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viernes, 26 de marzo de 2004

70 aniversario del comienzo de la guerra civil, por Pío Moa

¿Por qué la guerra empezó en  octubre de 1934 y no en julio de 1936? Como es sabido, uno de los primeros en sostener, implícitamente, esa tesis fue Gerald Brenan, al calificar la insurrección izquierdista del 34 como “la primera batalla de la guerra civil”.
El hispanista inglés percibió cómo entonces se produjeron en escala reducida, y sobre todo en Asturias, los mismos fenómenos que a partir de julio del 36: persecución de la Iglesia, encarnizamiento en la lucha, crímenes de retaguardia, rivalidades entre las izquierdas, tensiones separatistas, etc. Sin embargo, el aserto en Brenan no pasaba de ser una intuición, clara y potente, pero no demostrada.
 
Según la opinión predominante hasta hace poco, la insurrección del 34 constituyó un precedente de la guerra, pero no el comienzo de ella. Otros señalan un precedente anterior en la “sanjurjada” de 1932. A mi juicio, debemos empezar por distinguir entre ambas. La rebelión de Sanjurjo no fue “de la derecha”, como asombrosamente siguen sosteniendo hoy historiadores que pasan por serios, sino de un sector mínimo de la derecha. No participó en ella el principal partido de la derecha, Acción Popular, eje de la posterior CEDA, ni figuras militares del relieve de Franco. Algunos autores han querido sospechar simpatías con el golpe por parte de Acción Popular, a la espera de cómo saliese la intentona, pero eso no pasa de juicio de intenciones sin base documental. En cambio, la insurrección del 34 la protagonizaron los dos mayores partidos de la izquierda, el PSOE y la Esquerra catalana, más otros menores, como el PCE, el embrión del POUM, o, en Asturias, los anarquistas. Y las izquierdas republicanas, que siguen pasando en algunas historias por moderadas, la apoyaron políticamente en declaraciones explícitas, aunque permanecieran luego pasivas, ante la mala marcha del movimiento. Algo muy parecido sucedió con el PNV.
Por tanto, la insurrección del 34 incluyó, de un modo u otro, a la izquierda en pleno, y no así la de Sanjurjo en relación con la derecha. Añádase que ésta costó diez muertos, casi todos entre los golpistas, sin comparación posible con los casi 1.400 causados por la del 34. Y otra diferencia crucial consiste en las intenciones de cada acción: el PSOE y, de hecho la Esquerra, planificaron su alzamiento como una guerra civil en toda regla, mientras que Sanjurjo pretendía el clásico golpe o pronunciamiento, rápido y poco sangriento.
 
Observemos de pasada que, contra una opinión muy extendida, la tradición de los pronunciamientos militares proviene de la izquierda, aunque en ocasiones la hayan imitado las derechas. Fueron en el siglo XIX los liberales “exaltados” o jacobinos quienes organizaron la gran mayoría de ellos, y cuando los republicanos se reunieron en 1930 en el Pacto de San Sebastián, pensaron enseguida en traer la república por medio del enésimo pronunciamiento.
 
Dado el abrumador predominio de la propaganda en la historiografía española sobre el pasado reciente, mucha gente muestra incredulidad sobre el designio guerracivilista del PSOE, pero se trata de un hecho indiscutible y abundantemente documentado. Desde muy pronto el PSOE chantajeó con la guerra civil, un poco como hace Maragall ahora, aunque nadie lo tomaba muy en serio. Así lo hizo cuando, tras aprobarse la Constitución, la derecha sugirió la disolución de las Cortes constituyentes —y por ello preconstitucionales—, para dar paso a un gobierno elegido según la nueva ley. Desde el verano de 1933, antes de salir del gobierno, el sector extremo y dominante del PSOE planteó la vía revolucionaria, multiplicando las incitaciones a la guerra civil, para horror de Besteiro. Y cuando, después de las elecciones de noviembre de ese año —ganadas por el centro derecha—, la línea insurreccional triunfó en el partido, proliferaron exhortaciones como éstas: "¡Estamos en pie de guerra! ¡Por la insurrección armada! ¡Todo el poder a los socialistas!"; "El proletariado marcha a la guerra civil con ánimo firme"; "La guerra civil está a punto de estallar sin que nada pueda ya detenerla"; "Uniformados, alineados en firme formación militar, en alto los puños, impacientes por apretar el fusil. Un poso de odio imposible de borrar sin una violencia ejemplar y decidida, sin una operación quirúrgica". Etc. Las instrucciones secretas para el alzamiento, que he publicado en Los orígenes de la guerra civil, especificaban que el mismo "tiene todos los caracteres de una guerra civil".
 
Este fervor guerracivilista choca hoy a muchas personas, también del PSOE, pero, como digo, salta a la vista a quien lea la prensa de la época y las instrucciones secretas. La razón de él era doble. La guerra debía abrir el paso a una emancipadora "dictadura del proletariado", que horrorizaba a Besteiro, y por otro lado los dirigentes del partido tenían la seguridad de ganar. Lo exponía Amaro del Rosal, uno de los organizadores del movimiento, en discusión con el besteirista Saborit: "Por encima de nuestra voluntad hay una situación objetivamente revolucionaria. Existe un espíritu revolucionario, existe un Ejército completamente desquiciado, hay una pequeña burguesía con incapacidad de gobernar, en descomposición. Tenemos un gobierno que es el de menor capacidad, el de menor fuerza moral, el de menor resistencia. Ahora todo está propicio".
 
Queda claramente documentada, por tanto, la decisión del PSOE —el partido más fuerte y mejor organizado, con mucho, de la izquierda— de organizar la guerra civil. Algunos críticos de mi libro han objetado que, con todo, la intentona de octubre fracasó y no dio lugar a una guerra real. Falsa objeción. En el conjunto del país los llamamientos bélicos apenas tuvieron eco entre los trabajadores, pero en Cataluña resultó casi milagroso el rápido éxito de los demócratas frente a la rebelión, largamente preparada, de los nacionalistas de izquierda; y en la cuenca minera asturiana la insurrección ocasionó dos semanas de operaciones plenamente militares por una y otra parte. El ejército peninsular, minado por la infiltración revolucionaria y por su impreparación, se mostró incapaz de reducir a los sublevados, y hubieron de intervenir las únicas fuerzas bien entrenadas, traídas de Marruecos.
 
Hubo guerra, por tanto, en 1934. Pero, ¿por qué decimos que no se trató de un simple precedente, sino del comienzo efectivo de la reanudada en 1936? Porque sus organizadores no se volvieron atrás de las ideas y planes que les habían llevado a levantarse contra un gobierno democrático. Después de octubre, todos ellos proclamaron el fallido alzamiento como una gloria y siguieron cultivando una propaganda guerracivilista. Hubo, con todo, una diferenciación entre quienes, como Prieto y Azaña, no tenían ganas de repetir la intentona, y quienes mantenían la decisión revolucionaria, como los socialistas de Largo Caballero o los comunistas, aparte de los anarquistas, siempre dispuestos a la acción. Unidos todos ellos en el Frente Popular (con la CNT apoyando desde fuera) ganaron las anormales elecciones de febrero de 1936, dando lugar a la siguiente situación: los revolucionarios provocaron una oleada de incendios, asesinatos y asaltos, impusieron la ley desde la calle e intensificaron la formación de milicias, creando un doble poder de hecho; la derecha se puso al lado y a disposición del gobierno azañista, constituido por los sectores menos extremistas de la izquierda, a fin de que éste frenase el proceso revolucionario; pero el gobierno se deslegitimó decisivamente al negarse a cumplir su obligación fundamental de respetar y hacer respetar la ley.
 
Llevada a tal extremo, la derecha, que ante el asalto izquierdista del 34 había defendido la ley y las libertades, terminó por alzarse a su vez, a la desesperada, en julio del 36, contra un proceso revolucionario que amenazaba con aplastarla y con desintegrar la nación. En sus planes no entraba una guerra civil, sino un golpe rápido en pocos días. Pero el golpe fracasó y derivó en una larga y cruenta contienda.
 
Existe, como vemos, una continuidad entre la insurrección del 34 y el levantamiento del 36. En rigor, este último fue la consecuencia directa de aquella, o más propiamente, del hecho de que los revolucionarios mantuvieran sus intenciones después de octubre. La guerra, pues, no estalló en julio del 36, sino que, simplemente, recomenzó.
 
Este setenta aniversario puede y debe ser la ocasión de aclarar al público en general unos sucesos históricos cuyos ecos no se han extinguido hasta el presente, y cuya falsificación nos sigue condicionando, y no para nuestro bien precisamente.