Jaume Riera, decidió adquirir el inmueble para restaurarlo y recuperar el viejo lugar de culto.

Las excavaciones realizadas posteriormente permitieron descubrir los fundamentos, unas paredes romanas del siglo I construidas con piedras procedentes de Cartago. El año 212, el emperador Caracalla había permitido la construcción de un edificio para el culto de los ciudadanos judíos. En una pared cuelga una recreación del antiguo forum romano de Barcino, un detalle que avala la presencia judía en Barcelona ya en la época romana. Actualmente existen otros espacios en la ciudad, como la plaza Anna Frank, en el barrio de Gràcia, donde una escultura dedicada a la joven que murió en un campo de exterminio, recuerda los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Los mejores artesanos del Call fabricaban o vendían lujosas telas de seda, brocados, crespones, tejidos, y con el tiempo se establecieron en el mismo barrio algunos sastres y anticuarios así como numerosos artesanos, unidos a la imagen de estas calles que fueron la tierra prometida para muchas vidas dedicadas al estudio y al trabajo.

© Mundinteractivos, S.A. (El Mundo), 18-09-06